2 de julio de 2022
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Moonlight

Periodista, abogado, Magíster en ciencia política, Magíster en derecho público, escritor, historiador y docente universitario.
10 de marzo de 2017
Por Víctor Hugo Vallejo
Por Víctor Hugo Vallejo
Periodista, abogado, Magíster en ciencia política, Magíster en derecho público, escritor, historiador y docente universitario.
10 de marzo de 2017

Víctor Hugo Vallejo

La ausencia de afectos y lazos emocionales con los demás lo fueron llevando poco a poco al silencio, que convirtió en el instrumento mediante el cual pretendía hacerse oír, en la seguridad de que nadie lo escuchaba. Estaba como encerrado en una burbuja que no tenía salida por ninguno de sus espacios.

En todos los contactos sociales que tenía en tan pocos años de vida, era maltratado. Lo miraban como un ente extraño y como tal lo trataban, en lo que necesariamente la crueldad con un niño se hacía más dolorosa, para él y los espectadores que no logran entender que sucede con ese rostro negro hermoso y brillante, de una profunda mirada que en veces confunde entre la transparencia y el rencor. Va por la vida en silencio.

Deambula más de una vez. Es un poco lo que ha aprendido en esa existencia negada al lado de una madre alcohólica y profundamente depresiva, que en momentos de lucidez pretende exigirle conductas de niño normal, lo que no es posible porque no las ha aprendido, nadie se las ha enseñado. Se aferra a un morral que lleva en sus espaldas y que va cambiando de tamaño con el paso de los años.

En ese deambular sin rumbo, que pretende ir hacia su casa, pero que no logra hacerlo porque carece del suficiente interés para concluirlo, la calle se le hace terriblemente sola, peligrosa y muy oscura, pero poco o nada le importa, encuentra accidentales compañías que tratan de ayudarle, lo que es casi imposible ante la ausencia de comunicación. Tiene hambre y sabe que no tiene nada que comer. Cuando come nunca lo hace con ganas. Come para llenarse un poco, muy poco, un mínimo de comida es suficiente.

Por momentos se tiene la impresión de que carece de la voz y por tanto más de uno deja de insistir en comunicarse con el niño. En uno de esos encuentros es hallado por un hombre de su misma raza, alto, fuerte, que lo invita a casa para protegerlo de los peligros de la calle. Llega a una familia. Se sienta a la mesa. Tiene mucha hambre y pocas, muy pocas ganas de comer. Mucho menos de hablar.

El hombre se sienta a la mesa con él. Insiste por todos los medios en hablar con el niño, pero escasamente logra obtener unos pocos monosílabos. No más allá del si o del no. Poco, muy poco. Es como un ser cerrado por dentro. Difícilmente hace saber que se llama Sharon y que vive en un barrio cercano, de esos barrios difíciles, con todos los riesgos y desarrollos negativos que tienen las zonas marginales de Miami.

Sigue por la vida casi por inercia. Va creciendo en medio de los mismos conflictos de siempre. Termina en un hospital luego de haber sido objeto de una gran golpiza que le pegaron sus propios compañeros de escuela pública, por la sencilla razón de que su timidez lo presentaba ante los ojos de los demás como un afeminado que no era capaz de nada, además porque no le gustaban los juegos de contacto. Es atendido por el personal médico. Le piden las referencias de las personas a cargo de su vida y se niega a hablar. No hay a quien avisarle de lo que le acaba de suceder. Lo hospitalizan por varios días. Lo atienden. Las enfermeras se sientan al comedor con él. Habla poco. Come poco. Lo hace con desgano. La vida le da igual mal, regular o bien. En su casa, si es que tiene casa, la beodez de su madre no extraña la ausencia del muchacho. Esa casa es una gran soledad en la que viven dos soledades: una alicorada y otra en silencio total.

Regresa a casa, si casa se puede llamar un lugar donde reside una mujer joven, bella, llena de alcohol por todos los poros, sin sentido de la realidad y que nunca percibe la presencia de ese hijo único, del que no tiene la menor idea de que hace, como le va en el estudio, quienes son sus amigos, si es que tiene amigos. No hay con quien hablar. De vez en cuando mira la televisión, con el mismo desinterés con que realiza todo. Tiene la rutina de hacer sus tareas, con desgano, levantarse a la misma hora, preparar su morral y salir despacio, con el caminado de la raza negra que parece dejar la sensación de pisar el mundo con cierta prevención ante todo lo que se mueva.

La vida va avanzando, casi muy a su pesar. No le interesa si la vida va o viene. El sigue amando profundamente su silencio. Prueba el sexo heterogéneo. No le satisface. No le entusiasma. Es que el acto es acompañado del mayor silencio. Un amigo que en algunas ocasiones ha intervenido en su favor para protegerlo de las constantes agresiones de quienes le menosprecian, se va acercando poco a poco a él. Se atraen. Descubren que se pueden amar. Se aman.

Sharon descubre que a esa inmensa soledad, a ese ruidoso silencio, a esa pertenencia a una raza marginada en más de una ocasión por las costumbre raciales americanas, a ese pertenecer a un barrio pobre, difícil, peligroso, oscuro y angustioso, le debe agregar que su verdadera condición sexual es de gay.

Va tomando distancia de su entorno y un día decide irse a otros lugares, donde no lo conozcan y donde la razón de vivir se impone con la fuerza de la violencia, en todas sus formas. De eso sabía, por haberla padecido desde cuando tuvo uso de razón. Ingresa al mundo del delito y se hace rico y poderoso .

No olvida su Miami natal y un día retorna en búsqueda de sus pocos amigos. Habla con ellos. Habla con su madre, a quien encuentra en las mismas lamentables condiciones de siempre. Trata de ayudarla. Ya es respetable por el dinero y por el poder que maneja, que aún no es gran cosa, pero al fin y al cabo es un poder dentro de esas escalas que se establecen entre quienes viven al margen de la ley. Sabe que su camino no es el más acertado. Va a prisión. Sale. Sigue en lo mismo. Por momentos piensa en oportunidades diferentes, pero la sociedad no le concede ningún espacio. No va a insistir. No va a rogar. Nunca le ha rogado nada a nadie. Lo poco que le han dado se lo han concedido. Las concesiones han sido el fruto de voluntades decididas, al menos, a no verlo tan solo.

Es una película estremecedora. Desconcertante. Por momentos un poco lenta, angustiosa frente a los prolongados silencios de Sharon, pero que poco a poco va diciendo muchas verdades de las que soportan los seres humanos en el mundo de hoy. Problemas de marginalidad, de racismo, de homosexualidad, de violencia, de agresiones constantes del más fuerte frente al más débil.

La mejor cinta de las que se estrenaron el año anterior y que por poco no es reconocida en la ceremonia de los premios Oscar del pasado febrero, cuando los presentadores equivocaron las tarjetas de comunicación de los premios y al anunciar el mejor filme del año 2017 dijeron que era la desabrida “La La Land”, un musical insípido, carente de argumentos y apenas sometido a las necesarias coreografías de unos buenos bailarines, a la que dieron muchos galardones como manera de comercializar lo banal. En muy poco tiempo anunciaron que había un error y dijeron que era Moonlight, que ya había ganado los premios al mejor actor secundario, Mahershala Alí y mejor guión adaptado. De 8 nominaciones, se llevó 3.

Subieron los realizadores al escenario y el mundo supo que un hombre de apenas 37 años era el director de un filme que muchos críticos del buen cine le habían dado grandes posibilidades, pero contra el que atentaba el nuevo clima de discriminación que reina ahora en USA con la llegada de un fanático millonario a la Presidencia, quien piensa que lo que él piensa es lo que debe seguir el mundo políticamente, se trataba de Barry Jenkins, quien con apenas su segunda realización coronaba la gloria que muchos con numerosas películas aún no han conseguido.

Se impuso el talento de ese hombre egresado de la Universidad Estatal de La Florida, nacido el 19 de noviembre de 1979, en Liberty City, Miami, USA, quien debió soportar la separación de sus padres a causa de la sospecha de su papá de que él no era su hijo biológico. Cuando tenía 12 años, ese padre falleció. La vida no le cambió en nada a Barry, quien siguió viviendo con una señora que se hizo cargo de él, en diminutos apartamentos, con todas las necesidades que padecen quienes viven en los barrios marginales de esa ciudad.

“Medicine for melancolhy”, fue su primera cinta. Fue distinguido en varios festivales internacionales. Con su segundo trabajo ha sido candidato a diferentes premios, muchos de ellos ganados, en 15 festivales, culminando con el Oscar a la mejor película del año, habiendo tenido ocho nominaciones y obtenido tres de esos galardones.

Es la vida de un hombre de raza negra, solitario, abandonado, homosexual y traficante. Ese hombre es interpretado magistralmente en sus diferentes edades por los actores Alex Hibert, Aston Sanders y Trevante Rhodes, en quienes se detecta la dirección constante e influyente de Jenkins.

El guión se basó en el libro de Tarell Alvin Macraney, fue filmada en su totalidad en Miami, con un presupuesto de apenas 1.5 millones de dólares y antes de ser galardonada con el Oscar ni siquiera había recaudado esa suma en taquillas. En Colombia se estrenó antes de la ceremonia y poca o ninguna atención tuvo. La han repuesto en las carteleras y es una obra fundamental en el cine moderno para entender el compromiso posible de lo social con lo artístico.

Es un filme para ver con la paciencia del que va conociendo poco a poco lo que le va sucediendo a ese niño. De alguna manera sufrir un poco con él, en la seguridad de que nadie puede hacer nada en su favor. Es soportar el manejo lento de la cámara, pero con una espectacular fotografía, que aprovecha las oscuridades y hace de ella magníficos cuadros de surrealismo. Lenta, muy lentamente la trama va apareciendo y al final el espectador queda en su silla pensando en todo lo que acaba de ver y que todo le ha ocurrido a Sharon, ahora ya al menos valiéndose por si mismo, aunque con la misma escasez de palabras, sin arribar al silencio inicial.

La vida en un oscuro profundo, con una luz brillante al fondo.