26 de junio de 2022
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El dilema de los Santos

22 de marzo de 2017
Por Hernando Salazar Patiño
Por Hernando Salazar Patiño
22 de marzo de 2017

CORTO CIRCUITO

Por Hernando Salazar Patiño

Una carta del señor Juan Miguel Hoyos de Ibagué, a la revista Semana, le reprocha que en el número anterior, “matizaron demasiado las fallas del gobierno y del presidente. En vez de jalarle el pelo, en su artículo ‘Los tentáculos de Odebrecht” más parecía soplarle la mano…, les pido equilibrio a la hora del garrote”. Y está publicada en el número siguiente, que está en circulación, en el que más que soplarle la mano, le pone un gigantesco ventilador a toda la humanidad corporal y moral del presidente. La lectura de la carta, hace que de forma inconsciente o mecánica, sea inevitable mirar hacia el recuadro de los responsables, en el que se lee que el director es Alejandro Santos Rubino, sobrino del presidente Juan Manuel Santos.

Se trata de una publicación semanal de mucha credibilidad, que dirigieron antes Alberto Lleras Camargo, quien fue su fundador, Hernando Téllez, Eduardo Caballero Calderón y Juan Lozano, Mario Laserna, Alberto Zalamea, Alberto Montezuma Hurtado, etc. entre los que recuerdo de momento. Y el director editorial, es Rodrigo Pardo, quien gateó y se crió con Juan Manuel, bajo los escritorios y las rodillas de los señores Hernando y Enrique Santos y creció con el mismo entre los talleres de El Tiempo. Fue lo que no supo o pasó por alto, en acto de ingenuidad política, la que hoy paga, Luis Alfonso Hoyos, cuando creyó que Pardo era amigo suyo (¿alguien del círculo cerrado de la oligarquía bogotana, amigo de un provincianito paisa?) y confiado,  entró con el hacker a su noticiero para que confrontaran allí las informaciones que éste decía tener.

Casi imposible que el sobrino o Pardito, tengan u ordenen equilibrio informativo. Igual dilema, aunque solo se trataba de una columna, vivió Daniel Samper Pizano durante el gobierno de su hermano Ernesto, más en el período en que se descubrió el origen mafioso de su presidencia. Su humor perdió brillo, y en consecuencia, lectores, y se vio obligado a  temas impersonales  e insípidos. La unidad investigativa de El Tiempo, de la que fue impulsor y motor, sufrió un paréntesis muy parecido al colapso. Pero manejó con dignidad periodística y humana esa condenable conducta y mantuvo una prudente solidaridad fraternal, que muchos le criticaron. Lo suyo, con toda, no era ni es la información, ni la dirección de un medio masivo, en el que se busca profundizar en los hechos cotidianos más sonados y bajo una presunta objetividad, se da y se recibe orientación.

Alejandro Santos no se va a exponer al disgusto, desdén o enemistad del poderoso y arrogante tío. Por menos, Francisco Santos Caderón ha padecido estos gestos, y eso que Pacho fue secuestrado, le hizo campaña para su primera presidencia, con más actividad y carga que las que tuvo el papá de Alejandro y el resto de familia, y militaron juntos en el mismo partido. No sabemos qué tanto, la espontaneidad y bonhomía de Pachito, pudieron pesar para que, incluso, Uribe nombrara a Juan Manuel ministro y candidato. Ni la oposición de su padre, estimuló a Pedro Santos a meterse con el desempeño público de su pariente, como sí lo hizo Martín Santos, con la vida privada de su primo. El director de Semana se dirá, que algo va de primos hermanos dobles a sobrino, quizá preferido, o sabrá lo que va de la nobleza a la mezquindad.

Lo cierto es que en esta edición No. 1820 de la revista, el hábil manejo de un supuesto equilibrio, ante el protuberante y mortal abrazo del tentáculo de Odebrecht, a la campaña de Santos, que desequilibra su gobierno y equilibra su campaña, sobrepasándola para abajo, con la de Zuluaga, dejando en el suelo sus prédicas anticorrupción, y su credibilidad, siempre baja, ahora en el pantanero, puso a bailar a Santos Rubino y sus redactores con todos los eufemismos y los sí pero no, de distractoras preguntas y  comparaciones y contradicciones de bulto.

EUFEMISMOS

“Santos en serios aprietos”, reza el minimizante titular de la portada. “Serios aprietos” los ha tenido antes este gobierno, gobiernos anteriores, por no decir, todos los gobiernos, y gobernadores y ministros y congresistas y gerentes y alcaldes. Muchas han sido las “tormentas” políticas que se han desatado en el país, y pocas de tanta gravedad, que Semana “no sabe hasta dónde va llegar”, pero no nos dice hasta dónde debe llegar.

Dice también Semana en “Confidenciales “, del último número, a propósito del argumento del Partido Verde, de que la violación de los topes por Santos contribuyó para que su candidato perdiera, fue “desautorizado” por Mockus, traicionando una vez más a sus electores y a sus jefes de campaña. La revista lo llama “gesto de gallardía”, lo que es apenas de torpeza, reblandecimiento y lambonería. Quedando la tácita sospecha, de si su “gallardía” fue por “aclarar“, que “era absurda la conclusión del partido que lo apoyó, de que los afiches de Santos le hicieran perder la presidencia, o por perdonar o pasar por alto, el argumento de Zuluaga y el Centro Democrático, de que el “affaire” de los afiches, es una demostración más de que la suya, sí se la hicieron perder.

COMPARACIONES

Dejando abierta la interrogación, sobre cuáles serían los “escenarios si se llega a confirmar la violación de los topes en las campañas” en las glosas “confidenciales”, el director hace comparaciones con la de Samper en el pasado y con la de Zuluaga en el presente, asimilándola con la primera en lo favorable y con la segunda en lo desfavorable. Esta violación es solo, un “delito de moda”, que se ha cometido en “casi todas las campañas”, es decir, que los informes de la contabilidad de los gastos realizados por los partidos, han sido mentirosos, una “violación” considerada normal siempre,  y “esta sería la primera vez que se  configura jurídicamente”, por “moda”, claro, frivolizando el hecho. Los 6 millones de dólares del cartel de Cali, para la campaña de Samper, que no entraron en la contabilidad, pero sí en efectivo y a los bolsillos, y al parecer, en Casa Medina  -donde hoy se reúnen los amigos de Santos-, “violación más clara, no podía haber. Sin embargo, en 1997 el Consejo Nacional Electoral dictaminó que el entonces candidato Ernesto Samper nunca violó los topes.” concluye Semana. “No se entendió por qué”,  el país nunca, tampoco, ni ningún periodista, de Semana o no, hasta hoy, ni ha importado.

Sin saber ni pronunciarnos, de las relaciones de Odebrecht con las campañas presidenciales,  cuál era permisible, cuál no, o si ambas fueron igualmente repudiables, y son legalmente condenables, la comparación con la de Zuluaga no guarda el mismo equilibrio, ni son asimilables, por cuanto la primera, hasta donde se conoce, fue un acto unilateral de la empresa brasilera, de entregarle una suma suplementaria al publicista Duda Mendoza, que entró al bolsillo de éste para su lucro personal, y pudo ser, no está probado, la que lo decidió a aceptar la asesoría solicitada por el gerente de la campaña de Zuluaga, prestándola al precio que le ofrecieron, mucho menor que el que exigió al principio para brindarla. Es distinto a lo ocurrido, hasta donde sabemos, en la de Santos, en la que entró dinero directamente a la campaña, al gerente de la campaña, para los afiches de la campaña. Si hubo lucro privado de Prieto y demás asesores, es todavía una conjetura basada en actos que la hacen probable. Lo único común en las dos campañas políticas, y como que en la de muchos países, es la  poderosa Multinacional. Interesada en ambas, en forma comprometedora en la que triunfó, de la que, en efecto, obtuvo  resultados de favorecimiento contractual. Insisto en que no sé si en ambas campañas se cometieron delitos, por parte de sus responsables, de ser así, hay una gran diferencia entre una y otra, entre las personas a las que se destinó el dinero, las que lo recibieron y se lucraron del mismo.

Más inexacta y distractora, es la comparación que hace el director Santos, o quien sea el redactor editorial de “Confidenciales”, de la violación de los topes electorales de la campaña política de Santos, o de las anteriores, para llegar al primer cargo de la nación, con los cargos a los hermanos Uribe Noguera por borrar chats, y al presidente de Conconcreto, Juan Luis Aristizábal por borrar información electrónica, confundiendo delitos relativos a la celebración indebida de contratos, o al ocultamiento de pruebas de conductas punibles privadas, o al tráfico de influencias, que solo los cometen servidores públicos, con las infracciones contra los mecanismos de participación democrática, haciendo caso omiso en su esencial diferencia, e igualándolos en que los tres, son delitos “de moda”.

Por cierto, destaca ahí Semana, que “cuando Santos fue elegido presidente en el 2010 era el candidato del uribismo y la mitad de los directivos de su campaña eran allegados al expresidente Uribe”, insinuando, al recordárnoslo el director-sobrino, que esto, si no justifica la corrupción, al menos sí la explica, ya que los partidos antiuribistas y sus medios, incluido Semana, han divulgado profusamente durante todos estos años, cómo y por quiénes llegó a todos los extremos y más allá de los topes que la historia condena, la “corrupción” en la pasada administración, de la que Santos fue ministro, y en la que se mantuvo,  “nunca se entendió por qué” ni cómo, incontaminado, y una vez posesionado gracias a Uribe y a los uribistas, decidió traicionarlos, porque, les dijo a los íntimos: “Me acabo de enterar”. Así justificó el apoyo, estímulo y participación en el coro de denuncias y señalamientos, a quienes fueron sus más recientes colegas y compañeros en el poder ejecutivo, y lo que hizo con el programa de gobierno al que se comprometió, para ser elegido.

(Continuará)