1 de julio de 2022
Directores
Orlando Cadavid Correa
Evelio Giraldo Ospina

Domingo Roncancio Jiménez

23 de marzo de 2017
Por César Montoya Ocampo
Por César Montoya Ocampo
23 de marzo de 2017

cesar montoya

La vereda queda  allá lejos, encamisada por las  nubes. ¿Ves esa línea en el horizonte, en donde parece que la tierra linda con el cielo? Cuando llegues al sitio que te estoy indicando, tenderás la  mirada hacia otro confin,igualmente remoto. Para arribar  a la vereda Arboleda (Chiquinquirá) te subes a un bus escalera que devora distancias  para recoger leche, todavía tibia,  que en cantimploras  sacan los aldeanos a  la  vera de la carretera. Cuando veas un ojo de agua  que revienta a borbotones, te bajas. Trasiegas  el único  camino pedregoso que hay, bordeado por zarzamoras, hasta encontrar un rancho pajizo;  tomas el sendero hacia la derecha y luego de recorrerlo,hallarás una casa pequeña, recostada a un barranco. La identificarás porque sobre sus paredes húmedas  crece la maleza y el piso frío desconoce  la madera y el cemento. Ahí viven un anciano al que hay que adivinarle la ubicación de los pequeños ojos de fulgor disminuído,  más un chiquitín de cuatro años, que te emborrachará con insólitas preguntas.

Has llegado al parvo pegujal de la familia Roncancio  y el dueño  con quien vas a conversar se  llama Zenón. El niño cansón te dirá, a media lengua, que lo bautizaron con el nombre de Domingo.

Te  detallo la indumentaria  para que  no los confundas con los vecinos. Don Zenón siempre está enfundado en una ruana de lana virgen, blanca con tatuajes  negros,  que la encarama hasta el  nivel de la nariz; tiene un sombrero viejo  que lo atasca hasta las orejas; descubrirás su  mirada, incrustada en una retaguardia defensiva. Obvio que no se  cómo  es su cara, ni qué color tiene, o si está signada por alguna cicatriz.  Mucho menos  puedo describirte su mentón  escondido. Los pantalones son de un dril  basto, amarrados con cabuya, con botas anchas con desgarbado canto circular. Cubren sus pies unas cotizas de cuero escuálido. Dominguito viste, en proporción pequeña, ropaje similar.

Con los rudos brochazos anteriores podría iniciarse la biografía de Domingo Roncancio Jiménez. Habría que agregar  que asistió solo dos años  a la escuela  de su vereda, única preparación intelectual que tuvo para enfrentarse con la vida.

Domingo tenía meandros esotéricos. No era liso ni fácil para los manejos adocenados, sino arisco y difícil. El circuito de antenas que le señalaban el combo cielo, lo mantenían en despiertas calistenias para evadir las trampas que le organizaban sus adversarios. Como general en guerra, evitaba el sopor de las adormideras que relajan y bastardean. Tenía tiesura de cruzado, aleteos aéreos, vocación para las maceraciones. A veces convertido en mártir, resucitaba airoso con  desquites tajantes  para satisfacción de su ego. El juvenil Omar Yepes Alzate rezó en la iglesia la oración de despedida. Lo acuareló asi : “Hombre valeroso, lo que se llama un  hombre, en todo el rigor de la expresión. Valiente en la defensa de sus amigos y de sus convicciones. No lo arredraba nada. Estaba en lo suyo y basta. Creía en lo suyo y ahí se plantaba. Sus razones eran firmes como la roca”.

Barruntado de literaturas elementales, se atrevió a escribir su biografía con un título que es la síntesis de su fantástica odisea : “De Policía a Senador de la Republica”. Sorprende, por lo exitoso, el itinerario de su vida. Concejal por más de veinte años en Manizales, diputado y  legislador en Bogotá.

¿Tan importante era este papero? Sí. De mocetón trabajó en el páramo, conoció el furor de la ventisca y el estacazo del frío, encerró teneros y fue capataz en los ordeños. Concomitantemente conquistó adeptos. Era un gárrulo de fácil palabra,soliviantaba el pueblo con ideologías sociales, y creaba confines de esperanzas.

¿Cómo podía Roncancio dualizar los afanes en menesteres prolijos, siempre como vocero de la comunidad, con las demandas de una democracia elitista que gusta de los protocolos y las venias? ¿Cómo combinar el smoking que debía lucir en las fiestas de los oligarcas, con un vestido barato  en los jolgorios de las barriadas? ¿Cómo el aguardiente y concomitantemente la champaña y el wiski?

En conclusión fue un personaje de excepción. Duro en el combate, tenaz para conseguir sus objetivos, líder sin pánicos, capitán en los asaltos, negativo para las complacencias cariñosas, audaz y terco. Le gustaba la pólvora, el estampido de los fusiles, clavar –simbólicamente- la testa del vencido en un otero para escarmentar a los contrarios. Este es el Domingo Roncancio Jimenez que mora en el tabernáculo de los recuerdos.

[email protected]