2 de febrero de 2023
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Trump y la política como espectáculo

12 de diciembre de 2016
Por Albeiro Valencia Llano
Por Albeiro Valencia Llano
12 de diciembre de 2016

albeiro valencia

Después del aplastante triunfo el nuevo presidente de Estados Unidos sigue demostrando que es el representante de la derecha oscurantista, y que su proyecto político significa un brusco giro hacia el nacionalismo y el racismo, que calaron hondo entre los blancos pobres y entre las capas medias venidas a menos. Pero Trump sigue cosechando victorias. La revista Time lo eligió como “Personaje del año 2016”, algo que se veía venir pues ganó unas difíciles elecciones, rompiendo reglas y nadando contra la corriente. Venció al Partido Republicano, que no lo apoyó y luego al Partido Demócrata, con su tremenda maquinaria, a los medios de comunicación que procuraron hacerlo trizas y a las firmas encuestadoras. Según la revista Time, Trump supo explotar el desprecio de las élites de los partidos, la falta de respeto, y se conectó muy bien con la gente común y corriente, con el pueblo, con los olvidados. Se aprovechó de las contradicciones del sistema, “magnificó las divisiones del presente e inspiró nuevos niveles de ira y miedo, dentro del país”. Produjo una revolución contra la clase dominante y ha venido aumentando su influencia en el ámbito internacional.

La división entre buenos y malos

Hoy se habla de “Estados Divididos de América” porque el país se está sumergiendo en una profunda polarización. Desde la campaña política Trump conquistó con mensajes que la gente deseaba escuchar: convertir a Estados Unidos, de nuevo, en la primera potencia económica del mundo; devolver el sueño americano a los blancos nacionalistas; revisar el modelo neoliberal y algunos tratados de libre comercio; y desarrollar una política de apartheid contra afroamericanos, latinos y musulmanes.

Según la Casa Blanca cerca de 50 millones de estadounidenses viven por debajo de la línea de pobreza y, de éstos, un buen porcentaje acude cada noche a las ollas comunitarias, a las fogatas y, con desespero, buscan abrigo y refugio. Sobre este punto Trump culpa al modelo económico: miles de industrias se trasladaron a países del tercer mundo buscando materias primas, mano de obra e impuestos baratos; como consecuencia se envileció el empleo en regiones industriales de clase obrera blanca. Y fue capaz de atraer a sus compatriotas mostrándoles esta realidad y afirmando que él era la mejor persona para cambiar la situación.

Hoy afirma sobre este tema que “yo represento a los trabajadores del mundo […] me aman y los amo”. Pero el país está más dividido que nunca. Según el Southern Poverty Law Center (SPLC), una organización que lucha por los derechos civiles en Estados Unidos, la campaña política aumentó los niveles de ansiedad y miedo entre los niños afroamericanos, latinos y musulmanes. El SPLC consultó vía internet a 10 mil profesores de todo el país y el 90% indicó que tanto alumnos como docentes tienen miedo por el aumento de incidentes racistas; lo más grave es que el presidente electo sigue con los tuits ultrajantes, y en sus discursos vuelve con las consignas de campaña, como “Hacer a Estados Unidos grande, de nuevo”, “Construir el muro”, “Expulsar inmigrantes”.

En un documento titulado “Diez días después”, el SPLC registra 867 incidentes ocurridos luego del triunfo de Trump, en los que varios estudiantes obligan a sus compañeros afroamericanos a sentarse en las sillas de la parte trasera del autobús, como en los tiempos de la segregación; estos hechos son frecuentes en las escuelas públicas donde la mayoría de los estudiantes son blancos.

Al respecto dice Trump que se siente sorprendido porque su elección desató una cascada de odio en toda la nación y afirma categórico que “No he hecho nada para dividir a los estadounidenses; estaban ya divididos”; ante los hechos se comprometió a superar las diferencias a partir del 20 de enero cuando llegue a la Casa Blanca. Ahora reina el miedo y la desesperanza; la preocupación aumenta ante la inminente posesión del nuevo presidente.

Por último, Trump llegó al cargo más importante del mundo porque convirtió la política en un espectáculo, atacando al establecimiento y a la clase política tradicional. Sabe improvisar, hablar de buenos y malos e introducir mentiras, sin ninguna prueba y luego no se preocupa por rectificar; de este modo dio una contundente paliza a una clase gobernante arrogante y prepotente; se apoyó en el racismo, en el sexismo y en el chovinismo, porque este es el pensamiento de buena parte de la sociedad estadounidense. Rompió con todas las tradiciones y polarizó el país por medio de un discurso populista de extrema derecha.

Pero sabe cuál es su camino. En su gabinete nombró a dos mujeres y a un afrodescendiente para mostrar un gobierno incluyente. Sin embargo, el verdadero poder está en su equipo de hombres blancos, ultraconservadores, racistas y millonarios, como Stephen Bannon, un portavoz de la extrema derecha; Jeff Sessions, posible fiscal general, conocido por sus posiciones racistas; y Mike Pompeo, para director de la CIA, político de extrema derecha. Por el gabinete seleccionado se afirma que Trump es un “lobo con piel de lobo”.

Aunque el nuevo presidente viene haciendo algunos gestos amigables sus opositores ven, con preocupación, que este magnate y hábil político va a dirigir la nación más poderosa del mundo. Por ahora esperan que no ponga en peligro la democracia y la estabilidad del país. De todo esto queda algo claro: la crisis del sueño americano y del neoliberalismo.