31 de enero de 2023
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LOS «MONSTRUOS»

12 de diciembre de 2016

Despachar a Rafael Uribe como un fenómeno excepcional puede distraernos de profundizar en el contexto en que perpetró su crimen, que no es otro que el de un país donde se registran 16.000 abusos sexuales de menores al año.

Hace más de medio siglo, la filósofa alemana  Hanna Arendt, enviada por la revista The New Yorker a cubrir el juicio de Adolf Eichmann en Jerusalén, desató una intensa polémica al afirmar que el dirigente nazi –al que se acusaba de organizar la logística ferroviaria para conducir a los judíos a los campos de exterminio– no era un “monstruo”, como señalaba con insistencia el fiscal de Israel.

Pese a ser judía, Arendt fue acusada de antisemita por quienes interpretaron su posición como un intento por lavar la cara a uno de los máximos responsables del holocausto judío. Los ánimos estaban entonces tan exacerbados por las revelaciones de las atrocidades nazis que muy pocos entendieron el mensaje que la filósofa pretendía transmitir: que la comprensible inclinación a calificar de monstruos a determinados criminales lo que consigue es convertirlos en fenómenos excepcionales, en aberraciones de la naturaleza, cuando en muchos casos son  espejo de la sociedad y actúan gracias a la colaboración o pasividad de sus conciudadanos.

Tachar de monstruo a un criminal, situarlo en una categoría distante a la de los seres ‘normales’ quita un peso de encima al conjunto de la sociedad, porque le evita engorrosas reflexiones acerca de sí misma, de su responsabilidad en la creación o la persistencia de las condiciones para que la criminalidad se produzca.

A partir de esa reflexión, Arendt construyó un concepto de gran audacia intelectual, la ‘banalidad del mal’, que los jóvenes filósofos comienzan a recuperar hoy tras haber permanecido durante años en el ostracismo académico.

En estos días se habla en Colombia del “monstruo” Rafael Uribe, el arquitecto bogotano acusado de haber secuestrado, torturado, violado y asesinado a la niña de siete años Yuliana Samboní.
Se trata, qué duda cabe, de un crimen espeluznante, en el que algunos ven también un componente socioeconómico por la diferencia de clase social entre la víctima y el presunto asesino. Pero despachar a Uribe como un “monstruo” puede distraernos de analizar el contexto en que se produjo su atroz crimen. Que no es otro que el de un país donde se registran al año unos 16.000 casos de abuso sexual de menores, en su mayoría niñas de entre 10 y 14 años. Delitos infames se cometen por lo regular en el propio entorno familiar. Se trata de  casos denunciados; muchos más (¿la mayoría?) son callados por las víctimas.

La verdadera monstruosidad, si así se le puede llamar, es que podamos, como sociedad, convivir con semejante infamia cotidiana. Que esta sea nuestra normalidad como país. Una situación que seguirá perpetuándose mientras nos limitemos a esperar al “monstruo” de turno que nos asombre con el grado de su maldad.

EDITORIAL/EL HERALDO