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Por Albeiro Valencia Llano
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el papa francisco

El 17 de diciembre se cumplieron 30 años del asesinato del director de El Espectador, el valiente periodista que no le tuvo miedo a la mafia. Pero la historia del diario tampoco ha sido fácil. El Espectador nació el 22 de marzo de 1887, fundado por Fidel Cano, en defensa de las ideas liberales y de las garantías fundamentales; con dificultades logró sobrevivir y superar los gobiernos de la Regeneración. Algo parecido le ocurrió a El Zancudo (Periódico cándido, antipolítico, de caricaturas, costumbres y avisos) que utilizó la caricatura como arma de combate, para atacar al régimen político de Núñez y Caro, y defender la democracia.

El Espectador tuvo que vencer muchos obstáculos. La censura era política y eclesiástica. El Obispo de Medellín, Bernardo Herrera Restrepo, decretó el 4 de febrero de 1888 que “ningún católico de nuestra Diócesis puede, sin incurrir en pecado mortal, leer, comunicar, transmitir, conservar, o de cualquier manera auxiliar el periódico titulado El Espectador, que se publica en esta ciudad”. Era un medio que ponía a pensar a sus lectores.

El diario enfrentó muchos obstáculos durante la hegemonía conservadora, defendiendo las ideas liberales desde su esencia filosófica, pero le llegó una etapa de tranquilidad durante los cuatro gobiernos de la República Liberal (1930-1946). Después llegó la Violencia, el cierre del Congreso y la dictadura civil, durante el período de Laureano Gómez (1950-1953). En este ambiente se produjeron los incendios de las instalaciones de El Espectador y El Tiempo, en 1951. Después llegó el golpe militar de Gustavo Rojas Pinilla (13 de junio de 1953) y continuaron los problemas; un decreto del 6 de marzo de 1954 ordenaba que todos los periódicos debían “ceñirse al relato de los hechos”. Se castigaba con prisión de seis meses o dos años por “transmitir, escribir, editar, ayudar a editar, o distribuir escritos o publicaciones clandestinas en que se insultase a las autoridades legítimamente constituidas”. En este clima de censura fueron suspendidos El Espectador y El Tiempo. Después entró un período de relativa calma.

La guerra contra la mafia

En los años 70 llegaron los carteles de la mafia que lentamente fueron conquistando espacios en la economía, en la sociedad y en la política; surgió otra cultura y los nuevos ricos despertaban entusiasmo y simpatía entre los pobres de las ciudades, al tiempo que se transformaban en el principal generador de violencia. Mientras tanto, el dinero de las drogas ilícitas corrompía la política, la justicia y a los organismos de seguridad del Estado.

En este punto se destaca el trabajo investigativo de don Guillermo Cano como periodista. Hijo de Gabriel Cano, perteneció a la tercera generación de la familia de Fidel Cano, su fundador. En el año 1942 se vinculó a la redacción del diario como cronista taurino, deportivo, cultural y político, pero en 1952 asumió la dirección del diario. Pasaron los años y cuando los carteles de la droga se hicieron visibles en el país, don Guillermo le hizo seguimiento a la actividad pública de Pablo Escobar Gaviria, que se estaba convirtiendo en un Robin Hood para los antioqueños y que había llegado al Congreso, con mucha facilidad. En estos momentos don Guillermo recordó una vieja fotografía donde aparecía Escobar reseñado por narcotráfico, porque le encontraron 39 libras de cocaína. Sobre esta base El Espectador publicó un titular que enfureció al capo: “En 1976 Pablo Escobar estuvo preso por drogas”.

Don Guillermo sabía que el poder de las mafias, el auge descomunal del narcotráfico, terminaría postrando y dominando al Estado y a la sociedad, y utilizó su máquina de escribir como arma para enfrentar los desafíos de los varones de las drogas. Desde sus editoriales y desde su columna de “Libreta de Apuntes” les dijo: “¡Ni un paso más!”; y destacó la importancia de la “Operación Yarí” o “Tranquilandia”, realizada por la Policía Nacional el 7 de marzo de 1984. Denunció cómo detrás de este gigantesco complejo cocainero, que comprendía 19 laboratorios y ocho pistas clandestinas, estaban Escobar y sus socios. Pero la respuesta de los mafiosos fue contundente y sanguinaria: el 30 de abril de este año asesinaron al ministro Rodrigo Lara Bonilla y el 17 de noviembre de 1986 al coronel Jaime Ramírez Gómez, el oficial que lideró la operación.

La guerra contra las drogas estaba en su punto más alto porque el presidente Virgilio Barco expidió algunos decretos para revivir la extradición por vía administrativa; don Guillermo no guardó silencio ante el terrorismo de la mafia y Pablo Escobar ordenó su asesinato para silenciar sus editoriales y “Libreta de Apuntes”. El crimen se cometió en la noche del 17 de diciembre de 1986, cuando salía del periódico. De este modo cegaron la vida de un demócrata que escribió,“Necesitamos la paz para vivir civilizadamente y dejar de morir”.