20 de octubre de 2021
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EL HOMBRE QUE ASUMIÓ EL RIESGO

11 de diciembre de 2016

La solemne ceremonia celebrada ayer en Oslo, en la que el presidente Santos recibió el Nobel de la Paz, marca indudablemente un hito en la historia de Colombia. Al menos por dos razones. Por su excepcionalidad, que no es poca cosa, ya que se trata del segundo Nobel que obtiene un colombiano en los 115 años de existencia del galardón. Y por su  profundo significado político.

El premio más prestigioso del mundo simboliza el reconocimiento internacional a una difícil aventura en la que Santos arriesgó todo su capital político: lograr la paz con las Farc y allanar el camino a un proceso similar con el ELN, con el fin de acabar con un conflicto armado que dura casi seis décadas y ha causado cientos de miles de muertos y millones de desplazados.

Tras la derrota del primer acuerdo de paz en el plebiscito del 2 de octubre, el presidente se empeñó en sacar adelante un nuevo acuerdo mediante ajustes del anterior, para lo que se instituyeron mesas de diálogo con los voceros del ‘No’. El texto resultante no fue sometido esta vez a una azarosa consulta popular, sino que se tramitó y aprobó en el Congreso de manera expedita, lo que provocó las naturales críticas de los detractores.

El hecho es que Santos pudo acudir a Oslo con un acuerdo bajo el brazo, lo cual, sin duda, fue para él mucho mejor que llegar con las manos vacías y una situación de incertidumbre en su país por el limbo en que estaba  el proceso de paz tras la victoria del  ‘No’.

Apagados los focos del Palacio Municipal de Oslo, ahora viene lo más difícil para todos en Colombia. Para el Gobierno, porque deberá proceder a la implementación del acuerdo. Ello requerirá ingentes cantidades de dinero, en un escenario de frenazo económico y de escasa popularidad del presidente, circunstancias que previsiblemente aprovecharán como ariete sus adversarios, con Uribe a la cabeza.

Pero estos, a su vez, tampoco lo tendrán fácil. El acuerdo de paz, por controvertibles que puedan ser aspectos de su contenido y la forma en que finalmente se aprobó, ya es un hecho y cuenta con el aval democrático de la Corte Constitucional. El debate, pues, se ceñirá ahora a su implementación, que tendrá su primer gran capítulo con la inminente decisión de la Corte sobre si el Congreso puede tramitar o no las iniciativas por la vía rápida, o ‘fast track’.

Vendrá, previsiblemente, una dura pugna política. Y cabe suponer además, por desgracia, que arreciará la guerra sucia de extremistas para torpedear el acuerdo. Pero hoy, con la recepción del   Nobel por un colombiano, lo que se impone es destacar la apuesta trascendental que hizo Santos. Un hombre que pudo ahorrarse el formidable berenjenal que implicaba un proceso de paz con un grupo tan odiado como las Farc. Pero que decidió asumir el riesgo.

EDITORIAL/EL HERALDO