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Chapecó

Periodista, abogado, Magíster en ciencia política, Magíster en derecho público, escritor, historiador y docente universitario.
9 de diciembre de 2016
Por Víctor Hugo Vallejo
Por Víctor Hugo Vallejo
Periodista, abogado, Magíster en ciencia política, Magíster en derecho público, escritor, historiador y docente universitario.
9 de diciembre de 2016

Víctor Hugo Vallejo

Victor Hugo VallejoMuy temprano en la mañana, ese lunes 28 de noviembre de 2016, abordaron el avión que desde Chapecó los llevaría a Sao Paulo, distante a 720 kilómetros, para abordar el vuelo chárter que tenían contratado con la aerolínea venezolana que opera en Bolivia LaMia, que en forma directa los llevaría a Medellín, Colombia, en busca de la gloria o por lo menos de jugar un partido para ellos completamente desconocido como era la final de un torneo a nivel suramericano. Todo estaba planeado para hacer el viaje bajo la luz del sol.

Al llegar a Sao Paulo a los directivos les informaron que la autoridad de aeronáutica de Brasil no autorizaban el vuelo chárter de esa línea, por tener pendientes asuntos administrativos con el Estado brasileño. Hubo cambio de planes. LaMia asumió el costo de los pasajes comerciales del equipo y su delegación de Sao Paulo a Santa Cruz de la Sierra en Bolivia y de allí volarían a Medellín en ese mismo día.

Las horas de sol se fueron consumiendo y cada vez se acercaba la noche. Una escala técnica necesaria, dada la autonomía del avión a usar, en la ciudad de Cobija, al norte de Bolivia, sólo sería posible antes de las 6 de la tarde. Por la hora de salida ya esa escala no era posible. La inspectora del aeropuerto Viru Viru no dio el visto bueno al plan de vuelo, pero desde lo superior se ordenó que el vuelo se hacía y se hizo, con el combustible exacto para alcanzar la pista del aeropuerto del Municipio de Rionegro, en Antioquia, que sirve a la ciudad de Medellín.

Reglamentariamente el avión carecía de la reserva exigida de combustible de 1 hora y 40 minutos que demandan las normas internacionales de aeronáutica. La alternativa era hacer escala en Bogotá, reabastecer y seguir. No se hizo, el piloto era accionista de la empresa y ya hacía cuentas de las implicaciones de sumarle 5.000 dólares más al mal negocio de ese chárter. Un piloto pensando en la utilidad de la empresa, no en la seguridad de sus pasajeros, para lo que debió ser formado, aunque se había instruido como piloto militar, habiendo abandonado la Fuerza Aérea Boliviana antes de su tiempo de retiro voluntario, por lo que dejó pendiente una investigación con secuelas administrativas, fiscales y penales.

A las 10:29 de la noche el vuelo de la gloria terminó en tragedia, sobre las faldas del cerro Gordo, en inmediaciones del Municipio de la Unión, Antioquia, Colombia, donde quedaron 71 vidas sepultadas, el equipo de futbol Chapecoense, cuyo nombre se aprendió a pronunciar correctamente a partir de ese instante en el mundo, y se comenzó a conocer su historia, cuando esta llegaba a su fin o al menos a un corte de cuentas radical, pues deberá empezar nuevamente, aunque esta vez no de cero.

Esa historia que comenzó un 10 de mayo de 1973 cuando se juntaron dos equipos aficionados de fútbol, unieron esfuerzos y se hicieron profesionales, con el nombre de la ciudad donde residían, tuvo el 28 de noviembre un golpe de dolor y lágrimas. Todos los jugadores que dieron el paso a la profesional eran de Chapecó. Después se fueron contratando jugadores de no mucho prestigio, pues irse a militar en un equipo pobre y lejano del mundo de los grandes negocios del deporte, no era muy atractivo para nadie. Ese día iban con el tiempo medido para enfrentar al Atlético Nacional el miércoles en la noche. Los mismos aficcionados previstos fueron al Estadio Atanasio Girardot la noche del miércoles, pero vestidos de blanco y con cánticos hacia Chapé y su memoria.

Los seguidores del club Nacional habían agotado la boletería de tiempo atrás, pues sabían que la posibilidad de ser campeones de un torneo más, era evidente, ya que se enfrentaban al más humilde de los que llegaron a las últimas instancias en la edición de la Suramericana 2016. Ante la extrañeza del nombre del rival, todos preferían quedarse con el “Chape” para no correr el riesgo de decir lo que no era. Cuestión de ganarle ampliamente en Medellín, frente a 50.000 personas, para ir por un resultado a Chapecó, en el Estadio Arena Condá, ante apenas 7.000 espectadores. La tarea no era complicada. Esa misma fanaticada que contaba con esa copa, fue la misma que luego clamó por la entrega del trofeo a quienes ni siquiera pudieron disputarla.

Muchos sueños se enterraron en ese cerro esa noche. Muchas ilusiones de familias humildes, de jugadores que seguían siendo profesionales, pero que apenas ganaban con que vivir decentemente. No eran las grandes estrellas del mundo de la televisión. Apenas ahora les televisaban sus partidos. Unos muy pocos fueron a terminar sus competencias en esos lares, más por las ganas de seguir activos en un deporte en el que sobrepasar los 30 años es comenzar a estar viejo. Muy pocos se daban el lujo de llegar en autos propios a los entrenamientos o a los partidos de los domingos. Casi ninguno de ellos tenía vivienda propia. La esperanza era esa copa que de premio entregaba dos millones de dólares. Se fueron en silencio.

El avión se quedó sin combustible cuando por instrucciones de la torre de control debió hacer un sobrevuelo para permitir el ingreso prioritario de otro avión que había declarado su emergencia. Todo el equipo se apagó. El gran peso y la fuerza de gravedad lo llevaron directo a tierra en caída libre, en la que la sensación de vacío debió invadir los últimos segundos de vida de los 77 pasajeros, 6 de los cuales sobrevivieron al golpe, muriendo luego uno de ellos, y apenas quedando cinco para contar la amarga experiencia de cuando una economía de escala sacrifica existencias humanas.

Allí acabaron 43 años de historia deportiva, que se inició con juegos en canchas populares, hasta cuando la realidad de un equipo de competencia que llevaba tres años avanzando en el cariño de los habitantes de Chapecó, llevó a la municipalidad a pensar en la construcción de un modesto estadio con capacidad para 7.000 personas, al que le pusieron por nombre Arena Condá y fue inaugurado en 1976. Ese fue el templo del Chapecoense. Allí logró el heroico empate frente al histórico San Lorenzo de Argentina, para ir a jugar la final con Nacional. Era su partido final y lo fue.

En Chapecó habían dejado de seguir a los grandes clubes del fútbol internacional brasileño y se habían entregado a ese conjunto vestido de verde. Los 210.000 habitantes de esa ciudad intermedia situada a 720 kilómetros de Sao Paulo, a 1.350 de Brasilia y 1.057 de Rio de Janeiro, tenían en su corazón al equipo que en seis años pasó de la categoría D del profesionalismo, a la A, en la que llevaba varios años sin volver a descender, pues si bien no era de los mejores, tampoco era de los peores y ya en el 2015 había logrado clasificar a la Copa Suramericana. Los cinco títulos que había logrado en el torneo Cateriniese le hacían la historia de la que todos estaban tan orgullosos y ahora los verían en una final por televisión transmitida a todo el mundo. Llegar a ese sitial para ellos era estar muy cercanos a la gloria.

De la humildad y el desconocimiento casi total, en un solo instante se pasó a la solidaridad universal con un equipo de fútbol que fue capaz de borrar fronteras y hacer que todos se convirtieran en seguidores verdes.

Y el dolor se fue transformando en rabia en la medida en que se fueron conociendo detalles de lo sucedido. Hablar de las causas de un accidente de aviación no es fácil, como que se trata de una materia de especialistas, que deben hacer muchos estudios y análisis de los que van saliendo con mucha precaución las conclusiones mediante las que se arriba a culpabilidades o exclusión de responsabilidades. En este caso todo era tan evidente, que en pocas horas ya el mundo sabía de cómo se sacrifican vidas en aras de indicadores económicos.

Se supo, entonces, que la empresa de aviación contratada era de origen venezolano, donde no fue autorizada a operar, pero si hicieron gestiones desde el gobierno con el de Evo Morales en Bolivia para que allí pudiese operar con tres aviones en rutas de corto alcance dada la autonomía de vuelo de esos equipos

Y allí surgió la participación de ex militares de alto rango que se hicieron socios de la empresa. Y se dedicaron a prestar servicios de vuelos chárter a través de la Comebol, que agrupa al fútbol profesional de Suramérica, que los recomendaba para los traslados en torneos internacionales a los que llegan conjuntos económicamente débiles que deben abaratar costos al máximo.

El camino de la gloria chocó contra un cerro, sobre el que se estrelló y dejó 71 muertos, entre ellos los jugadores del Chapecoense, acabando con las ilusiones de Chapecó, un municipio del Estado de Santa Catarina, en el sur oeste de Brasil, ubicado 625 metros sobre el nivel del mar, fundado el 25 de agosto de 1917, cuyos municipios vecinos son Cordilhera Alta, a 17.7 kilómetros, Guatambí a 17.3 y Arvoredo a 16, con una temperatura promedio de 27ºc., cuyo nombre se debe a la palabra tupí Xapeco, que significa “lugar desde donde se ve el camino de la plantación”, que en un comienzo se caracterizó por ser un centro de producción agrícola, vocación que tuvo la variación a ser un gran productor de cerdos y pollos, con una agro industria fuerte y ferias exposiciones que conforman la fuente esencial de turismo de la ciudad, o sea que es un turismo de orden económico, contando con fuertes núcleos de población de origen alemán, italiano y polaco por los fenómenos de migración de las dos guerras mundiales. Cuenta con 15 emisoras de radio y estas en su mayoría han tenido en el Chapecoense una fuente de información deportiva.

Las circunstancias del accidente hicieron que el rescate de víctimas fuese muy expedito, contando además con la solidaridad incondicional de los pobladores de Antioquia que respondieron en todo lo que tenían que ayudar.

Su muerte se convirtió en causa de Estado y el miércoles en las últimas horas el Estadio de Medellín se llenó de gente vestida de blanco que los aclamó, en medio de bandas marciales, discursos oficiales, voces de apoyo y respaldo de un pueblo que ya había comprado las boletas para el partido y luego decidieron que esos dineros se fueran a las arcas del Club Chapecoense, para que sirvan de base de construcción de lo que debe ser el nuevo equipo, que si alcanzó la gloria de la Copa Suramericana el lunes 5 de diciembre, cuando la Comebol, entendiendo la solicitud de Nacional, decidió oficialmente declararlo Campeón de la versión de 2016, lo que le representante un premio de dos millones de dólares y poder jugar dos torneos internacionales el año venidero: la Recopa de Suramérica con Nacional y la copa Libertadores. Volverá a ser una realidad, arrancando no de la humildad de la que partió en 1973, sino de la grandeza lograda por quienes dejaron sus vidas en el cerro Gordo en la noche del lunes 28 de noviembre, cuando terminó el largo día desde cuando salieron de Chapecó hacia la victoria. La consiguieron. La vivieron sus hinchas. La gritaron las gentes de Medellín de manera multitudinaria.

El sábado 3 de diciembre hubo un cortejo fúnebre que partió del Aeropuerto de Chapecó hacia el Estadio Arena Condá, en donde más de siete mil personas vestidas de blanco, esperaron en medio de un fuerte aguacero, y lloraron mucho, aunque las gotas de ese diluvio no permitieran la identificación de lo que era llanto y lo que era lluvia. El dolor fue multitudinario. La pena sigue. Volverá la divisa y el amor por los que se fueron seguirá intacto. Ya habrá ocasión de seguirles cantando sus goles hacia la inmortalidad al equipo más popular del mundo en el año 2016.

Chapecoense se hizo más grande la noche del 28 de noviembre de 2016, cuando iban por la gloria y encontraron la muerte.