27 de octubre de 2021
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«Aplasta al enemigo»

15 de diciembre de 2016
Por César Montoya Ocampo
Por César Montoya Ocampo
15 de diciembre de 2016

cesar montoya

Maquiavelo concibió la política  como un ejercicio que busca, por cualquier camino, eliminar al adversario.  Son muchas las vociferaciones contra esa mentalidad.  Se denigra de su contenido,  pero en el fondo, hay que aceptar que la disputa electoral tiene bárbaros componentes.

Escribió  Maquiavelo : “Debe  matarse, pues; a los hombres hay que halagarlos, o de lo contrario, aniquilarlos; se vengarán por pequeñas injurias, pero  no podrán hacerlo por las grandes; la herida que infligimos a un hombre debe ser, pues, tan grande que no tengamos necesidad de temer su venganza”. No solo este autor predica ese comportamiento homicida. El filósofo indio Hautilya, sobre el mismo tema, precisa : “…al enemigo debe exterminársele por completo. No se debe ignorar a un enemigo creyéndolo débil. Puede tornarse peligroso en cualquier momento como una avispa en una parva de heno”. Este mismo pensador escribió :  “quienes buscan obtener logros, no debieran  mostrar clemencia”. Las siguiente palabras son de Napoleón : “Para alcanzar la máxima  victoria  es necesario ser inescrupuloso”. “Aplasta al enemigo” fue un aforismo de Sun-Tzu  en su libro “El arte de la guerra”. Robert Greene en “El Arte de la Seducción” relata la siguiente anécdota : “Un sacerdote le preguntó  al ya moribundo, hombre de  Estado y general español Ramiro María Narváez : “ ¿Su excelencia está dispuesta a perdonar  a todos sus enemigos?. No tengo necesidad  de perdonar a  mis enemigos –respondió Narváez- los he mandado fusilar a todos”.

Estos principios tienen vigencia en la política. En las controversias electorales se acorrala al adversario, se le cavan grietas, se le enrostran  conductas descalificadoras, se añica su imagen y el vocabulario se convierte en zurriago para zaherirlo sin piedad. No hay decencia,  no se reconocen méritos, se enloda la hoja de vida de quien se enfrenta al electorero ambicioso.

Siempre la disputa es feral. Priman las posiciones extremas. Agréguese  el tejemaneje insidioso de quienes se juegan la vida en las escaramuzas comiciales.  La polarización de la política  se degrada  cuando el lenguaje  se torna virulento. Esos comportamientos alarman por sus visos carniceros.

Fue vergonzoso, por ejemplo, que la opinión mundial degustara con asco la controversia cruda y picante  de quienes, en los EE.UU. compitieron por la presidencia. Trump y la señora Clinton intercambiaron  baldados de agua sucia ante unos estupefactos televidentes.Qué adjetivos degradantes, qué amenazas, qué recuerdos verduleros. Ese fue un  matoneo en donde uno de los  competidores enarbolaría el banderín de la victoria frente al féretro de su adversario.

¿Pero, por qué extrañarnos, si, al fin y al cabo, esa es la política? Aquí en Colombia, los discípulos de Sun Tzu  derrotaron  el sí en un plebiscito mediante un  montaje hipócrita que, con mentiras, buscó exacerbar  los primarios sentimientos de los compatriotas. Se maquinó una estrategia engañosa,  y una letrina  venteada  por el rey  de la comparsa, saturó el ambiente de olores insoportables. Su propósito, a base de trucos, era soliviantar la indignación nacional contra la guerrilla. Fue ese un taimado artificio que al titiritero que lo urdió le produjo  exitosos dividendos. Lo dijo  quien fue su jefe de debate.

La política es vinagre, violenta a base de puñetazos verbales, indigesta y  brutal, que nada perdona y todo lo cobra. ¡Ay de quien haya cometido algún pecadillo! Los contendores rebuscan archivos, hallan películas para resucitar insolvencias morales que pongan punto final a un  soñado destino. Bien se ha dicho que la política es una guerra que deja muñones de cuerpos humanos esparcidos en el teatro de la muerte.

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