23 de octubre de 2021
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Vistazo a la Responsabilidad Social Universitaria

6 de noviembre de 2016
Por Jorge Emilio Sierra
Por Jorge Emilio Sierra
6 de noviembre de 2016

Por: Jorge Emilio Sierra Montoya (*) 

Entre la RSE y la RSU

Sierra Jorge EmilioSegún Francois Vallaeys, la Responsabilidad Social Empresarial (RSE) y la Responsabilidad Social Universitaria (RSU) tienen en común que abordan la responsabilidad social de sus respectivas organizaciones, sean empresas o universidades, por los impactos que tienen sobre la sociedad y el medioambiente.

Pero, cuando miramos en detalle sus impactos -aclara-, ahí surgen profundas diferencias, aunque ambas instituciones coincidan en dar empleo a muchas personas y estar situadas en lugares específicos, por lo cual tienen impactos laborales y ambientales que saltan a la vista.

En efecto -agrega, recurriendo a su formación filosófica y la correspondiente experiencia académica-, las universidades, a diferencia de las empresas, generan otros impactos que les son propias, específicas, como los de carácter educativo o cognitivo, relacionados con el conocimiento.

Más aún, en su opinión el objeto específico de “la U” no es siquiera la formación, pues otros centros educativos la imparten; ni la investigación, porque numerosos laboratorios la hacen sin ser universitarios, sino el hecho de darle legitimidad al conocimiento, al saber, con base en los debates que tienen lugar en sus claustros.

Por eso rechaza, con energía, que se pretenda imponer el modelo empresarial, “de negocio”, en la universidad, dando al traste con su idea original, nacida en los lejanos tiempos medievales.

“Me opongo ferozmente a esto”, sentencia como si abriera la discusión, campo donde por lo visto se siente a sus anchas.

La legitimidad del conocimiento

En síntesis, Vallaeys plantea que los citados impactos de la universidad tienen que ver sobre todo con la legitimidad del conocimiento, que califica como el core business de la Responsabilidad Social Universitaria.

Y explica, a la manera de un profesor frente a sus alumnos: en las universidades, por ejemplo, se decide qué estudia un médico y qué no estudia, como sucede con cualquier otro profesional; qué es científico y qué no lo es; cuál es la metodología correcta para llegar al verdadero conocimiento y cuál es equivocada; si esto o aquello vale o no la pena de publicarse en una revista indexada…

Todas estas son decisiones –anota- con enorme impacto social porque conforman lo que profesionales, docentes y autoridades oficiales, desde ministerios hasta agencias de acreditación, conciben como la verdad, legitimando así el conocimiento.

Nadie más puede hacerlo, claro está. Y para adelantar dicho proceso –observa, de nuevo con espíritu crítico- se requiere la discusión permanente en los círculos universitarios, siempre en búsqueda de su mejoramiento continuo.

Discutir sobre todo –precisa- en torno al papel social y medioambiental que deben cumplir frente al desarrollo, como son verbigracia los Objetivos de Desarrollo Sostenible trazados en el presente año por la Organización de Naciones Unidas (ONU).

He ahí, ni más ni menos, la RSU que él concibe, por la cual viene luchando en diversos escenarios internacionales con un enfoque ético que no se cansa de subrayar, mientras pone en tela de juicio, con insistencia, cuando algunas universidades dejan a un lado tales aspectos, como si su única función fuera abastecer al mercado de profesionales desinteresados por completo de su responsabilidad social y ambiental.

Con razón, Vallaeys ha llevado tan controvertidas posiciones a sus “cuentos orales” que él mismo representa, “no para hacer dormir a los niños –según explica- sino para despertar a los adultos”, cuyos videos consultan a diario millones de personas en todo el mundo por medio de los modernos medios electrónicos, como youtube.

Otra forma, bastante original por cierto, de ejercer su responsabilidad social universitaria, ya no institucional sino personal.

Gestión de las universidades

Si bien algunos autores ven la Responsabilidad Social Universitaria como algo novedoso, aduciendo que lo social apenas ahora surge como esencial en la universidad junto a la formación y la investigación, él no lo piensa así, al menos en América Latina.

Antes bien, recuerda que las tres funciones sustantivas de “la U” son desde tiempo atrás la formación, la investigación y la extensión o proyección social, tanto que en la región latinoamericana se formuló esa concepción desde la Reforma Universitaria de Córdoba (Argentina) en 1918, hace un siglo.

A su modo de ver, lo nuevo de la RSU no es esto, ni que se hable de las tres funciones sustantivas, sino que se trate realmente de procesos, cuatro procesos para ser exactos, entre los cuales se destaca el de gestión, fundamental a todas luces.

Hay que gestionar, en fin, la formación, la investigación y la dimensión social de la Universidad, de modo que haya una verdadera articulación entre ellas a partir de sus impactos sociales y ambientales, como él había observado desde un principio.

Cuestiona, por tanto, el modelo universitario que en los años setenta pretendía convertir a la universidad en fortín revolucionario para transformar a la sociedad, así como el de las universidades católicas que promovían y aún promueven la filantropía para enfrentar el fenómeno de la pobreza, olvidando en ambos casos que la misma universidad se tiene que gestionar para alcanzar tan loables propósitos.

Algo similar sucede –arremete una vez más- con los trabajos de extensión universitaria, por ejemplo en la comunidad, cuando esto no se hace dentro de una política que abarca a la institución en su conjunto, desde la compra de papel (que sea social y ambientalmente responsable, aclara) hasta las decisiones sobre líneas de investigación, pasando por los programas académicos de los estudiantes y el debido aprendizaje comunitario a través de proyectos sociales.

“La RSU es una política de gestión integral de la Universidad en todos sus procesos”, insiste.

Modelo de Responsabilidad Social

Vallaeys admite que este modelo de RSU sigue al que se ha adoptado en el mundo entero, el cual concibe la responsabilidad social de la Universidad por sus impactos y se traduce, además, en estándares internacionales como las normas SA8000 y AA1000 o la GlobalG.A.P. agrícola o la SGE 21 –Sistema de Gestión Ética- que obligan a las distintas organizaciones a ejercer estrictos controles para garantizar sus buenas prácticas, sin permitirles actuar como les venga en gana con sus cadenas de valor, de proveedores o de materiales, al margen de sus impactos.

Precisa, de otra parte, que él ha trabajado con dicho sistema de gestión en varias universidades latinoamericanas, cuyos resultados, dada la naturaleza de tales instituciones, no se dan de la noche a la mañana, a diferencia –repite- del sector empresarial.

Acepta, pues, que el proceso en cuestión es lento, si  bien ya se presentan avances en aspectos como el ambiental (“la RSU ha permitido que esto llegue por fin a la Universidad”, dice) y la debida valoración del aprendizaje basado en proyectos sociales, entre otros.

Confía, asimismo, en que el progreso al respecto sea cada vez mayor porque el modelo tradicional –asegura- está condenado a fracasar en nuestros países, donde no podemos seguir con el culto a la internacionalización, o sea, la lucha estéril por llegar a los rankings de las mejores universidades del mundo a partir de indicadores como el número de ex alumnos que han obtenido el Premio Nobel, y cosas por el estilo.

Y aunque también acepta que ese modelo tiende todavía a imponerse por doquier con la complicidad de organismos oficiales, sostiene que es creciente el número de directivos y profesores universitarios interesados en un trabajo genuino, basado en la citada legitimidad, que va en busca de la verdad y no solo tras la expedición de títulos profesionales o las publicaciones en revistas indexadas, “donde hay –expresa sin rodeos- muchas trampas”.

A su modo de ver, hay que recuperar el espíritu primigenio de la universidad latinoamericana, orientada al servicio en beneficio de la sociedad, espíritu que en cambio pretende aniquilar el modelo de la internacionalización y la acreditación, donde “el trabajo social con los alumnos es un estorbo”.

“La situación es dramática”, concluye.

Del pesimismo al optimismo

Al terminar esta entrevista, Francois Vallaeys celebra que en América Latina hayamos tenido una década de bonanza, relativamente tranquila en materia económica, sin golpes militares y con regímenes cada vez más democráticos, pero lamenta que persista la pobreza, avance la destrucción del ecosistema y se prolongue lo que él llama neocolonismo, en tácita alusión a la dependencia que aún padecemos.

Según eso, tiene motivos de sobra para ser optimista, pero igualmente para ser pesimista, no sin aclarar que, como Kant, él es pesimista en el análisis de la humanidad y optimista en el plano ético, consciente de que “si debemos hacer el bien, debemos creer que es posible hacerlo y que el bien finalmente va a vencer”.

“Es un deber de esperanza, como una decisión ética y política”, dice tras señalar que estamos obligados a ser social y ambientalmente responsables en este mundo que va hacia un desarrollo insostenible.

“Nos debemos a la esperanza de que otro modelo de desarrollo sí es posible”, concluye.

(*) Director de la Revista “Desarrollo Indoamericano”, Universidad Simón Bolívar – [email protected]