26 de octubre de 2021
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Libreta

Periodista, abogado, Magíster en ciencia política, Magíster en derecho público, escritor, historiador y docente universitario.
11 de noviembre de 2016
Por Víctor Hugo Vallejo
Por Víctor Hugo Vallejo
Periodista, abogado, Magíster en ciencia política, Magíster en derecho público, escritor, historiador y docente universitario.
11 de noviembre de 2016

Víctor Hugo Vallejo

Victor Hugo VallejoEse día la tarde se puso gris, muy gris, llovió mucho, como suele hacerlo en diciembre en Bogotá. La noche se vino un poco más temprano con su manto de sombras. Madrugó la noche el 17 de diciembre. No había sucedido nada extraordinario en el país, por lo que la edición del diario para la calenda siguiente se iba cerrando en la rutina (si la hay o puede haber en el ajetreo que es el cierre de una edición de medio masivo de información escrito), de los aconteceres cotidianos. Se revisaban notas de última hora, se editaban otras, se quitaba, se mermaba, se aumentaba espacio. Poco a poco iba culminando el cubrimiento de las noticias en un día más. Le dio una última lectura al editorial del día siguiente y reafirmó las posibilidades ciertas de que Colombia algún día gozara de paz. Era un convencido de la paz, pero siempre la miró distante, muy distante, tan distante que se fue sin ella.

Habló con algunos jefes de sección, le encomendó tareas a unos reporteros para el otro día. Conversó de salida con otros trabajadores del diario. Eran un poco más de las siete de esa noche oscura y muy fría. Se dirigió al parqueadero de la empresa. Saludó a los vigilantes y con el mismo gesto de amigo, les deseó buenas noches. Se subió a la camioneta Subaru, color vino tinto, de placas AG-5000. Miró hacia el puesto de atrás y verificó que los regalos de sus nietos estuvieran en su puesto. Esa noche hablaría con Ana María, su esposa, y le mostraría los paquetes con los que pretendía consentir un poco más a los hijos de sus hijos.

Subió completamente el vidrio de la ventanilla izquierda. Hacía mucho frío. Salió sobre la Avenida 68, que ahora llevaba el nombre del diario en un homenaje de lo publico a una tribuna de opinión de las ideas liberales. En la esquina hizo un giro en U, para tomar la vía hacia el norte, con destino a su casa. Eran un poco más de las 7:15 de la noche. A unos pocos metros, detrás, iba un pequeño Renault 4, conducido por el periodista Rodolfo Rodríguez, quien salió a la misma hora que su jefe. De sur a norte por la avenida 68 apareció una moto de mediano cilindraje, con dos personas a bordo. Igualaron el Subaru por el lado izquierdo y el parrillero, Álvaro García Saldarriaga, puso en sus manos una ametralladora, disparó una ráfaga de nueve impactos sobre su humanidad, lo hirió en el pecho y en la cara. El negro Berón, quien conducía la moto, aceleró y emprendió la huida hacia el norte de la ciudad.

El vehículo Subaru perdió el control, iba contra los sardineles de la avenida, hasta que se detuvo . El conductor del Renault 4 oyó los disparos. Vio poco o nada en medio de la oscuridad de la noche. Sabía que a su jefe lo habían agredido. El sabía quien era el único ocupante de ese vehículo contra el que se acababa de consumar el atentado. Aceleró un poco, hasta alcanzar al descontrolado vehículo de adelante. Puso el freno de mano. Ni siquiera apagó el carro. Se bajó. Corrió hasta el Subaru y vio a su jefe y amigo con el rostro tranquilo, la mirada como perdida, mientras una señora en el andén de la vía gritaba que lo auxiliaran, que lo llevaran a una Clínica. Desde las instalaciones del diario el jefe de Circulación Alfonso Convers captó lo que estaba sucediendo y cruzó la avenida sin el cuidado por su vida. Llegó hasta donde estaba Rodolfo Rodríguez, con fuerza abrieron la puerta, sacaron el cuerpo de su amigo y lo introdujeron en el Renault 4, en el puesto de atrás y recordaron que en esos días habían inaugurado la Clínica de la Policía Nacional, con bombos y platillos, presentándola como la mejor del país, con la más alta tecnología, con los mejores servicios y estaba situada en el cruce de la avenida 68 con avenida El Dorado. Era la más cercana. Llegaron hasta allí. Unos policías de vigilancia no los dejaron pasar, por una sencilla razón: la clínica estaba inaugurada, pero aún no estaba en servicio. Esos minutos valiosos se perdieron. Recordaron que cerca estaba la clínica de la Caja Nacional de Compensación, Cajanal. Fueron allí. Lo recibieron por urgencias. Lo atendieron de inmediato. Los dos trabajadores se quedaron esperando noticias. A los diez minutos salió un médico y les dijo que Guillermo Cano Isaza, el director del diario El Espectador, había fallecido. Eran un poco más de las 8 de la noche.

Rodolfo Rodríguez con su vestido gris ensangrentado, con la sangre de su jefe y amigo, se confundió. No lograba entender nada. Convers trataba de dialogar con él. Poco o nada tenían para decirse. Rodríguez pensó en la esposa de Guillermo, Ana María Busquets, y en como le haría saber del suceso. No fue capaz. Mejor llamó al periódico y desde allí le hicieron saber a la familia del periodista asesinado lo ocurrido. El país tuvo un momento más de estremecimiento en ese 1986 convulso y ensangrentado en que en Colombia se mataba (como se sigue haciendo ahora) por cualquier cosa. Incluso por pensar diferente. Incluso por pensar con ética, con moral, con decencia. Oír eso: mataron a Guillermo Cano. El espectro de la radio se llenó de dolor, rabia y silencio. En la sala de mi casa, al lado de mi pequeño hijo, al pie del árbol de Navidad, por mis mejillas rodaron dos gruesas lágrimas que el niño no entendió y que sólo muchos años después le pude explicar. Era dolor de país. El mismo que se sentía en toda la geografía. Una Navidad que comenzaba de la peor manera. Una alegría opacada por esa ola de violencia y criminalidad en aras de la defensa de la decencia, mientras la clase política entendía que ese crimen que aparentemente combatía el Estado, podría ser una gran fuente de financiación de lo que se haría de ahí en adelante. De lo que se sigue haciendo. Y eso lo dijo en sencillo idioma, dotado del mayor nivel de exigencia ética como periodista, Guillermo Cano. Por eso lo mataron. Nunca lo oyeron. Nunca lo han oído.

Hace treinta años acabaron con la vida de uno de los más grandes periodistas que ha dado Colombia. Un ser humano que solamente supo ser periodista. No necesitó ir a la Universidad. Le bastó con ser bachiller del Gimnasio Moderno y meterse a la disciplina, a la consagración, a la dedicación de la familia Cano, que desde 1887 había fundado, en cabeza de don Fidel Cano, en plena era de la regeneración encabezada por el recalcitrante nuevo conservador Rafael Núñez, en la ciudad de Medellín, con el fin esencial de defender las ideas liberales, que en un comienzo se confundió con el partido liberal, hasta cuando El Espectador entendió que este había llegado a ser parte del mismo contubernio de poder y corrupción y se quedó con la idea inicial de defender lo liberal, en lo que necesariamente no se incluye al partido liberal. O eso que llaman partido liberal.

En el hogar de Luz y Gabriel, había nacido Guillermo el 12 de agosto de 1925. Fue miembro de la tercera generación de los Cano que terminaron dedicados al periodismo desde El Espectador. A don Fidel lo siguieron sus hijos. Cuando Guillermo llegó allí, el director o codirector era su padre, Gabriel. Terminó su bachillerato en 1942 y al día siguiente estaba metido en los talleres de linotipos y tinta en el edificio del diario en la Avenida Jiménez de Quesada con carrera 4. Se metió a los talleres pues por ser el hijo del director no tenía ningún privilegio especial. Iba a hacerse periodista, pero en el yunque del diario vivir, aprendiendo como se hace un periódico, como se consigue la noticia, como se redacta, como se comunica, como se comenta, como se asumen posiciones y en especial aprendiendo que la conciencia no se vende, ni se compra, ni se permuta. Se tiene o no se tiene.

Poco a poco fue escalando posiciones en la empresa. Por su afición a los toros, su padre le permitió escribir comentarios sobre dicho espectáculo. Luego lo dejaron hacer comentarios deportivos y estuvo en la sección correspondiente como reportero raso. Después fue secretario del director. En la medida que iba creciendo en el oficio le daban la oportunidad, hasta llegar a la subdirección. Años más tarde compartiría la dirección conjunta del diario con su padre, a partir de 1953, cuando le dieron la dirección de un diario en cenizas, luego del incendio provocado por las tropelías de los seguidores de la dictadura de Rojas Pinilla, que no admitían las constantes y agudas críticas que desde las columnas de El Espectador le hacían al régimen, no solo desde lo editorial, sino desde lo informativo, como cuando un flaco, fumador, bigotudo y crespo reportero costeño, que se moría de frío en Bogotá, un día se fue al Chocó a cubrir una huelga general, que no era ni general, ni huelga, pero sus ojos podían percibir la calamitosa situación de esa parte del país. El reportero Gabriel García Márquez hizo conocer al mundo, a través de El Espectador, la miseria casi congénita en que los dirigentes han mantenido al Chocó. Eso se consideraba subversivo.

Primero fue el incendio. Después la censura, de la que fueron voceros muchos periodistas que luego de la dictadura siguieron ejerciendo como tales sin sentir la más leve vergüenza. Controlaban la información del día siguiente. Hasta cuando en 1956, ante la falta de tacto y de inteligencia de los censores, el gobierno entendió que no era posible controlar plenamente la información en la prensa nacional y decidió hacer uso de la autoridad para lo que la usan los sátrapas, para aplastar y cerró El Espectador, como lo hizo con otros diarios.

De ese cierre nació El Independiente, un pequeño vespertino bajo la dirección e Guillermo Cano en el que se seguía informando, con muchas limitantes, pero manteniendo vivo al país. Era 1956 y Guillermo Cano Isaza seguía al frente de su vieja máquina de escribir, de la que no se despojó nunca, ni siquiera cuando le instalaron procesador de palabras en su escritorio.

Dio muchas batallas. Fue en esencia un luchador del periodismo. Nunca se amilanó. Fue el primero en advertir de las infiltraciones de la corrupción en el Estado, especialmente a través de la naciente criminalidad del narcotráfico. Y para no poner en riesgo a todos los periodistas del diario, en 1979 prefirió, por concejo de su padre, crear una columna de opinión que llegó a ser una especie de guía moral del país: Libreta de Apuntes. Allí hizo graves denuncias. En ese espacio hizo conocer las actividades criminales de un filántropo antioqueño que repartía dinero, que regalaba casas y que surgía como gran dirigente cívico. Era Pablo Emilio Escobar Gaviria. Fue la primera vez que Colombia supo de su existencia criminal. Nunca se lo perdonó y se lo cobró la noche del 17 de diciembre de 1986.

Curiosamente el hijo menor de Guillermo, Camilo, fue el productor de la más exitosas telenovela que se ha hecho en América sobre el tema de esta persona: “Escobar, el patrón del mal”.

En esa Libreta se hicieron muchas anotaciones preventivas de la suerte de Colombia con la influencia del crimen en todas sus formas, de la financiación desde el delito de las diversas campañas políticas. Lo leían con fervor, lo olvidaban con prontitud. Lo tomaban como guía ético, pues en esta materia nunca transigió en lo más mínimo, pero lo dejaron matar. Andaba solo. Manejaba su auto aún en las frías y oscuras noches bogotanas. No faltaba a la veracidad que es la herramienta del periodista, tenía su conciencia tranquila y nunca tuvo miedo. La Libreta de Apuntes se cerró en esa noche del 17 de diciembre de 1986. El país no lo olvida. La conciencia nacional se resiente cuando detecta la indiferencia ante lo que siempre dijo con valor y certeza. Un monumento al ideal ético. Un testimonio a la indiferencia estatal ante el delito.