19 de octubre de 2021
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León

Periodista, abogado, Magíster en ciencia política, Magíster en derecho público, escritor, historiador y docente universitario.
4 de noviembre de 2016
Por Víctor Hugo Vallejo
Por Víctor Hugo Vallejo
Periodista, abogado, Magíster en ciencia política, Magíster en derecho público, escritor, historiador y docente universitario.
4 de noviembre de 2016

Víctor Hugo Vallejo

Victor Hugo VallejoLa vida, como siempre la concibió, se le acabó cuatro años antes de que le llegara la muerte, pues haberlo reducido a los pocos espacios de una vieja casa en el barrio Santafé, de mucho ruido y tráfico de lo que se quisiera afuera, había sido como someterlo a estar fuera del mundo en el que se movió, con la gente, con la conversación, con el intercambio de tantas cosas que aprendió en sus miles de miles de lecturas. La vida ya se le había ido, lo que le quedaba cuando el 16 de julio de 1976 su cerebro dejó de funcionar, era apenas un respirar, un hablar poco, un mirar sin muchos objetivos, un saber que ya todo estaba acabado.

En 1972 sufrió un accidente casero, de esos que se tienen por cualquier persona y que al final se convierten en calvarios constantes, en especial cuando se tienen muchos años en el cuerpo y el poeta ya los tenía, bien bebidos y bien fumados, a más de muy bien andados por tantos caminos por los que transcurrió una existencia dedicada a la creación y capaz de dejar una obra que a los 40 años de su desaparición física pervive y va a permanecer en la medida que la descubren los nuevos lectores, a quienes ya no les luce tan extraña, como si a los contemporáneos que al observar su lenguaje no pocas ocasiones se resistieron a que alguien pudiese hablar con palabras que se construían con las expresiones castellanas, pero que ya no eran parte del diccionario o nunca lo habían sido.

En este 2016 se le han rendido y se le siguen rindiendo homenajes que desafortunadamente han sido centralizados en Bogotá, como si no se tratatara de uno de los más grandes poetas que ha dado la Nación, sino de una figura local, cosa que nunca fue, pues si algo estuvo lejos de su manera de ser fue el provincianismo. Siempre quiso ser universal y por eso su lenguaje no estuvo ajeno al recorrido de los tiempos, pues con soltura, con sencillez, como algo sumamente simple, echaba mano del español antiguo, lo traía a sus tiempos y lo incorporaba en sus versos o acudía a la construcción de vocablos que no estaban en el idioma y hacía nuevas palabras con tal de poder expresar lo que pretendía en sus poemas. No tuvo límites en la expresión. Hizo uso libre y abierto de esa libertad que tienen los poetas con el lenguaje.

Sus poemas siguen estando allí, siguen siendo leídos. Las reediciones han dado pie a que las nuevas generaciones conozcan a un poeta universal que supo cantar no sólo para su tiempo, sino para todos los tiempos y que fue desde las expresiones de amor, de las que jamás podrán escapar los poetas, hasta las manifestaciones profundas de la filosofía.

Cuarenta años después de su muerte, León de Asís Bogislao de Greiff Hausler, que así llamaron a León de Greiff cuando llegó a este mundo el 22 de julio de 1895 en la ciudad de Medellín, en el seno de un hogar con precisos antecedentes nórdicos, por lo que lo que lo de vikingo nunca le fue ajeno, es digno de leerse, de repasarse, de apropiarse de muchas de sus expresiones que lograron ser de uso de muchos que ni siquiera sabían a quien correspondían. Su poesía logró tal universalidad que durante muchos años fue candidato al Nobel de Literatura, el que nunca le dieron y lo que nunca le importó, pues no estaba en su mapa vital el recibir honores, que por demás fueron muchos, ni premios. Escribía para vivir, para expresar lo que sentía, lo que pensaba, lo que se le ocurría, para pintar en vocablos la realidad que le correspondió.

La vanidad no estaba entre sus haberes. Por ello no fueron pocos los seudónimos que usó para dar a conocer sus obras, en especial cuando se desempeñó como empleado público, aunque nunca fue un contestatario, como Leo Legris o Gaspar de la Nuit, entre otros, en los que, por demás, no era extraño descubrir de inmediato al mismo León de Greiff de siempre, como que sus versos, la construcción de sus poemas y en especial el ritmo y la melodía de sus expresiones, seguía siendo el mismo. Para reconocerlo bastaba, y basta, conocer en detalle uno solo de sus poemas, para de ahí en adelante, cuando se le lea sin saber de quien se trata, se llegue a la conclusión de que estamos frente al mismo León de Greiff de siempre. Es el aporte fundamental a la poesía colombiana: el tener un lenguaje que no se pareció a ninguno otro. Fue diferente a todos y cantó las emociones de la mejor manera y puso a pensar a muchos que para entenderlo requerían de varias lecturas, antes de aventurarse a saber que era exactamente lo que quería decir.

Cuando tenía 20 años en Medellín creó el Grupo de los Pánidas, con 13 jóvenes intelectuales antioqueños, entre quienes se destacaban el filósofo Fernando González y el caricaturista genial que se quitó la vida en un orinal de un cafetín bogotano Ricardo Rendón. De Fue un despertar al mundo del pensamiento y del conocimiento en una región en la que el emprendimiento empresarial de alguna manera marcó el comienzo del siglo XX, sin que dicho elemento se haya perdido.

De Greiff desde siempre fue poeta, pero nunca abandonó la realidad de que para sobrevivir necesitaba de un trabajo con el que pudiese ganar el sustento diario primero de él solo y luego de su esposa y sus hijos. Leer a León y saber de los prosaicos trabajos que desempeñó, al cabo de los cuales obtuvo una modesta pensión que le permitió el ocio creativo, de alguna manera luce contradictorio.

Había estudiado un año en la Escuela de Minas de Medellín, de donde lo expulsaron en asocio con otros compañeros, por subversivo, que para entonces era simplemente pensar distinto a los demás o de pronto ser capaz de leer mucho. Luego pasó a la Universidad de Antioquia donde estudió Filosofía y Letras y más adelante estuvo un año en la Universidad Libre de Bogotá, estudiando Derecho, que debió parecerle demasiado tosco para su carácter de poeta. No hay nada más alejado del vocabulario de la poesía que el vocabulario rígido y a veces prosopopéyico del Derecho. No aguantó y se fue a las lecturas de siempre. Hasta ahí estaba bueno eso de la Universidad.

Un poeta de la sensibilidad de León de Greiff se ganó la vida como contador del Banco Central en Bogotá durante nueve años, estuvo un año como administrador de la obra de construcción del Ferrocarril Bolombolo la Pintada, jefe de estadísticas de la Dirección Departamental de Caminos de Antioquia, jefe de estadísticas de los Ferrocarriles Nacionales de Colombia, algunos cargos menores en el Ministerio de Educación, empleado de la Contraloría General de la República durante nueve años, gerente del equipo de Fútbol de la Universidad Nacional, secretario privado del General Rafael Uribe Uribe, todas labores ajenas a la sensibilidad de los poetas. La pensión le llegó a manera de jubileo y pudo disponer de todo su tiempo para hablar con los amigos, para leer y leer hasta el agotamiento, para escuchar siempre a los grandes clásicos de la música, pero en especial a quien fue su predilecto de siempre, el genial Tchaikovski, bajo cuyas notas se inspiraba mejor en sus expresiones verbales.

En 1925 fue fundador del denominado grupo de Los Nuevos, una generación de intelectuales que entregó a Colombia grandes frutos en todos los campos del saber. Allí estaban el gran Luis Vidales del eterno “Suenan timbres”, Alberto Lleras Camargo, un artesano virtuoso de la palabra y el mejor buen decir que ha dado la expresión oral en Colombia, el enorme poeta Rafael Maya y el extraordinario pensador, historiador, ensayista, literato, pero sobre todo maestro Germán Arciniegas, entre otros.

Su obra poética ya ha sido publicada en su totalidad, incluida la que dejó inédita que fue rescatada por sus hijos, quienes la revisaron, la editaron y la entregaron en lo que se ha constituido en la colección de “Mamotretos”, con un total de 9 libros, en los que se rescatan versos que se quedaron guardados en los desordenados cajones de sus escritorios. No era el orden la cualidad que asistiera a De Greiff, iba viviendo la vida sin que estuviese demasiado interesado en métodos cotidianos.

Entre sus libros, todos disponibles en diferentes ediciones, se encuentran: Tergiversaciones, Cuadernillo Poético, Libro de Signos, Variaciones alrededor de nada, Prosas de Gaspar, Semblanzas y Comentarios, Fárrago, Bárbara Charanga, Bajo el signo de Leo, Nova Ed Vetera, Libro de relatos y los 9 libros de Mamotretos.

De Greiff es para leer a cualquier hora, en cualquier sitio, con afán o sin afán. Para entenderlo despacio, para compartir sus palabras. Palabras como:

“Esta rosa fue testigo/ de ese, que si amor no fue; /ninguno otro amor sería. ¡Esta rosa fue testigo fue testigo/ de cuando te diste mía¡ El día, ya no lo sé/ -si lo sé, más no lo digo-./ Esta rosa fue testigo”. Versos que son de dominio público y que a lo mejor muchos ni siquiera saben quien los escribió.

O palabras como:

“No te me vas que apenas te me llegas,/ tuve ilusión de ensueño, densa, intensa flor viva.
Mi ardido corazón, para las siegas/ duro es y audaz…..para el dominio, blando…..
Mi ardido corazón a la deriva…/ No te me vas, apenas en llegando.
Si te me vas, si me fuiste… cuando/ regreses, volverás aún más lasciva/ y me hallarás, lascivo, te esperando…”

Para la poesía universal León de Greiff no se ha ido y no se irá jamás, porque construyó un lenguaje original que no se ha repetido hasta ahora y que si llegare a hacerse sería apenas una copia, de alguien que fue original hasta el extremo. Desde 1972 hasta 1976, cuando falleció, encontrado en la soledad de su habitación en ese triste barrio Santafé, en pleno centro de Bogotá, por su hijo Boris, uno de los más grandes ajedrecistas que ha tenido el país, permaneció en el aislamiento por él escogido, siempre pegado a su pipa de tabaco oscuro, con una copa de aguardiente calentando un poco su piel y escuchando la mejor música del mundo, tratando de anular los sórdidos sonidos que le llegaban de las cantinas del sector con las rancheras y los corridos de lamentos dolorosos, mientras los borrachos acariciaban las ajadas piernas de las muchachas de la vida no tan alegre. Nunca quiso salir del sector. Ya no tenía a donde ir. Estaba esperando a que la respiración se detuviera. Hay que leerlo de nuevo.