17 de mayo de 2021
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Las caras de EPM

29 de noviembre de 2016
Por Óscar Tulio Lizcano
Por Óscar Tulio Lizcano
29 de noviembre de 2016

Oscar Tulio Lizcano“Reconozco que EPM no es un mar de rosas y todos los días tengo que llegar a resolver problemas”. Lo dijo Jorge Londoño de la Cuesta, gerente general de EPM, quien respondió ante el debate de responsabilidades que viene realizando el Concejo de Medellín, un llamado al orden liderado de manera juiciosa por las concejalas Luz María Múnera y María Paulina Aguinaga. Ellas, con contundentes cifras, expusieron las situaciones que se ciernen en torno a esta importante entidad.

EPM tiene una deuda que creció dos billones de pesos en tan solo tres meses, lo cual es preocupante. Aguinaga, en una declaración entregada en días pasados en este diario, contó por ejemplo que “una hidroeléctrica en Panamá, que tenía un costo de 50 millones de dólares, terminó costando una astronómica cifra de 314 millones de dólares”. Ese proyecto arroja hoy una pérdida superior al 50 por ciento de la inversión.

Situaciones semejantes, seguramente, se irán revelando en el futuro, pese al lamentable show que están dando los altos ejecutivos de EPM para hacerles el quite a las críticas. A manera de sagaz interpretación han dicho que “nada ha pasado”, cuando las cifras son tozudas y dicen lo contrario.

La posición que asumen sus ejecutivos no es coherente. Manipulan cifras aunque salta a la vista la realidad de los balances e informes financieros que publica la entidad. Los he leído con juicio y evidentemente les conceden la razón a las concejalas.

La frase del gerente es ilustrativa: “todos los días llego a resolver problemas”. El asunto es que esos problemas no son de poca monta en una empresa que tiene 54 empresas subordinadas —20 en Colombia y 34 en el extranjero—, cubre un mercado de cerca de 30 millones de usuarios y es la empresa nacional, después de Ecopetrol, que mayores impuestos paga al fisco.

“EPM, más cerca del mundo”, dice con orgullo su publicidad, aunque los antioqueños la sentimos más lejos de nosotros. En Urabá, EPM tiene una filial cuyos resultados son un desastre: el agua no llega potable y los municipios se inundan por un deficiente alcantarillado. En Medellín 520 mil personas viven por debajo de la línea de pobreza, una cifra mínima de ellos puede acudir a los servicios, particularmente al agua que presta EPM.

La geógrafa Marcela López en su libro “Paisajes hídricos en disputa: agua, poder y fragmentación en Medellín”, advierte que el agua ha pasado de ser un bien público a convertirse en una mercancía que se suministra tan solo a quienes pueden pagarla”. Y también dice que “se ha demostrado que las empresas privadas, de forma sistemática, han dejado de suministrar servicios de acueducto equitativos y asequibles para las viviendas más pobres”.

Asistimos a un vergonzoso momento de una empresa apreciada por los antioqueños y orgullo para Colombia. Vergonzoso porque, como tituló un importante diario capitalino esta semana, “Muestran dos caras de la moneda en negocios extranjeros de EPM”. Lo que queremos es tener la única cara que conocíamos, la de una empresa que trabaja con coherencia sus propósitos de expansión, su responsabilidad social y su manejo público. El Colombiano.