28 de octubre de 2021
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La opinión de Rodrigo Pareja

30 de noviembre de 2016
Por Rodrigo Pareja
Por Rodrigo Pareja
30 de noviembre de 2016

Rodrigo ParejaQuien este miércoles (30 de noviembre)  queme siquiera un gramo de pólvora, en seguimiento de  la nefasta costumbre de  la insufrible alborada, es un descastado y no merece siquiera ser reconocido como habitante  de  Medellín o como un “paisa” solidario.

La capital antioqueña, en primer lugar, toda Colombia, surámerica y el mundo de fútbol, están sobrecogidos de  dolor por la inmensa tragedia que desapareció del mapa deportivo al equipo brasilero Chapecoense, un cuadro chico que se engrandeció en la copa Suramericana a la cual aspiraba con sobra de méritos.

El desolador ambiente que se registra en todos los ámbitos,  la tristeza infinita que se vuelve pesadilla con el paso de las horas, no permite que ningún ser humano intente siquiera recibir, como aquí se acostumbra en forma  nada civilizada, la época de navidad.

La salvaje costumbre, herencia maldita de  la peor era vivida por Medellín bajo la égida de los narcotraficantes, tiene que desaparecer de un pueblo que se dice culto y está luchando por reivindicar el nombre mancillado por tantos facinerosos.

Desgraciadamente a tan alto precio, Medellín tendría que aprovechar el negro crespón que la cubre, para decirle al mundo que hace mucho dejó de ser solamente violencia y droga; que los esfuerzos hechos por sus autoridades y habitantes para hacerla renacer en todos los aspectos, no ha sido en vano.

Luctuosa oportunidad para mostrarse ante el resto del planeta como una urbe civilizada, solidaria en la inmensa tristeza que sacude a todos sus habitantes y a todo el espectro del fútbol a escala mundial.

Que los ruidosos y coloridos objetos pírotécnicos queden esta vez convertidos en antorchas  que iluminen la gramilla del estadio “Atanasio Girardot”; que las papeletas, las pilas, los totes y las chispitas, sean más bien velas encendidas que desde allá, Desde  el infinito donde estén, los  jugadores del  Chapecoense, los miembros de su cuerpo técnico y los periodistas que estaban prestos a cubrir sus hazañas deportivas, las reconozcan como el sentido pero insuficiente homenaje que en este momento se les puede hacer.

Medellín y sus habitantes no pueden tener ahora un corazón de pedernal y una mente predispuesta al goce ruidoso de la tal alborada, salvaje espectáculo –si caso merece tal nombre — que debió haber desaparecido desde hace muchos años.

En esta hora de tristeza inmensa, apremian  y se imponen  la solidaridad, el acompañamiento a los aficionados de fútbol de todo el mundo; a las  familias de las víctimas que recibirán,  en cambio de  la conquista de laurel esperada, las flores marchitas de otra corona fúnebre que les llegará con los restos de sus seres amados. El aliento que los aficionados brindan cada semana con sus dos equipos locales, debe convertirse en este instante luctuoso en una fuerza arrolladora e invisible que ayude a todos a  superar el infausto trance. Mañana no habrá balón ni goles en el Atanasio: Tan solo luto, solidaridad y silencio.