27 de octubre de 2021
Directores
Orlando Cadavid Correa
Evelio Giraldo Ospina

El humor negro de Iáder Giraldo

5 de noviembre de 2016
5 de noviembre de 2016

el campanario

Por Orlando Cadavid Correa

Antes de emprender viaje, sin boleto de regreso, al mundo de lo insondable, desde el temido quirófano de una clínica capitalina, en la mañana del 22 de marzo de 1984, el sardónico periodista bogotano Iáder Giraldo dejó sentada su fama de ágil cronista que desparramaba altas dosis de punzante humor negro.

iader-giraldo-archivo-cromos
Iáder Giraldo. Imagen archivo Cromos.

Considerado por varias generaciones de reporteros como el tambor mayor de “Los Gorilas”, el privilegiado grupo que escoltaba periodísticamente al entonces presidente Guillermo León Valencia, poseía un olfato asombroso para detectar las chivas y en las tertulias de las noches de bohemia, con él a bordo, abundaban el gracejo bien picante, la fina ironía, la causticidad, la mordacidad y el tono burlón.

A una pregunta, según la cual, era cierto que le caía gordo (no le simpatizaba) su colega Juan Gossain, respondió: “El no es un genio, es una especie de Escalona, pero sin música”.

Otra consulta: ¿No le choca que lo confundan con el otro Giraldo (Hernando, el de Neira)? “No. Yo firmo mis artículos con mi nombre, sin el apellido”.

Iáder se divertía inventándole chistes a Darío Hoyos, el menos equipado, culturalmente hablando, del “gorilato” en tiempos del oficio a la Valenciana caucana.

Contaba una noche, en el Café Automático, que, (según “El pájaro” Hoyos) “el Manco de Lepanto no era don Miguel de Cervantes sino “don Miguel de Unamano”, en vez de Unamuno. Y que su colega era dueño de una “ignorancia enciclopédica”.

Soltaba este chascarrillo, en los paliques, cuando algún colega mencionaba al Ministro de Defensa, general Abraham Varón Valencia. “Ese alto mando es hijo de Blanca Barón y de padre desconocido”.

Venenoso a la hora de referirse a un sector femenino del periodismo de la gran capital, Iáder sostenía de manera socarrona que “no eran periodistas, ni eran reporteras… Eran reputeras”.

Solidario con un compañero de redacción de El Espectador al que el matrimonio lo llevaba por la calle de la amargura, Giraldo lo consolaba, diciéndole: “No te quejes tanto… Ten siempre presente que tu esposa es una mujer de hogar… de ‘hogar’ en cualquier río”.

En una mesa redonda, en la Javeriana, una estudiante le preguntó ¿qué fue lo mejor que le dejó su paso por el Partido Comunista? “Aprendí a hacer el mejor engrudo del mundo para pegar afiches”.

Se le atribuye a Iáder la autoría este famoso retruécano sobre el presidente Valencia: “Que se iba de cacería, a su coto de Paletará, y se le volaban los patos; que se iba a echar un discurso, en el homenaje al General Chales de Gaulle, y se le iban las patas, y que se iba de viernes cultural a la casa de lenocinio de Blanca Barón y se le iban las putas”.

Esta maroma suya la ponía en práctica a la hora de pagar la cuenta del viernes cultural, en “El Automático”: recibía el aporte en efectivo de cada uno de sus contertulios; se echaba la plata al bolsillo y le ordenaba a la mesera: “cariño, tráeme un vale, por favor”…

La apostilla:  Si viviera el “gorila” Iáder Giraldo, ya habría rematado una de sus columnas diciéndonos que Juan Manuel Santos es un presidente DEMAGAGO, en vez de demagogo.