17 de mayo de 2021
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El derecho a no estar vigentes

Fue director de Colprensa y ha sido corresponsal de Radio Francia Internacional y de la DW (Voz de Alemania).
7 de noviembre de 2016
Por Óscar Domínguez
Por Óscar Domínguez
Fue director de Colprensa y ha sido corresponsal de Radio Francia Internacional y de la DW (Voz de Alemania).
7 de noviembre de 2016

Óscar Domínguez

oscar dominguezLa pregunta se la hizo un periodista a su colega en el bullicio del supermercado, ese Vaticano de la sociedad de consumo: “¿Y vos todavía estás vigente?”.

La dama destinataria de la pregunta me contó que quedó de recoger con cuchara, anímicamente. Cuando me comentó el episodio le sugerí asilarse en agüita de valeriana y asumí las funciones de anímico “coach transaccional”, cualquier cosa que eso signifique:

”Mira, preguntas así no se le hacen ni al peor amigo ni al mejor enemigo. Pero tampoco es como para agotar las existencias de clínex”.

Y me lancé a dar “consejos” de esos que uno da pero no sigue:

Para empezar, ¿qué significa perder vigencia? Si implica no volver a ser invitados a eventos en los que hay que inventar sonrisas y hacerles genuflexiones a los del gajo de arriba, dar palmaditas lagartas en la espalda, inventar solidaridades, estar de acuerdo con el sagrado anfitrión, pensar una cosa y tener qué decir otra… bienvenidas esas ninguneadas.

Hay un momento en nuestra actividad, cualquiera que sea, en la que no tenemos amigos sino paracaidistas, logreros sin hígados que tratarán de sacar tajada de nuestro cuarto de hora de fama.

Si el amigo, la fuente, o tu tradicional interlocutor, no te volvió a pasar al teléfono, cambia de acera cuando te ve venir porque ya no tienes la sartén por el mango, no responde tus correos, ¿con amigos así, para qué enemigos?

García Márquez sentó la jurisprudencia (¿¡) de que sus amigos de verdad son los que tenía con anterioridad a la adjudicación del Nobel de Literatura. Eso es válido para quienes jamás nos ganaremos un Nobel ni un escueto chance.

Rico ir por la calle, anónimo como la sota de bastos, con todo el tiempo para leer gratis periódicos y revistas en los kioscos, darle de comer al ojo como cualquier discípulo aventajado de Don Abundio. Ejecutivos con estrés y salarios de miedo –distinto del salario del miedo- darían esta vida y la otra por meterse a una cinemateca a las once de la mañana.

Por carecer de vigencia, cualquier cosa que eso signifique, incluida la condición de jubiloso jubilado, por carecer de ella, digo, el sol no ha dejado de salir un solo día, ningún aguacero ha hecho huelga de gotas caídas, las bancas de los parques se han negado a acoger glúteos fatigados, ninguna mujer le ha negado un beso, una sonrisa, unos cuernos, un desdén, a su prójimo.

Muchas ventajas tiene el hecho de no estar vigentes, de ser anónimos suscriptores del directorio telefónico.

El estrés se va de vacaciones perpetuas, se recuperan kilos perdidos, vuelve a servir la ropa vieja y hay tiempo para despachar ese libro cuya lectura hemos aplazado setenta veces siete.

Lejos del protagonismo laboral se pueden entregar abrazos y besos nunca dados, escuchar boleros casi olvidados, escribir cartas refundidas porque había que rendir de sol a noche.

Además, ¡cómo desestresa saber que hay excompañeros de trabajo dedicados a triturar horarios, a levantar para los garbanzos!

Gracias a su majestad la no vigencia, ¿cuántos cocteles inútiles no nos hemos ahorrado, cuántos fulanos dejaron de utilizarnos, cuántas trasnochadas estériles no pasaron a mejor vida y fueron remplazadas por madrugadas fructíferas?

Más vale vivir la propia vida, así sea a solas, que vivir muchas vidas ajenas acompañado, le dije a la colega que provocó estas líneas. De paso me las repetí a mí mismo siguiendo el recetario de los antiguos: “Médico, cúrate a ti mismo”.

Todo esto válido, especialmente, en el caso de los periodistas a los que nos toca vivir tantas disneylandias sociales.

Cuando pasamos a la clandestinidad nos espera el bello –y difícil- reto de ser anónimos por convicción, en lugar de ser importantes por convención.

Una delicia, para los que nos hemos ganado la vida de aplastateclas opalabrotraficantes, escribir por amor al arte, sin el estrés de que nos publiquen. No hay delicia igual a garrapatear cibercuatillas por puro humor al arte. Imitemos a los pájaros que cantan y no se sientan entre el viento a esperar una orgía de aplausos.

Con la venia de mi ego, aspiro a ser el mismo despreocupado muchacho que tocaba el tambor en la banda de guerra de la escuela José Eusebio Caro, de Aranjuez, de donde soy egresado.

Mi amiga y yo quedamos de fundar algún día el sindicato de los no vigentes que tendrá, en principio, la siguiente divisa: La vida también es posible sin ser importantes. Al fin y al cabo, de anonimato nadie se muere. Se abren las inscripciones. Damas no pagan, buses a todos los barrios.  El sermón ha terminado.