17 de mayo de 2021
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Una guerra que los enamoró y los mató

3 de octubre de 2016
Por Óscar Tulio Lizcano
Por Óscar Tulio Lizcano
3 de octubre de 2016

Óscar Tulio Lizcano

Oscar Tulio Lizcano“John decía que él era capaz de irse caminando hasta Medellín. Ituango quedaba a ocho horas en bus. Hacíamos cosas de niños, soñar y jugar […] Con John se fueron los sueños de llegar a Medellín. La guerra lo enamoró y lo mató”. Así narró Dany Alejandro Hoyos —reconocido por su papel humorístico de Suso El Paspi—, la triste historia de uno de sus amigos de infancia, reclutado por la guerrilla y luego, cuando trató de desertar, ajusticiado por la misma.

Como a John, la guerra con las Farc “enamoró” a miles de colombianos. En muchos fue un amor ciego, motivado por la inequidad y la falta de oportunidades. Miles de jóvenes se incorporaron a las guerrillas —y también a los paramilitares—, creyendo en una vida fácil, pero encontraron un camino sin reversa en el que fugarse significaba el ajusticiamiento.

Por ello, lo que Dany expuso en ese recuento íntimo que hizo público hace unos días, refleja que este momento histórico también nos obliga a pensar en esas otras víctimas. No solo en las del secuestro, desaparición o desplazamiento, sino también en aquellas niñas y niños que fueron reclutados ingenuamente, buscando una vida mejor.

Es cierto que muchos padres, familias y amigos, no saben qué sucedió con seres queridos que se internaron, por voluntad o presión, en las entrañas de la guerrilla. ¿Podrían esas familias denunciar su desaparición? En muchos de esos casos siempre operó el temor a represalias, a pesar de que en muchos casos pasaron los años sin saber si su hijo fue asesinado en algún combate con el Ejército o la misma guerrilla lo ajustició.

En Años en silencio, mi libro testimonial tras los nueve años de secuestro por las Farc, narré el triste final de varios niños guerrilleros que intentaron fugarse. Al niño que llamaban Comidita le cortaron la cabeza; y a Cristian y Alexandra, dos hermanos que pretendieron escapar, los pusieron a escoger quien sería el primer fusilado frente al otro.

¿Acaso no son víctimas las madres de esos tres muchachos y las de los miles con historias semejantes? Recién me les fugué a las Farc, muchas madres me buscaron angustiadas. Con estricta prudencia y foto en mano, me preguntaban si había visto a sus muchachos. Incluso, hace poco, un padre de familia se me acercó en medio de la multitud para confesarme que estaba feliz porque por fin, después de quince años, iba para los Llanos del Yarí a encontrarse con su hijo.

La reconciliación nos obliga a pensar en la validez de ese otro amor de miles de padres y madres, que también sienten este acuerdo de paz como una oportunidad de conocer qué pasó con esos amores suyos que empuñaron las armas.

Escribo esta columna sin conocer el resultado del plebiscito y, de corazón, espero que también les haya sido favorable a esos colombianos que esperan que las Farc igualmente revelen el destino de sus combatientes desaparecidos, esos que eran esperados por alguien. Porque sus familias son también víctimas que requieren una repuesta por parte de las FARC que los reclutaron y quieren conocer la verdad de sus victimarios. El Colombiano.