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Dejaron sólo a Santos

10 de octubre de 2016
Por Juan Sebastián López Salazar
Por Juan Sebastián López Salazar
10 de octubre de 2016

Juan Sebastián López Salazar

juan-sebastian-salazar-defLas elecciones son una lotería, pues nadie sabe qué va a pasar hasta después del conteo de los votos. Allí no hay nada seguro. Tan es así que hemos visto como campañas de cientos de millones se han quemado ese día. Porque hay que decirlo: aquí las campañas políticas valen cientos e incluso miles de millones.

También hay que aceptar que aquí los votos se compran, ya sea por dinero o por diversos tipos de bienes, como una lechona, una teja, un par de ladrillos, unos guaros, un contrato, entre otros. El día de las votaciones los políticos transportan las personas para que voten en donde están inscritos y organizan grandes fiestas. Es toda una parranda democrática.

Hay que aclarar que, a diferencia de un Plebiscito, cuando se eligen personas hay beneficios directamente: llegar a un cargo y tener poder para realizar diversas actividades, incluso gobernar.

Entonces, para redondear la idea anterior, aquí en las elecciones se saca gente, se entrega plata, se reparte comida. Es toda una fiesta la democracia! Pero no lo fue así en el Plebiscito por el proceso de paz. Fueron unas elecciones que parecían un velorio: poca gente y poca actitud de democracia colombiana.

Fui a votar antes de las diez de la mañana. No había muchas personas en la calle como para pensar que era día de elecciones. Después caminé y Manizales estaba vacía. La gente no salió a votar. Hablé con unos amigos y les dije que el No iba a ganar, porque sus partidarios eran muy juiciosos votando y, además, contaban con el apoyo de la comunidad cristiana, cuyos integrantes van a orar y a votar el domingo que les toca hacerlo. Y así fue. Ganó el No, y en gran parte debido a ellos.

Se debe ser claro: Al proceso de paz le dijimos No. Que no más. El Acuerdo carece de legitimidad y no alcanzó a ser ley para producir efectos jurídicos. En caso de otro Acuerdo, tendrá que hacerse un plebiscito para refrendarlo y nada asegura que en ese plebiscito gane el Sí. Otra oportunidad que se ha ido para hacer la paz con la guerrilla.

Entiendo que desde el gobierno de Belisario Betancur, por allá en el año 1982, se están haciendo intentos por hacer la paz con las Farc. De esa época data el calificativo de “enemigos agazapados de la paz”, ideado por nuestro paisano, Otto Morales Benítez. Al principio se negaban a aceptar que tales enemigos existieran, pero con el genocidio a la UP no hubo nada más que decir. Virgilio Barco, aunque consiguió la reincorporación del M-19, tampoco pudo y menos Cesar Gaviria: las Farc se quedaron por fuera de la Constituyente de 1991. Ernesto Samper se dedicó todo el tiempo a defenderse frente el “proceso 8.000”. Vino Andrés Pastrana y entregó el Cagúan y no salió con nada, pero le abrió el camino a Álvaro Uribe, que en ocho años de gobierno tampoco hizo la paz, pero sí dejó siete millones de desplazados y cuatro mil asesinatos de Estado —como en las peores dictaduras del Cono Sur—. Y ahora Juan Manuel Santos, que firmó la paz en Cartagena con las Farc, pero a quien después le dijimos No en el Plebiscito.

Desde 1982 hasta la fecha: treinta y cuatro años intentando hacer la paz y nada que se puede. Y esta vez no se pudo porque no hubo voluntad política. Miremos.

Fueron unas elecciones muertas. Ni los mismos dirigentes políticos se desplazaron para votar. Nadie sacó busetas para transportar gente, no hubo lechonas, no hubo chirimías, no se repartieron billetes ni tejas. Nada. No fue la fiesta democrática que arman nuestros políticos, que hasta han pintado burros con sus logos. No vi los grandes caciques animando con su voto ni tomándose fotos con bebés mientras sufragan. La Unidad Nacional apoyó la paz desde las redes y los medios de comunicación, porque se veía bonito, pero no en las urnas. No le puso voluntad.

Sí, cierto, no era una elección para elegir a alguien, pero era la oportunidad de darle a los colombianos y a las futuras generaciones “una paz estable y duradera” y, al mismo tiempo, de quedar bien a nivel internacional. Esto valía más que cualquier beneficio personal, pero los políticos no lo hicieron.

Y es lo mismo que siempre ha pasado: no ha habido voluntad política. Nunca se ha tenido. El Presidente puede querer hacer la paz, pero los políticos y las élites no. Siempre se ha truncado por algún lado la paz, porque ha sido inconveniente para alguien o para muchos.

Los dirigentes políticos no salieron a votar, dejaron sólo a Santos. Toda la Unidad Nacional fracasó. Tampoco luchó por no fracasar.

Quisiera estar equivocado, pero esta oportunidad también se irá, porque la paz no conviene a cierto círculo. Estamos muy infiltrados de coca y rodeados de muertos por todos lados como para que se tenga que decir la verdad en un Tribunal. Y no podemos hacer una apertura democrática porque podrían llegar otras voces con otras propuestas y de pronto ocurirían cambios que afecten el círculo actual del poder.

Quienes siempre se han beneficiado con esta Colombia separada, inequitativa, corrupta, llena impunidad, hipócrita y rezandera, no permitirán que se haga un cambio que les afecte su estado de confort.

Y así lo seguiré pensado después de haber vivido esto. No fue culpa del colombiano de a pie que votó Sí o No. Fue culpa de la clase política y de las élites que, cuando vieron la paz encima, prefirieron no mover su poder para generar un cambio en el país.

Y es la misma fuerza que siempre se ha opuesto a las reformas liberales y progresistas que se han intentado a lo largo de nuestra historia. Porque nuestra historia es el fracaso y la eterna vuelta al fracaso de todas las reformas democráticas y progresistas que se han pretendido.

Ahora, después del Nobel, el Presidente adquiere un renombre mundial y se registra una revalorización de su imagen en el país. Entonces, debe acudir a la ciudadanía, a la llamada “sociedad civil”, a los colombianos de a pie, para que, con su fuerza —que ya a comienza a manifestarse, como o revelan las multitudinarias movilizaciones de los últimos días—, le ayuden a terminar el proceso de paz. No tiene otra posibilidad, porque ya vimos que el “Estado profundo” no desea hacer la paz. Parece no haber otra salida.