20 de abril de 2021
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34 años del Nobel de Gabo

25 de octubre de 2016
Por Juan Sebastián López Salazar
Por Juan Sebastián López Salazar
25 de octubre de 2016

Juan Sebastián López Salazar

juan-sebastian-salazar-defHace 34 años fue entregado a Gabriel García Márquez el Premio Nobel de literatura. En el discurso de premiación Gabo habló de “La soledad de América Latina” y de su imposibilidad de desarrollarse de manera autónoma. Quizá eso recordaría años después, mientras escribía El general en su laberinto, donde Bolívar pide que nos dejen vivir nuestra propia Edad Media.

En ese mismo discurso recordó al General Antonio López de Santa Anna, quien fue once veces presidente de México y que había perdido una pierna en la “Guerra de los pasteles”, donde se enfrentaron los mexicanos con los franceses debido a unos pasteles que no pagaron unos amigos del General Santa Anna en una pastelería francesa. Santa Anna le dio a su pierna un funeral del Estado.

Y de esas historias increíbles como la de Francisco El Hombre, quien llevaba las noticias de un pueblo a otro, las daba cantando y la gente lo oía con la esperanza de saber algo de sus seres queridos, y quien algún día tuvo que enfrentar al diablo en duelo de acordeones, donde Satanás amenazó con dejarnos en tinieblas para siempre, pero Francisco entonó mejor y nos salvó están llenas los libros de Gabo.

El mismo Gabo dijo que en sus libros estaba la historia de Colombia. Quizá esa sea una de las razones por las cuales contaba esas historias increíbles. ¿Acaso Colombia no lo es?

Lo es y siempre lo ha sido. La primera vez que se izó la bandera tricolor de la Gran Patria fue en una excursión del Generalísimo Francisco de Miranda en 1806, quien llegó a las costas venezolanas. Pero todo fue un fiasco. Antes de que llegara el Generalísimo (quien luchó en las tres revoluciones: norteamericana, francesa y de independencia de América), fue delatado y se regó un rumor sobre él: que, por ser masón, era brujo y tenía pacto con el diablo y venía de parte de Satanás a invadir las tierras del imperio católico. Hubo poca resistencia a la invasión y la gente huyó ante tan abominable demonio. Sólo unos presos que dejaron abandonados a su suerte en sus mazmorras y fueron liberados por el Generalísimo gritaron, ¡Viva el General Miranda!

Y tal vez por eso de creer en historias increíbles, los colombianos votaron No al plebiscito.

Pero volviendo a Gabo, nosotros los colombianos deberíamos celebrar sus fechas especiales. Es más, en cada hogar colombiano debería estar en un atrial Cien años de soledad, porque allí está nuestra historia, que la han llamado realismo mágico, pero que es nuestra historia.

El General Aureliano Buendía se levantó 32 veces contra el Estado, porque vio cómo su suegro del partido conservador cambiaba el resultado de las elecciones, quitándoles los votos a los liberales y dándoselos a los conservadores. Como cualquier Lleras Restrepo.

Sin dejar de hablar del General Aureliano quien lloró estando en el vientre de su madre, cuando le tocó firmar el Tratado de Neerlandia, tuvo que renunciar a su ideología. El pobre General ya no pudo pelear contra la diferencia de derechos entre los hijos de matrimonio y los hijos extramatrimoniales, tuvo que aceptar la titulación de la tierra y resignarse a que el matrimonio católico fuera igual al civil. Y a partir de allí terminaron los liberales y conservadores sólo diferenciándose en la hora de ir a misa. Pero el General Aureliano se salvó de ir al Congreso de la República y no lo tuvieron que asesinar a golpes de hachas y manoplas al costado oriental del mismo Capitolio Nacional un jueves, como aquel en el que murió Úrsula o el jueves en que murió Gabo.

¿Y acaso Gabo no describió a nuestros hombres cuando el anticlerical Coronel liberal Márquez le regaló a Amaranta un libro de oraciones?

Pero volvamos a nuestra historia que nos la cuenta Gabo y por eso es tan importante. También está en Cien años de soledad el episodio de las masacre en las bananeras, que vive en carne propia Aureliano Segundo ¿o es José Arcadio Segundo?, quien contó más de tres mil muertos que fueron arrojados al mar y, además, relata, como los medios, desde la lejana Capital, informaron otra cosa y  todo se fue callando. Por esa masacre fue que adquirió fama Jorge Eliecer Gaitán, quien fue el único en denunciarla y en pleno discurso le hicieron un tiro que le pasó por debajo del brazo. Un atentado por defender los derechos laborales y sociales, por los mismos que no querían al General Uribe Uribe, que firmó el tratado de Neerlandia y fue asesinado un jueves por dos “oscuros malhechores”, quienes se fueron enriqueciendo cada día más junto con sus esposas, mientras estaban en la cárcel, el famoso Panóptico Nacional. Y de allí, del mismo Panóptico, ocho años antes, salía una oscura caravana con todos sus presos rumbo a Barrocolorado, para fusilar a los cuatro individuos que, al igual que los que mataron a Uribe Uribe, “por interés propio”, le dispararon  a la carroza del General Reyes Prieto. Incluso, el mismo Roa que mató a Gaitán, también obró únicamente “por interés propio”. Todo sin salirse de la Carrera Séptima.

También nos cuenta Gabo en el Otoño del Patriarca como mi General Zacarías expulsa a los jesuitas y expropia los bienes a la iglesia católica, porque en El Vaticano no le declaran santa a su mamá doña Bendición Alvarado. Pero el General no se dejó y la declaró nuestra Santa por decreto: Santa Bendición Alvarado de los pájaros. Y fue aquí, en esta tierra, donde el General Tomás Cipriano de Mosquera también expulsó a los jesuitas y expropió bienes eclesiales a través de la Ley de «bienes de manos muertas», mientras tenía un romance tórrido con Susana Llamas.

Ese fue el trabajo de Gabo: contarnos a nosotros mismos cómo éramos y somos. Y hasta le dieron un Nobel por dicha tarea. Esa es la razón por la que Cien años de soledad merece estar en un atrial en las salas de todas nuestras casas. Por lo menos así lo mantengo yo.