6 de mayo de 2021
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Dudo, luego pienso, pienso, entonces voto

16 de septiembre de 2016
Por Hernando Salazar Patiño
Por Hernando Salazar Patiño
16 de septiembre de 2016

Hernando Salazar Patiño

Hernando Salazar PatiñoLos escritores Gustavo Páez Escobar y José Miguel Alzate, colaboradores de Eje 21, de cuyas afinidades humanas y literarias se podría elaborar un paralelo de similitudes sorpresivas y de obvias diferencias, tuvieron a bien enviarme los textos correspondientes al artículo del aranzacita, en el que hace pública su decisión por el Sí en el Plebiscito, y al acuse de recibo por parte del autor de origen boyacense, en el que manifiesta su complacencia porque “maduró su criterio” (sic), tras la hazaña de leer las 297 páginas del Acuerdo de La Habana.

Confieso que yo sí no he podido traer a esta columna, la serie de reflexiones que desde el comienzo, a medida que se desarrollaban los diálogos, de los que apenas nos daban a conocer un sí pero no para después un no pero sí de muchas cosas, declaraciones precipitadas, diplomáticas o de efecto político, con frecuencia contradictorias, y hasta amedrentamientos y amenazas, desde las voces del gobierno, y desde las de la guerrilla, frases burlonas, despectivas, ambiguas, de un “quizás, quizás, quizás”, según muchos, “de dientes para afuera”, para “hacer fieros” y darle gusto a la galería, es decir, a los medios.

Y es que no he logrado “madurar” el estilo objetivo, la distancia lúcida entre los polos de opinión enfrentados en un maniqueísmo paranoico, que condena  a los infiernos, tártaros o gehenas, a quienes expresan dudas o preguntas, encarcelándolos en cada estrechez mental en la que se divide hoy la política colombiana.

Ambos entusiasmos,  acríticos y apasionados, del vaso medio lleno y medio vacío, que va de un setenta por ciento negativo del preocupado pesimismo, hasta un  esperanzado optimismo del ochenta o noventa por ciento positivo, dejan entre sumatorias y restas, un mínimo diez por ciento inadmisible, insatisfactorio, concedible, o dadivoso, que puede tenerse como una merced innecesaria, un trago demasiado amargo, o la envenenada dosis para continuar enfermo el cuerpo social.

Mis problemas, mis dudas, mis insatisfacciones, son de carácter filosófico, axiológico para ser más exactos, a pesar de que he amado, he trabajado, he alimentado en otros y en mí mismo,  he visto, la esperanza, hasta en los territorios más desmoralizados y entre los seres más abatidos.

En glosas a los internautas insultados e insultadores, inquisidores y propagandistas, de ambos extremos, y en cartas personales, me he atrevido a dar miradas un poco hacia e el centro del espectro, a sabiendas de la dificultad de conseguirlo.

Hay motivos para votar el Sí, un poco exógenos a nosotros mismos, y razones para sumirse en la duda, muy interiores, muy de principios.

Durante 11 años visité los lugares de Colombia más heridos por la violencia ciega, a donde nadie iba por miedo o por desconfianza. A muchos de estos sitios, de la Colombia escondida, estigmatizada, humillada, dejada de la mano de Dios, varios casi vacíos por el desplazamiento y la desesperanza, pude compartir con las comunidades que quedaban, a las que acompañé al retorno definitivo, las que volvían a vivir allí,  o solo al regreso nostálgico y pesaroso, porque les quedaba muy poco o nada.

No he tenido tiempo de escribir, o tal vez, no he sido capaz, para expresar mis razones fundamentales basadas en el sagrado derecho de la vida, que queda disminuido por la banalización de la muerte (H. Arendt), y del Mal.

Y por la burla al Perdón, que se ha planteado unilateral, por parte de las víctimas, dándose en consecuencia una petición del mismo, tardío, politizado, mecánico, como mercancía de cambio, con el que se gana no la reconciliación consigo mismos, con la propia conciencia de haberse causado un mal, sino un rédito jugoso en poder, y lucrativo en dinero, sin el arrepentimiento no humillante, sino liberativo del «propósito de enmienda» sincero y creible, y sin la asumida sinrazón del daño cometido.

Y eso, solo para no referirme al otro principio fundamental. El de la Libertad de pensar distinto, de censurar o rechazar conductas moral e intelectualmente condenables. Desconocido durante esos 50 años, por parte y parte.

Lo demás, son juridicidades, cálculos políticos y electorales inmediatistas, y la aceptación ya total y sin quien la combata, o menos, la discuta, de un sistema económico neocapitalista que mantendrá la inequidad y en nada alterará el llamado Indice Gini.

O el conocimiento, es decir, el a sabiendas, de que el negocio del Narcotráfico se va a ceder, se tiene que ceder o endosar, pero ignoramos y no nos dirán a quiénes. La experiencia sangrienta demuestra que es imposible salirse de él, en cualquier eslabón de la cadena, sin graves consecuencias. Y eso que solo lo puede combatir con eficacia, quien lo conoce por dentro, quien ha hecho parte de él, con todos los riesgos.

Las reformas económicas, a debe, son una deuda del sistema mismo, desde los sesentas de la Cepal y el desarrollismo y de la necesidad de reformas agrarias planeadas a raíz de la Revolución Cubana. Descubrimiento del agua tibia, después de la negación de todas las oportunidades o el despojo de lo poco poseído.

Pero en síntesis,  es que el respeto al pensamiento ajeno y el odio inextinguible, excesivo, irracional, gratuito muchas veces, sigue más vivo que nunca y estimulado por los orientadores de opinión.

Y sobre todo, el concepto de Vida Humana,  en Colombia, que llegó al nivel más bajo y despreciado posible, queda en lo que está, y aunque se acuerda cambiarlo por conveniencia política y bajo los supuestos de modificarlo por parte de los que lo degradaron, a favor de las generaciones próximas y futuras, me consta, nos consta, que tantos años de quitarle valor a la vida de los colombianos, dejó unas lecciones terribles y un aprendizaje entre los jóvenes y los de nuestra generación, casi imposible de erradicar, y quizá, solo cuando sea también un negocio del que salgan gananciosos los que sobrevivan, la conducta del colombiano será más civilizada. Y más, si el dejar de matar, puede comprarse o venderse, sin significar amor y respeto a la vida.

 

Un abrazo,

 

Hernando