8 de mayo de 2021
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¿Desaparecieron los jefes conservadores?

15 de septiembre de 2016
Por César Montoya Ocampo
Por César Montoya Ocampo
15 de septiembre de 2016

cesar montoya

Es febril la actividad política.Los partidos están  colonizando cerebros, haciendo  pedagogías intensas para preparar el escrutinio nacional del 2 de octubre. Somos conscientes que en los últimos cien años no ha habido una decisión   de mayor trascendencia. Está en juego no la suerte de los ancianos, no la proyección de gastados emporios electorales, no el dominio de los soberbios que obstaculizan la renovación de las élites. Tenemos en nuestras  manos el porvenir de los hijos  y sus descendientes posteriores. Por  cerca de 60 años, solo hemos conocido el infierno de la violencia.

Es triste  que unos dirigentes  con el sol  muriente a sus espaldas, encanecidos y rabietas, sean ahora los que enturbien el futuro de la nación. Ellos nada saben de la vida trágica en las selvas,  no de la aflicción de soldados o guerrilleros. A esos críticos de papada rolliza,  les importa un higo que unos y otros, -los que  persiguen  en representación de la ley  y los que huyen-,  deambulen por cordilleras heladas, o abajo  donde el calor hierve la tierra, acosados por el  pavor, siempre en angustias de muerte,  caminando,caminando, en  movilidades extenuantes.  No saben lo que es pasar hambre,  dormir en el  fango rodeados de alimañas, soportar bajo el dosel de los árboles diluvios torrenciales. No conocen  el  dolor moral de quien maneja un fusil y tiene que matar a  un compatriota, hermano suyo.

Mucho  menos, esos expresidentes saloneros,  que se mueven  en  medio de un  ejército que los protegen en sus vidas. Qué van a saber de la zozobra  de los campesinos  de Nariño, Cauca, Chocó, Urabá, Casanare,Arauca, Guaviare, Santander, norte de Caldas  cuando fue funesta y terrorífica una tal Karina. Pobres labriegos   acosados por el estrépito de las  balas,  con sus bohíos en llamas,  asesinada su familia, incineradas sus viviendas y los que milagrosamente  sobrevivieron, salir como prófugos  a buscar escenarios de miseria.

Una política menuda  trata de apoderarse del  corazón  de los ingenuos.  No es la solidaridad social lo que anima  esas mentes  de falsos profetas, sino la elección del próximo presidente, y la composición del parlamento venidero. Para lograr esos objetivos, hacen terrorismo  verbal.Pintan paisajes de un negro profundo,  con un demonio tuerto, de boca torcida,transfigurada en soplete para   vomitar ráfagas de flamas.   Política revanchista,  de    venganza ciega. Detrás de esos sentimientos mortuorios, son otros los apetitos que los animan. No el país,  no la estabilidad de las instituciones,  no el porvenir de la patria. Se quieren embolsillar   el poder para retornar al mando,   restablecer la malhadada  reelección y el dominio pleno  para los desquites.

El grito de los colombianos es contundente. ¡No más guerra! Noble es la misión que nos incumbe y frenéticamente  debemos cumplirla, como lo están haciendo ¡loado sea Dios! todas las colectividades.

Menos el Conservatismo. En el Quindío, Risaralda y  Caldas, desapareció el Partido Conservador. No tiene jefes.  Murieron o están  agonizando, se jubilaron,  o son indolentes. En cambio, los enemigos de la paz  son  incansables predicadores  de  un evangelio de espanto.

Nosotros,  los conservadores, no tenemos guías,  no oímos voces de mando,  nadie  nos concita.Este, nuestro partido, es ahora un reducto de eunucos  impotentes. La única preocupación de la dirigencia azul  se centra en no perder la corbata de la Procuraduría y el nombre  de quien va a reemplazar  al señor Alejandro Ordóñez. En ese bajonazo de propósitos, quedamos estampillados como lagartos.

Jefes azules, de pacotilla, ¿ qué hacemos con la paz?

¡ Carajo ¡ que se defienda sola. Primero yantar, después filosofar…

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