17 de mayo de 2021
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Recuerdos de Anzoátegui.

9 de agosto de 2016
Por Víctor Zuluaga Gómez
Por Víctor Zuluaga Gómez
9 de agosto de 2016

Víctor Zuluaga

victor zuluagaRecuerdo que tenía ocho o diez años cuando en Anzoátegui, una pequeña población del norte del Tolima, la noticia corrió como pólvora, produciendo una conmoción inusitada. Hechos de violencia no eran extraños en una época en la cual liberales y conservadores eran enemigos acérrimos. Era un pueblo de unas inmensas mayorías conservadoras, de manera que se encontraban perfectamente señaladas las personas que se  identificaban como liberales. Una de ellas era don Francisco Villegas, un hombre entrado en años que tenía una pequeña tienda en la esquina occidental de la plaza en la cual se encuentra la iglesia del pueblo.

Los “pajaros”, a saber, matones conservadores que se dedicaban a desaparecer a sus rivales políticos, no eran extraños en el pueblo y todo el mundo hablaba que procedían del Valle del Cauca y en especial del Dovio.

Un día, uno de estos asesinos se ubicó en el extremo de la plaza, frente a la tienda de “Pachito” Villegas, desenfundó un revólver y por debajo de una pesada ruana le hizo varios disparos al viejo produciéndole la muerte de manera instantánea. Dicen que el autor fue un hombre de apellido Moncada, quien además había cometido otras fechorías en el pueblo. Nadie vio nada, la policía salió buscando al asesino por una calle solitaria, de acuerdo con las orientaciones dadas por el mismo Moncada.

Eran épocas de una cruda violencia partidista que cobró vidas a granel, como la de don Esteban Uribe, David Pinto y otros campesinos cuyos cadáveres llegaban al pueblo amarrados a lomo de unas mulas que se paseaban por todo el pueblo antes de ser llevados al cementerio.

Violencia y sangre que ojalá no volvamos presenciar porque de ello estamos hastiados quienes crecimos en medio de ella y de la cual muy poco conocimiento tienen las nuevas generaciones que han visto la historia por televisión. Porque una cosa piensa el campesino que se debe enrolar en el ejército a combatir y otra el hijo del burócrata bien pago a quien nunca le han presentado la violencia en el campo.

Recuerdo cómo, en un evento en donde coincidí con el antropólogo Luis Guillermo Vasco, despotricaba de los líderes indígenas del Cauca porque no habían asumido una posición beligerante frente al gobierno por el incumplimiento de unos acuerdos. El líder caucano, de una manera pausada le respondió al profesor universitario de la capital que era muy fácil hablar de guerra desde un cómodo escritorio bogotano, pero no desde el monte a donde tenían que acudir para evitar los estragos de las confrontaciones con el ejército y los paramilitares.