7 de mayo de 2021
Directores
Orlando Cadavid Correa
Evelio Giraldo Ospina

Monarquías por elección popular

14 de agosto de 2016
Por Jorge Emilio Sierra
Por Jorge Emilio Sierra
14 de agosto de 2016

Por: Jorge Emilio Sierra Montoya

Sierra Jorge EmilioHillary Clinton, que va rumbo a la Casa Blanca por el partido “demócrata”, es la esposa de Bill Clinton, quien estuvo allí durante sus dos mandatos presidenciales, despachando en la oficina oval, como bien lo recuerda su amiga Mónica Lewinski. Ambos, muy unidos, están ahora en campaña, dispuestos a recuperar lo que es suyo. Algo, por cierto, bastante común en Estados Unidos, cuya democracia es modelo por excelencia en el mundo.

Baste, para no ir muy lejos, citar otro caso: George Bush fue presidente de la república, como lo fue su hijo, llamado George W. Bush para variar, y hace poco Jeb, hermano de éste (hijo, por tanto, del mismo padre), aspiraba a la primera magistratura, pero la aplanadora de Trump se lo impidió. Y ni para qué hablar de los Kennedy, que son cuento aparte.

En nuestra América Latina, las cosas no son distintas. Al contrario, los ejemplos en tal sentido abundan.

Comencemos por Argentina, en orden alfabético. Los Kirchner son otra dinastía, con marido y mujer en la presidencia (Néstor, fallecido, y Cristina, vencida en su afán reeleccionista), dinastía que, si bien pudo haber llegado a feliz término, falta por verse si no resurge como lo hizo Perón con su esposa Isabelita, heredera del caudal político de él y de Evita, primera dama hasta su muerte. “Todo queda en familia”, según suele decirse.

Cuba, a su turno, tiene hoy como presidente (?) a Raúl Castro, quien recibió el poder de su hermano Fidel, el mismo que gobernó al país, con mano firme, durante medio siglo, desde su histórica revolución comunista hasta hace muy poco, todo ello en nombre del pueblo. Es ésta, sin duda, la perpetuación en el poder, según enseña “El Príncipe” de Maquiavelo. ¿O será una dictadura?

En Nicaragua, por lo visto, siguen los pasos a los hermanos Castro, pues el actual presidente, Daniel Ortega, aspira a ser reelecto por enésima vez, sólo que en esta ocasión su fórmula vicepresidencial es su esposa Rosario, insatisfecha por ser todavía primera dama. “¡La familia al poder!” es la consigna, por siempre.

En Perú, tierra sagrada del imperio inca que luego fue invadida por la corona española, la hija del ex presidente Alberto Fujimori (él paga una condena por sus delitos), estuvo a punto de triunfar en los pasados comicios presidenciales, con lo que su padre habría recuperado acaso su enorme prestigio de antes… y hasta su libertad, cabe suponer. Por la familia hay que hacer lo que sea, ya sabemos.

Y en Colombia, ¿qué? Batimos todos los récords, a mucho honor. Tres miembros de la Casa Ospina fueron presidentes: Mariano Ospina Rodríguez, fundador del Partido Conservador; el General Pedro Nel Ospina, en los gloriosos años veinte, y Mariano Ospina Pérez, cuando “El Bogotazo”. Los Lleras, por su lado, no se quedan atrás: cero y van dos en la presidencia, con Alberto Lleras Camargo y Carlos Lleras Restrepo, que eran primos, mientras el tercero, Germán Vargas Lleras, nieto de Carlos, está haciendo fila.

Guillermo León Valencia, que fue el segundo presidente del Frente Nacional, era hijo de Guillermo Valencia, el poeta derrotado en las elecciones que llevaron al inicio de la República Liberal en 1930, mientras Laureano Gómez, que gobernó en los 50, esperó infructuosamente que su hijo Álvaro lo sucediera en el cargo, propósito que sí alcanzó, con alegría desbordante, Misael Pastrana Borrero por medio de su hijo Andrés, a quien todos conocemos.

La tradición no se pierde, como tampoco la familia: César Gaviria Trujillo, que no ha pertenecido a esas castas, podría perpetuarse si su hijo Simón se lanza como candidato presidencial junto a Clara López Obregón, sobrina de Alfonso López Michelsen, el presidente que fue hijo de presidente: Alfonso López Pumarejo. Entre nosotros, pues, hay políticos de sangre azul (conservadores), roja (liberales) y amarilla (del Polo Democrático), en homenaje a la bandera nacional.

Mencionemos, por último, al presidente Juan Manuel Santos, cuyo tío-abuelo, Eduardo Santos, lo precedió como jefe del Estado hace varias décadas, si bien sus nobles ancestros se remontan hasta la época de Independencia, nada menos que con la heroína Antonia Santos. Santismo a la lata, mejor dicho.

Lo anterior nada tiene de malo, se dirá. Al fin y al cabo unos y otros son elegidos por mayoritario respaldo popular en las urnas, con excepción de Cuba. Se trataría, en fin, de un hecho democrático que todos debemos acatar. Pero, ¿eso sí es democracia? ¿O es más bien una forma de nepotismo, donde el poder político se pone al servicio de unas cuantas dinastías, las cuales lo manejan como si fuera suyo, de su exclusiva propiedad? ¿O nuestro sistema político democrático es una monarquía por elección popular?

Ustedes, apreciados lectores, tienen la palabra.