1 de marzo de 2021
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Los narcisos

4 de agosto de 2016
Por César Montoya Ocampo
Por César Montoya Ocampo
4 de agosto de 2016

cesar montoya

Jorge Mario Eastman es un narciso.  En el altar de las egolatrías está él,-solo- con su estampa de adonis, con su ostentoso pasado político, con los paraísos sentimentales que degustó a plenitud. Mira en un pozo azulíneo su imagen móvil. Es la cabellera que se deshoja en remolinos, la frente amplia y pensativa, es su mirada aguda y también el mentón firme  de personaje importante. Descubre en el mapamundi de su cerebro, acopios de hazañas memorables. A este narciso le faltó subir una sola grada para ser un expresidente de Colombia. La vida lo acorraló deliciosamente de honores merecidos. Tuvo vuelo de águila.

Augusto León Restrepo es un narciso. Es un gigante físico, de piernas largas y brazos generosos para los apretones, testa progresivamente despoblada y ojos de glotón, arrullado por las musas que lo miman para permitirle lascivos partos poéticos. Su mundo discurre entre nubes impalpables, fabricando siempre catedrales de palabras. Solo un enfermo de amor puede escribir : “Y tu eres la carne y el espíritu./ Desde el corto cabello/ que redondea tu cabeza agreste,/ hasta las mas voluptuosas honduras de tu cuerpo,/tu eres la carne y el espíritu”.

Otto Aristizábal es un narciso. Su caminar fruncido de seminarista claudicante, parece copiado a los dioses del olimpo. Acosa los oídos de sus amigos con la proeza de haber sido, todavía púber,  el alcalde del centenario de su patria chica, Pensilvania. Se regodea con su voz sonora para el teatro, recita con sabrosa fruición para darle representación emotiva a los versos de Barba Jacob y Arias Trujillo. Con su énfasis pegajoso, con  los diapasones musicales de su garganta, es un Petronio para los romances.

El autor de estas líneas también es un narciso. Encontró el lado  combo de la vida para paladearla. Busca en los riachuelos  ¡masoquista que es uno! su efigie severa, castigada por los almanaques. Sentado sobre una piedra, persiguiendo su rostro en el espejo del agua, ve desfilar ayeres de rumba, faldas complacientes, tribunas con micrófonos, derrotas en serie y  escasos  resplandores de gloria.  Es inmune a los elogios y las diatribas.Su historia aflictiva surge,en el imperceptible movimiento de las olas, como un  arsenal de nostalgias.

Alberto Ángel Montoya plasmó en el poema “Éramos tres los caballeros” una sinopsis de lo que fue el errátil mundo de estos tarambanas. “Éramos tres los caballeros. Uno/ amaba el juego y la mujer,(Aristizábal).El otro/ amaba la mujer y amaba el vino/. (Eastman y Restrepo). Yo amaba el vino, la mujer y el juego”. (Montoya).

Los cuatro,bohemios y románticos. Restrepo tiene en su confortable apartamento de Bogotá un espacio reservado para los alcoholes, que jocosamente llamamos “la cantina”.El mecenas luce allí incontables fotografías con protagonistas del quehacer nacional. Mariano Ospina Pérez,Guillermo León Valencia,  Misael Pastrana, Belisario Betancur, J. Emilio Valderrama, Omar Yepes, Efrén Orozco Duque, Guillermo  Botero, Rodrigo Ramírez Cardona, Luis Ocampo Londoño, y un centenar de personajes más, casi todos en la eternidad. Obviamente en esos retablos está Restrepo, con risa kilométrica y semblante de felicidad. Además en esa buhardilla de encanto, hay tangos para arañar recuerdos.

Los cuatro caballeros somos oradores que desplumamos el diccionario cuando creemos,por los nepentes, estar en un balcón. Eastman gongorino, Restrepo maicero, críptico Aristizábal, Montoya de entonación lujuriosa. Conformamos una pandilla de intelectuales picudos.

Es tan largo el recorrido,que podríamos escribir una enciclopedia sobre nuestras travesuras quijotescas. Pontificar como Neruda: “Confieso que he vivido”.

Esos largos y accidentados periplos los clausura Ángel Montoya : “Éramos tres los caballeros…Nadie/ comprenderá jamás nuestra tristeza”.

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