18 de enero de 2022
Directores
Orlando Cadavid Correa
Evelio Giraldo Ospina

Hay que votar el plebiscito

1 de agosto de 2016
Por Juan Sebastián López Salazar
Por Juan Sebastián López Salazar
1 de agosto de 2016

Juan Sebastián López Salazar

Juan Sebastián López SalazarAún no se conoce el cuerpo de la Sentencia C-379 de 2016 de la Corte Constitucional que declaró exequible el Plebiscito para la refrendación del Proceso de Paz que se realiza en la Habana, Cuba. Pero se entiende que es una decisión razonable, ya que la regulación del Plebiscito es de orden legal, Ley 134 de 1994, por lo cual otra ley podría modificarlo sin crear una alteración constitucional.

Que los colombianos podamos votar si estamos de acuerdo o no con una decisión que toma el Ejecutivo es un gran paso en pro de un mayor desarrollo democrático. Asimismo, es muy interesante la posibilidad que se presenta en Ibagué, donde votarán si quieren que en su municipio se haga o no minería a cielo abierto. Todo en concordancia con la autonomía municipal, que es mandato constitucional, pero que ha sido afectado y disminuido con el desarrollo legal (la expedición de leyes).

Uribe intentó modificar la Constitución a través de un referendo en el año 2003, pero este no alcanzó el objetivo de la participación popular. Afortunadamente, dirán algunos. Otros antecedentes que se han dado en desarrollo de la democracia han sido la elección popular de alcaldes, que data de 1986, y de gobernadores con la Constitución del 91. Y, por supuesto, la Asamblea Constituyente de 1991, aunque con una pobre participación democrática del 25 % del censo electoral.

Y de allí pasamos a uno de los eventos que marcó la política en el Siglo XX de Colombia, el Plebiscito de 1957, donde hubo una participación del 75 % del censo electoral para ese momento, y se avaló el famoso Frente Nacional (producto de otro proceso de paz).

Del Plebiscito de 1957 se debe recordar lo siguiente: que fue la primera ocasión en que las mujeres ejercieron su derecho al voto; y que el artículo uno preguntaba a los sufragantes si estaban de acuerdo o no, con que las mujeres tuvieran los mismos derechos civiles que los hombres. La persona que votara sí a la igualdad de derechos civiles, también le estaba diciendo sí al Frente Nacional. Todo en el mismo “combo”.

Y aterrizando al Plebiscito de 2016, la Presidenta de la Corte Constitucional dijo que era vinculante. Obviamente, porque ¿qué gracia tendría si no lo fuera? Sería algo así como el concurso de méritos que se hizo para seleccionar al Fiscal General de la Nación y se terminó eligiendo, finalmente, al Dr. Néstor Humberto Martínez. Entonces, si gana el sí en el Plebiscito, seguramente se aprobarán las reformas pactadas en la Habana, pues, en caso de no hacerlo, se alegaría que las autoridades estatales estarían desconociendo el mandato popular.

Y el Proceso de Paz es el debate nacional más grande de los últimos tiempos. Incluso mayor que el debate en torno a la segunda reelección de Uribe, que se hundió en la Corte Constitucional. La aprobación de los acuerdos de la Habana es algo histórico, y se nos está dando la oportunidad a los ciudadanos, a nosotros, para que decidamos si estamos de acuerdo o no con lo convenido allí.

Aun no se sabe si la oposición, es decir, el uribismo, va a votar o se va a abstener. Debería votar por el no. Esta también es su gran oportunidad en las urnas, pues, de alzarse con la victoria, tomaría la vocería del proceso de paz de acuerdo con su visión y la guerrilla tendría que renegociar o volver al monte. Cualquiera de las dos opciones es buena para el uribismo: un proceso hecho por ellos o el fin del cese de hostilidades y volver a la guerra. Y, seguro, con unas buenas alianzas, tendría mayorías en el Congreso y muchas posibilidades de poner presidente.

El Gobierno, en caso de ganar, gozaría de plena legitimidad para implementar lo pactado, y la guerrilla sentiría un apoyo a su participación en política y reintegración a la vida civil. Sería su primera victoria democrática. Ni más ni menos. Entonces llegarían voces al Congreso que allí, en estos momentos, no se oyen. Es un hecho que no se puede ignorar y que es de una gran importancia histórica.

Por otro lado, estamos los colombianos, los que vamos a ir a las urnas, que vamos a tener nuestro derecho a decidir sobre el cambio que tendrá el país: si se quiere que el desarrollo de la vida nacional en los próximos años se base en esos acuerdos de paz.

Y lo más importante —que es el regalo que nos hace la democracia— es que si votamos la mayoría de colombianos, estaríamos dando un trascendente paso más a la integración como nación, pues, sin entrar a valorarlo de fondo, debe aceptarse que el Plebiscito de 1957 nos dio estabilidad en ese sentido, pero no la suficiente para una democracia sólida. Y ahora, el Plebiscito de 2016, nos puede unir, en caso de votar abrumadoramente, en torno a seguir anclados en lo que se pactó en el año 57 del siglo pasado (el no), o de abrir mucho más la democracia (el sí), que se abona cuando los ciudadanos y las ideologías políticas que existen en un país van a las urnas en igualdad de condiciones.

Porque lo que le faltó a la Constitución del 91 —que como ha dicho Humberto De la Calle, es una carta de paz, como igual piensa la Corte Constitucional— fue la participación popular: que el pueblo la sintiera suya (lo que ha hecho un poco la acción de tutela). Por ello, el Plebiscito y el proceso de paz no sustituyen la Constitución, sino todo lo contrario, porque buscan que esta carta de paz cubra más a las personas y el territorio que conforman Colombia y, a su vez, pueden ayudar a que esa relativa carencia de legitimidad de la que goza nuestra Carta Magna sea superada.

Por todo ello, hay que votar el Plebiscito, independiente de la preferencia que se tenga.

@juanselopezs