15 de mayo de 2021
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Entonces, ¿que a la paz se la lleve el diablo?

8 de agosto de 2016
Por Óscar Tulio Lizcano
Por Óscar Tulio Lizcano
8 de agosto de 2016

Óscar Tulio Lizcano

Oscar Tulio LizcanoAunque buena parte del país tiene bastante claro que la negociación de paz con las Farc se debatirá en las urnas mediante un plebiscito, todavía ni conocemos la fecha para este y, lo más preocupante, tampoco hay un amplio conocimiento ciudadano de lo pactado en La Habana. Es claro que los tiempos para gestionar esa consulta están muy apretados, lo que desde ahora plantea una atípica jornada electoral.

Sin embargo, el pulso del país, en redes sociales, conversaciones cotidianas y debates políticos, se empieza a medir por el “sí” o “no”. Y aunque hay acaloradas discusiones, muchos colombianos siguen sin tener claridad sobre lo acordado, y tampoco parece haber una pedagogía fuerte para que el voto sea fundado en el conocimiento. Así que con el plebiscito nos vamos, como dice el argot campesino, “a espuela ventiada”, con posiciones antagónicas que, absurdamente, van a sacrificar la oportunidad de parar este conflicto.

Es una coyuntura única que el país no ha visto en siglos. Tanto los argumentos por el “sí”, como los argumentos por el “no”, están liderados por dos de los protagonistas más importantes de la historia reciente del país: Juan Manuel Santos y Álvaro Uribe, respectivamente. Erráticamente, la decisión de los colombianos parece centrarse en ellos, los personajes, y no propiamente en el significado de la paz.

Unos nos movemos por el “sí” —para ver una paz pronta y duradera—, impulsados por los partidos que respaldan al presidente Santos y que tienen en esa apuesta la sana intención de lograr el fin del conflicto con las Farc, algo que otros mandatarios no lograron. En la otra orilla están quienes promueven el “no”. Algunos justifican su negativa, no por los acuerdos de paz, sino por su descontento frente al Gobierno y el manejo de asuntos económicos y sociales. Otros manifiestan con el “no” su radical simpatía al expresidente Uribe. Y otros, más enterados, consideran que algunos de los acuerdos de La Habana no ofrecen una paz duradera.

En Guatemala, en 1996, una consulta popular refrendó los acuerdos entre el gobierno y la Unidad Revolucionaria Nacional Guatelmateca —URNG— para terminar un conflicto de tres décadas. Se dio, sin embargo, una abstención del 80 por ciento. El 44 por ciento votó “si”, y el 55 votó “no”. Aunque falló la pedagogía no había un momento tan polarizado como en Colombia hoy, y se logró finalmente la paz. De otra parte, hay experiencias como las de El Salvador, Nicaragua, Irlanda, Sudáfrica, Bosnia, Nepal y Filipinas, donde también lograron terminar sus conflictos, algunos sin cerrarlos perfectamente, pero optando por mecanismos de refrendación y otros de acuerdos políticos.

Lo grave es que la tergiversación en lo que se está consultando es un riesgo que puede tener un alto costo para Colombia. El acuerdo sigue sin blindarse de las antagónicas posiciones y, gane quien gane, parece que vamos a terminar peor de divididos que en la guerra. Mientras tanto, otros grupos al margen de la ley pescan en río revuelto y, entonces, a la paz se la está llevando el diablo. El Colombiano.