26 de enero de 2022
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¿Y llegó la paz?

2 de julio de 2016
Por Hernando Arango Monedero
Por Hernando Arango Monedero
2 de julio de 2016

Hernando Arango Monedero

hernando arango“¡Oh gloria inmarcesible! ¡Oh júbilo inmortal!”. Los colombianos, al menos una gran cantidad de ellos, jubilosos entonaron el Himno Nacional ante la firma de un “Acuerdo de cese al fuego bilateral” firmado en la Habana entre el jefe guerrillero Timochenco y el Presidente Santos y con el que, de conformidad con lo que allí se manifestó, se acabó la guerra, llegó la paz.

Este acto estuvo acompañado por muchas personalidades, entre ellas: la de la Presidente de Chile, el Secretario General de la ONU, representantes de los países garantes y observadores del proceso y, para terminar, engalanado por dos adalides de la democracia en el continente, los señores Castro y Maduro, quienes pusieron el sello de oro a lo que allí se firmó. Pero: ¿Qué fue lo que se firmó?

Si: ¿Qué fue lo que se firmó? Esta pregunta me la vengo haciendo después de que se anunció la llegada de la paz para este martirizado país. Y esa impresión primera se me ha ido diluyendo poco a poco, hasta acabar en una frustración para ese ánimo que en principio me invadió. Y no puede ser de otra manera, porque lo que se firmó no fue la paz, sino el cese “bilateral” del fuego, lo que no es otra cosa que la determinación que tomó el Estado colombiano de no dispar más a los integrantes de las FARC. Y digo que fue únicamente la determinación del Estado colombiano de no disparar más a los integrantes de las FARC, puesto que desde antes las FARC habían decidido “no disparar más”, en lo que llamaron cese unilateral del fuego. Y, con ese cese unilateral del fuego decidido por las FARC, ya unos meses atrás, los asesinatos y otras manifestaciones de esa guerrilla disminuyeron ostensiblemente, reduciéndose a lo que llamaron manifestaciones aisladas de algunos reticentes a obedecer órdenes en los diferentes frentes. Desde luego que algunos francotiradores en algunos lugares de la patria ensayaban su puntería y hacían presencia ante los integrantes del Ejército y la Policía. Estos pecadillos pasaron sin respuesta del Estado, tal como debió darse. Las extorsiones siguieron como parte del accionar de las cuadrillas de facinerosos.

Igualmente, el narcotráfico continuó su marcha. Y así también el Estado colombiano apagó su aparto contrainsurgente y cesaron la búsqueda de los campamentos. Igualmente, los bombardeos también fueron suspendidos y todo en “respeto” a lo que impuso la FARC y a algo que no se había acordado aún por parte del Gobierno.

Ahora, al cabo de las mil y quinientas, y de mil aspavientos, se montó un acto rimbombante en la Habana, para firmar el famoso “Acuerdo Bilateral de Cese al Fuego”. Acuerdo este que poco trabajo le costó al gobierno firmar, al final de cuentas ya lo estaba ejecutando, con lo que faltó al deber de perseguir a los maleantes, tal como se lo ordenan las leyes. Y aquí, analizando lo que en ese acto se protocolizó, me encuentro que quien cedió algo, no fue la guerrilla, No! Fue el Estado colombiano quien cedió al querer de los insurgentes. Cedió en su deber de contenerlos. Bueno, decimos que principio tienen las cosas y la búsqueda de la paz. Siempre acabamos resignándonos a lo que resulte y así seguiremos.

Ahora, luego de que sabemos que nada está acordado hasta que todo esté acordado, seguiremos las negociaciones para oír que más piden los jefes de las FARC y concedérselos. Al fin y al cabo eso venimos haciendo y eso continuaremos haciendo. Ya el alcalde de Cali nos indicó que debemos pedirles perdón a quienes integraron las FARC, pues no les dimos oportunidades de ser otra cosa, y eso acabaremos haciendo. Tenemos que transar, porque la paz es un bien superior. Y en las transacciones ya nos avisó el doctor De La Calle, que pagarán penas los que ordenaron ataques, secuestros, atentados terroristas, narcotraficaron y realizaron los demás actos delictivos y tropelías, porque ellos fueron, sin más y sin menos, actos altruistas en procura de sus ideales. Al final, todos podrán ir al Congreso y demás cargos de elección popular, pues sus delitos serán conexos con el delito político, en virtud de la resignación y transacción que debemos dar como aporte a la paz.

Lo cierto es que, para rematar, lo que queda de lección para quienes deseen subvertir el orden, tomarse el poder, cambiar la Constitución, es que el fin, cualquiera que él sea, sí justifica los medios. Ya veremos, un poco más adelante, que habrá quienes, con fundamento en lo habido ahora, podrán demandar igual tratamiento, esgrimiendo la igualdad ante la ley y, porque a igual razón, igual disposición.
Manizales, junio29 de 2016.