22 de enero de 2022
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Una guerra para siempre

11 de julio de 2016
Por Óscar Tulio Lizcano
Por Óscar Tulio Lizcano
11 de julio de 2016

Óscar Tulio Lizcano

Oscar Tulio Lizcano“Viejo, el dinero que recaudamos los frentes de este Bloque no nos alcanza para financiar la guerra en Antioquia, Chocó ni Caldas”. La declaración —que se refería al Bloque José Maria Córdova de las Farc, hoy conocido como el Iván Ríos—, se la escuché durante mi secuestro a Fardey, el segundo guerrillero al mando del Frente Aurelio Rodríguez, también hermano de la famosa y cruel guerrillera Karina.

“Esta guerra con ese ‘paraco’ de Uribe nos está saliendo muy costosa”, afirmó también el guerrillero, quien explicó que hasta tenían que ayudarse con dineros provenientes de los frentes del sur del país. Fardey era el segundo al mando de Rubín Morro, comandante del estado central de las Farc que hoy se encuentra en la mesa de negociación de La Habana.

Esas frases que le escuché hace unos años a Fardey, permiten ahora dimensionar el anuncio del frente primero de las Farc, que decidió no acogerse a lo pactado en La Habana. Opera en la zona más estratégica para el cultivo y tráfico de coca: Putumayo, Meta, Vichada y Guaviare —y zonas limítrofes con Venezuela—. Su rango de acción conforma una ruta clave para el tráfico de coca.

Es evidente entonces —como lo decía Fardey— que la mayoría de los frentes de las Farc, e incluso el Secretariado —según afirma inteligencia militar—, se sostenían con el dinero que les enviaban sus guerrilleros que trafican en el sur del país. Iván Márquez y Pastor Álape han sostenido públicamente que hace años no reciben ingresos, por lo menos en el tiempo que llevan negociando el fin del conflicto.

Y uno podría pensar que dicen la verdad, que sus camaradas dejaron de girarles y que sus ahorros se lo han gastado en el sostenimiento de los otros frentes. Pero no, posiblemente de allí surge la explicación del por qué la extorsión se incrementó. Y si el panorama es así, es muy difícil creer que acatarán la orden de Timonchenko de no seguir extorsionando.

El diario El Tiempo afirmó esta semana que en otras negociaciones de conflictos del mundo, es normal que un porcentaje de combatientes decida no seguir lo pactado. Según señala el artículo, tres de cada 10 personas no entregan las armas. En Colombia, sin embargo, hay condiciones que muy posiblemente incrementen ese número: somos un país productor de coca; hay un gran boom de la minería ilegal; las terribles Bacrim necesitan gente entrenada e indolente; y el ELN, pese a las ofertas de diálogo del Gobierno, sabe que muchos exguerrilleros de las Farc decidirán portar su brazalete. No en vano sus últimas acciones contra militares, que evidencian su interés por adueñarse de zonas antiguamente de las Farc.

Estamos abocados a una temible amenaza. Y de agudizarse esta absurda polarización política en el país, será más grave aún. Estado y empresarios son claves para contrarrestar eso, pues si el plebiscito no tiene un apoyo amplio y si los gobiernos venideros no cumplen con lo pactado, lo hecho por Santos y el fin del conflicto, serán apenas un sueño incumplido, la ruta de una guerra para siempre. El Colombiano.