25 de enero de 2022
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Una clínica de pasiones humanas

5 de julio de 2016
5 de julio de 2016

el campanario

Por Orlando Cadavid Correa

Volver sobre las páginas del bello clásico ‘La canción del caminante’, del irrepetible Silvio Villegas (1902-1972), es uno de los ejercicios más fascinantes para los aficionados a las buenas lecturas.

Repetir esta emocionante visita a esta sorprendente clínica de pasiones humanas es una experiencia verdaderamente gratificante.

Silvio Villegas
Silvio Villegas. Imagen www.banrepcultural.org

El libro del inolvidable “Leopardo” que resolvió nacer en Manizales y   morir en Bogotá un 12 de septiembre, a los 70 años, es todo un tratado sobre los comportamientos, las debilidades, las penas y las alegrías de la vida y del amor. Van sus máximas de colección entresacadas de su magistral ‘Canción del Caminante’:

— Siempre hemos encontrado puesta la mesa en el festín de la vida y el amor busca en todas partes pruebas de amor.

— Todos los recuerdos vienen a visitarnos como si fueran invitados a una ceremonia fúnebre.

— La vida es una enfermedad que se transmite desde el comienzo de los tiempos por medio de un pecado inevitable y terrible que hace estremecer de júbilo muchas almas y en otras no deja sino desolación y ceniza.

— En el dantesco círculo están las que se casaron por egoísmo, por complacer a la sociedad o a sus padres, porque amaban el lujo, las joyas, las fiestas o para torturar el destrozado corazón del más fiel de los amantes.

— Si sumamos todos los minutos plenamente dichosos de una larga existencia, difícilmente alcanzan el espacio de una semana.

— La vida del hombre sobre la tierra se compone de unas cuantas horas dichosas y años enteros colmados de afanes, de zozobras y de tribulaciones.

— Ordinariamente, las derrotas son augurios de victorias futuras… No hay que encolerizarse. El jugador  de raza no rompe nunca los naipes.

— Hay gentes que hacen la vida amarga a todos cuantos los rodean… La alegría y la tristeza son contagiosas.

— El mejor homenaje que le debemos hacer a los amigos muertos es recordarlos en las horas felices, sin pesar y sin amargura.

— Hay personas que se entierran en vida. Eso es falta de caridad hacia los demás. Un egoísmo refinado.

— Hay mujeres que adornan las tumbas como altares pasionarios y hechizadas por un luto, entran a los cementerios como a un salón de baile.

— Lo que dio origen al lenguaje fue la necesidad de mentir que tenía la mujer para defenderse de los hombres.

— La juventud toma el amor de una manera absoluta como un hecho irrevocable y eterno. De allí nacen los matrimonios prematuros, que son casi siempre una desgracia.

— La elección en el amor es casi siempre por capricho… El mejor camino para conquistar a una mujer es no amarla… Todo es vanidad y ceniza… No podemos exigirles a los demás que sean como nosotros…

— Los negocios del alma están casi siempre por encima de todos los intereses humanos… El problema de la felicidad es la más antigua de las preocupaciones humanas… El sosiego conduce al estancamiento y a la muerte… La ciudad más populosa no es sino una aglomeración de soledades.

— El egoísmo es uno de los sentimientos negativos que envenenan el alma y hacen desgraciados a los demás… No hay nada más agradable que una victoria difícil, desde que el combate dependa de nosotros.

— Nos casamos para tener en la casa dos soledades, en vez de una… Dos seres unidos por la ley o por la costumbre, que viven bajo el mismo techo, pueden pertenecer espiritualmente a dos continentes distintos.

— Llegará el día en que tendremos que vivir de recuerdos. Hagamos para entonces una rica colección de ellos.

— El dinero no sirve para comprar ninguna de las cosas que necesita el alma,

— Nuestro sabio Rufino José Cuervo no tuvo más compañeras que las 24 letras del alfabeto.

Tolón Tilín

El Maestro Silvio Villegas, de quien se comentaba en su vecindario manizaleño que no tuvo infancia porque prefería los libros a los juegos callejeros,  le ponía de vez en cuando una pizca de humor a sus máximas: Del “cocacolo” enamoradizo decía que al lado suyo, el seductor Casanova parecía un pobre sargento de policía.