25 de enero de 2022
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Un tema frívolo

5 de julio de 2016
Por Mario De la Calle Lombana
Por Mario De la Calle Lombana
5 de julio de 2016

Por Mario de la Calle Lombana

Como dijo alguien alguna vez, no siempre tenemos que ser trascendentales.

mario de la calleNo soy nada aficionado al fútbol. No lo jugué, ni en la niñez ni en la juventud.

En la primaria del Colegio de Nuestra Señora, por allá en los años cincuenta del siglo pasado, era costumbre esporádica que los niños en los recreos empezaran a hacer barra, sin que estuvieran presentes, los equipos de su preferencia (el Once Deportivo y el Deportes Caldas). Yo, recién llegado al colegio, no participaba en esas celebraciones espontáneas, pero las miraba con gran curiosidad. Recuerdo aún los lemas que gritaban los muchachos, a voz en cuello, con gran emoción.: “siete, catorce, veintiuno, como el Caldas no hay ninguno”, y “tigre, león, elefante, el Once siempre adelante”. Las guachafitas podían durar los quince minutos del recreo, pero eran movimientos inocentes, infantiles, sin ninguna agresividad.  Al final del recreo sonaba la campana y todos los niños desfilaban tranquilamente hacia los salones de clase. Como dice el tango: “¿Te acordás, hermano, qué tiempos aquéllos?”

Más adelante, y ya en tiempos del Once Caldas (ya Manizales solo contaba con un equipo profesional), asistí algunas veces al estadio como espectador. Mi mayor “hazaña” como “hincha”, cuando ya estudiaba en la universidad, fue viajar en una noche lluviosa hasta Cali, a presenciar un partido del América contra la selección de la Unión Soviética, que pasaba por aquí rumbo a Chile al campeonato mundial. Pero como se ve, mi fidelidad como aficionado ha sido más bien pobre.

En la actualidad, esporádicamente me entero de los resultados del Once Caldas, porque en los noticieros de televisión se mencionan esas actuaciones. Y pare de contar. No me he sentado en la gradería de un estadio desde hace al menos 20 años. ¿Gradería? Ahora tienen sillas, pero eso era impensable en esa época.

Este domingo 3 se reinició la temporada futbolística colombiana. Barriendo con el control remoto la lista de canales en el televisor de mi alcoba, me enteré accidentalmente de que pocos minutos después, en uno de esos canales, se transmitiría un partido entre el deportivo Pasto y el representativo de mi ciudad, ese al que los locutores deportivos se refieren a menudo, emocionadamente, con el nombre de “Blanco-blanco”. Como quedaban pocos minutos antes de que empezara la transmisión y no tenía otra cosa que hacer, me picó la curiosidad y esperé un poco a ver qué tanta gente entraba a un partido nocturno en la gélida Pasto, y a apreciar el inicio del encuentro.

Poco después, cuando llegó la señal del estadio, llegué a la conclusión de que estaba “en el lugar equivocado”. Lo que empecé a estaba observar no era, no podía ser, un partido de fútbol del Once Caldas, sino algún acontecimiento luctuoso, algún sepelio o el aniversario de algún difunto: un poco de antiestéticos señores vestidos de negro, juiciosamente formados al borde de la cancha, esperando el desarrollo de los acontecimientos. Era difícil entender lo que ocurría. Claro que lo que traía el audio no era una letanía de réquiems, sino el Himno Nacional.

De pronto recordé que una semanas atrás, en la sección ‘1- 2- 3’ del Noticiero de CM&, del Canal Uno de televisión, una de las presentadoras protestó porque como que está de moda cambiar los colores de los uniformes que durante años y años han identificado a equipos como Millonarios, Nacional, Santa Fe y Once Caldas. Yo no le había puesto mucho cuidado al cuento cuando lo escuché en el noticiero, pero ahora entendí que, efectivamente, yo estaba siendo víctima de la decisión de algún genio “creativo” de alguna agencia de publicidad o asesor de marcados contratado por el Once, para tirarse el uniforme del equipo. ¡Qué cuentos de blanco-blanco! ¡Qué importa echar por la borda veinte o más años de tradición alba. Que se acostumbren los manizaleños a ver este nuevo equipo tan feo, y que se olviden de la estética. ¿Qué tal esa?

Si yo fuera seguidor apasionado del Once Caldas, al que aprecio, no por mi prácticamente inexistente afición a ese deporte sino porque ese es el representante de Manizales en esa actividad deportiva que es seguramente la  más importante del mundo, estaría furioso. Ese cambio de moda es un insulto a la “hinchada”. Si fuera un habitual inquilino del Palogrande, de seguro ya habría tirado a la basura, en señal de protesta, las boletas que hubiese comprado con anticipación para asistir a los partidos. No volvería mientras la representación de la ciudad en el campeonato siguiera en las manos (quise decir en los pies) de ese equipo que podría llamarse algo así como “Pompas Fúnebres Fútbol Club”, no Club Deportivo Once Caldas, alias “Blanco-blanco”.

Por no ser aficionado y mirar apenas por encima las páginas de fútbol de la prensa, no tengo información sobre lo que pueda haber pasado. No tengo ni idea sobre lo que pudo motivar esa extraña medida. No sé si hay una nueva ley de la Fifa que reserva los uniformes blancos solo para el Real Madrid y los prohíbe al resto del  mundo. O si hay algunas disposiciones de la Dimayor, o razones de tipo comercial, como que haya alguien interesado en comprar el diseño del uniforme y vaya a pagar jugosamente el favor, o qué será la cosa. Pero sí quisiera pedir a los aficionados manizaleños que se pronuncien. Que protesten, que presionen, incluso que amenacen con volverle la espalda al equipo. Entiendo que la asistencia al estadio, por estas calendas, ya no es lo que era antes; pero ante la posibilidad de que disminuya aún más,  por decisión de los seguidores, molestos con el cambio, pueda ser que entren en razón y vuelvan a poner a jugar al verdadero Once Caldas.