21 de enero de 2022
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Un fiscal con tacha

13 de julio de 2016
Por Rubén Darío Barrientos
Por Rubén Darío Barrientos
13 de julio de 2016

 LARGO & ANCHO

Por Rubén Darío Barrientos G.

Rubén Darío BarrientosEra imbatible Néstor Humberto Martínez. Desde el comienzo fue el favorito para ganar la fiscalía. No se discuten sus condiciones de excelso jurista, de hábil funcionario, de astuto político y de brillante expositor, que le han dado méritos para ocupar cimeros cargos nacionales. Ha trabajado con cuatro de los cinco últimos presidentes (¿Por qué no habrá tenido chanfas con Álvaro Uribe?). Hoy posa, además, como un amigo cercano a Vargas Lleras y un precandidato presidencial. No es penalista, pero este escollo ha sido despejado por muchos: para ser fiscal general de la nación no es requisito sine qua non ser entrañable del Derecho Penal.

Pero aquí viene lo molesto: cuando ha ocupado grandes posiciones, no renuncia a los poderes de sus clientes sino que los sustituye. Algo censurable, porque su oficina sigue manejando de refilón los negocios. Por eso, muchos analistas hablan de sus permanentes conflictos de intereses. En su notable bufete (DLA Piper Martínez Neira), quedan sus hijos Camilo y Humberto, como herederos de la fortuna que representan los carnudos clientes de su padre. Se reitera, pues, que Martínez Neira no deja los negocios jurídicos sino que les cambia el apoderado, eso sí, atornillándolos a su oficina. Espinoso, por demás. Es una práctica repudiable desde el punto de vista ético.

El nuevo fiscal ha sido el abogado de los variopintos imperios del país. Desfilan en esa pasarela ostentosa: Luis Carlos Sarmiento, El Tiempo, Caracol, Rcn, Grupo Santo Domingo, Organización Ardila Lulle, siete bancos (a excepción de Bancolombia), los reconocidos ingenios, empresas del Estado, Pacific Rubiales, multinacionales, petroleras, notables aseguradoras y cien más. Él aparentemente se descabalga de los negocios, pero éstos quedan en las paredes de su oficina y bajo la égida de sus hijos. Como quien dice en familia y en su propio reducto. Son prácticas que también tuvo Eduardo Montealegre, de cuyo nombre no quiero acordarme. Y parece ser, que Jaime Bernal Cuéllar estuvo en la misma onda. Martínez no tira por la borda el potosí de sus clientes. Y allí no es cristalino con el país.

La columnista Cecilia Orozco, en El Espectador, hace unos tres meses, habló del mundo del poder de Néstor Humberto. Y enfatizó que “su bufete, es una multinacional de abogados clasificada como la segunda en el mundo en ingresos y clientes que en el país tienen negocios con el Estado. Claro, si uno mira bien, nada más estratégico que el cruce, ya no de simples puestecitos, sino de poderes: públicos, políticos y privados, una triple pero temible PPP”. “Hombre de poder con conexiones y clientes fenomenales”, fue el decir de un portal reconocido. Como si fuera poco, maneja medios que le sostienen su vitrina y, de contera, es amigo personal del inefable Julito Sánchez Cristo.

En su oficina, no obstante se recuesta sobre el derecho financiero y las sociedades, maneja también apetitosos asuntos disciplinarios, tributarios y agrarios. Todo el entronque de sus conexiones, salta a la vista. La clientela de su oficina emerge de las entrañas del poder. ¿Quién no quiere entregarle un negocio a su bufete, con las conexiones de su gran capo? Martínez ha sido la conciencia jurídica de grandes emporios económicos. Su osadía ha estado, incluso, más allá de representar empresas del cartel del azúcar ante la SIC. El nuevo fiscal es todo un jurista consentido y exitoso de los opulentos de este país.

Un abogado bogotano le contó a La Silla Vacía que “Martínez, cobraba prácticamente lo que quería y los honorarios los recibía todos al inicio del trabajo”. ¿Qué va a pasar cuando haya una investigación penal contra los poderosos clientes de su oficina? ¿Se distanciará de los triple A de este país, sus jugosos clientes fieles? Ese es el escarnio público que le sigue al nuevo fiscal, todo un docto jurista que quiere pasar en cuclillas ante la ética. Pero que no lo conseguirá.

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