26 de enero de 2022
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25 de julio de 2016
Por Óscar Tulio Lizcano
Por Óscar Tulio Lizcano
25 de julio de 2016

Óscar Tulio Lizcano

Oscar Tulio LizcanoA pesar de su complejidad la historia de Colombia parece estar destinada a transformarse con una decisión basada en dos palabras simples: “sí” o “no”. Las actuales generaciones de colombianos tienen esa potestad: apoyar o no un acuerdo de paz como ningún otro ha tenido el país.

El momento histórico que se viene en los próximos meses ha sido anhelo de varios presidentes: Belisario, Barco, Gaviria, Pastrana y Uribe. Ellos lo intentaron y fallaron, no precisamente por falta de voluntad. Los mandatarios plantearon sus propios esquemas de negociación; también les impusieron condiciones a las Farc. Pero, en muchos casos, el actuar de esa guerrilla frustró cualquier avance. Eso y sus acciones sanguinarias provocaron el gran rechazo que millones de colombianos manifestaron en las calles. “¡No más Farc!, gritó Colombia al unísono. Ahora, Santos protagonizará esa loable página de nuestra historia, puesto que varias circunstancias favorecieron su protagonismo.

Valga decir, sin embargo, que por mucho tiempo en las grandes ciudades se hicieron los de la vista gorda. La dirigencia política apenas y se horrorizaba por las matazones lejanas de campesinos. Solo cuando la guerra tocó el sistema político y se acercó a las ciudades, se pellizcaron.

El entonces presidente Pastrana estaba convencido de que lograría la paz en el Caguán. Lo que no calculó es que en las modestas exigencias de esa guerrilla se escondía su solapado propósito de poner a jugar el tiempo a su favor para reagruparse y fortalecerse.

La vileza de las Farc en el final del siglo pasado deja en nuestra memoria terribles tragedias: las tomas guerrilleras a Mitú, Las Delicias, El Billar, Miraflores. Y esa sanguinaria fortaleza, paradójicamente, catapultó a su peor enemigo: Álvaro Uribe. El fracaso del proceso de paz del Caguán, las crueles acciones de las Farc y los secuestros de civiles y políticos —yo uno de ellos—, colmaron a los colombianos, que para entonces fueron también electores. De esa forma, las Farc catapultaron a la presidencia a ese candidato que inicialmente tenía un dos por ciento de favorabilidad. Crearon su Frankenstein.

Hace poco Santos le envió a Uribe una carta en la que, además de convocarlo a trabajar por la paz, exaltó que fue su política de Seguridad Democrática la que arrinconó a las Farc. Esa misiva llegó tarde al expresidente, pero reconoce que fue él un actor clave para que hoy las Farc estén en La Habana. En su mandato Uribe no solo interpretó una cruenta realidad, sino también el querer de los colombianos, un querer que imploraba acabar con la “horrible noche”. Y lo cumplió. Negar ahora el aniquilamiento de las Farc, sería negar su propio éxito. Así que hoy las condiciones para la paz son otras, juegan de nuestro lado.

Tenemos un gran compromiso, uno que nunca habíamos tenido: no solo legitimar democráticamente un proceso de negociación, sino también silenciar definitivamente los fusiles de las Farc. Hacerlo como una sociedad que se ampara en el diálogo civilizado para exigir “no más muertos, no más guerra”. Hacerlo a través de un “sí” aparentemente simple, pero tremendamente esperanzador. El Colombiano.