2 de marzo de 2021
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La historia patria desfigurada

19 de julio de 2016
19 de julio de 2016

el campanario

A mediados del siglo pasado hubo en un pueblo del Viejo Caldas un mozalbete, hijo único del alcalde, que se tenía confianza para descuartizar la historia de una manera muy particular y una fuerza igualmente bruta para echarse al hombro los bultos más pesados, en los días de mercado o en el trasteo de algún vecino.

Su padre era un próspero agricultor de aquellos de sombrero, carriel, ruana y alpargata en tierra que vivía hondamente preocupado por lo burro que le había resultado el muchachón.

El joven se llamaba Tito Livio y era reconocido como el más ignorante del colegio. Sus compañeros decían a sus espaldas, para no meterse en honduras con la primera autoridad del municipio, que “era químicamente bruto” y que “no rebuznaba por la configuración de su cráneo”. Sin embargo, cuando había exámenes orales, todos pujaban por asegurar butaca para divertirse con sus disparatadas tergiversaciones.
Cierto día el burgomaestre citó a su despacho a la directora del plantel y le recomendó en forma muy encarecida a su retoño. Le suplicó que con un esfuerzo mancomunado de todos los maestros procurara desasnarle al heredero.

Aunque sabían de antemano que esa era misión imposible, los institutores se pusieron de acuerdo para colaborarle al alcalde.
Desafortunadamente, el alumno era cerrado de la mollera, blindado y trancado por dentro, como solía decir Argos, ¡alma bendita!
Llegado noviembre, el mes de los exámenes finales, la profesora de historia previno a Tito Livio sobre la necesidad de que estudiara bien juicioso, en su casa, la Historia Patria, ya que sobre ese tema se le harían unas preguntas, en un acto público con asistencia del señor secretario de educación y las autoridades eclesiásticas y civiles de la población, encabezadas por su papá Montegranario.
Aquella mañana, con el Teatro Municipal colmado de público, salió al estrado luciendo el Tito Livio su traje dominguero, que era el mismo que utilizaba para ir a misa y a las procesiones de Semana Santa. Al pedirle la maestra que, por favor, le hablara al auditorio del Libertador Simón Bolívar, puso tono de locutor ceremonioso y se dejó venir con esta retahíla:
“Simón Bolívar nació en Génova, ciudad de Italia, el 12 de octubre de 1492. Era hijo de un feliz matrimonio formado por doña Policarpa Salavarrieta y don Antonio José de Sucre. Tenía unos hermanitos que se llamaban Atanasio Girardot, Antonio Ricaurte y Antonio Nariño.
Hizo cuatro viajes a América, en unas carabelas llamadas La Niña, La Pinta y La Santamaría. En su primer viaje desembarcó en Guatemala. Este Bolívar era muy peleador. Una vez, en Boyacá, se agarró de las mechas en un pantanero con un tal Vargas. Entonces, llegó un tal Morillo y los desapartó por orden de un tal Sámano. Y como castigo, los mandó para Bogotá a aguantar frío.  Y en ese pueblo grande, en la carrera séptima con la calle décima, otra pelea con un tal Llorente por un condenado florero, el 20 de julio de 1810. Aunque era muy mujeriego, se casó con una ecuatoriana de nombre Manuelita, dueña de una fábrica de azúcar en Palmira, unión de la que hubo tres hijos, llamados Hermógenes Maza, José María Córdova y Francisco de Paula Santander”.

Ante semejante sartal de disparates, un compañero le hizo señas al Tito Libio para que cerrara el pico y no metiera más las patas. Y pasándose el dedo índice por el cogote, a la manera del temido corte de franela, quiso indicarle que la había embarrado en materia grave. Pese a todo, nuestro documentado historiador bolivariano entendió la señal como una ayuda y remató así su intervención:

“Ah… y se me olvidaba decirles que el genovés del cuento murió decapitado”.

El auditorio de la parroquia le correspondió al hijo del alcalde con una carcajada general que contagió a los ocupantes de la mesa principal, menos a su avergonzado progenitor que renunció para siempre a quitarle lo burro a su vástago