23 de enero de 2022
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Futurismo y plebiscito

22 de julio de 2016
Por Mario De la Calle Lombana
Por Mario De la Calle Lombana
22 de julio de 2016

Por Mario De la Calle Lombana

mario de la calleFinalmente, salimos de dudas con respecto a la viabilidad jurídica de que los acuerdos de La Habana sean refrendados por los ciudadanos a través de un plebiscito. Es viable. Así lo definió la Corte Constitucional y esa es una sentencia final. Los opositores al proceso (que no a la paz como anhelo de todos, no me cansaré de reconocerlo), podrán decir lo que quieran, pero el plebiscito va.

La decisión sobre el umbral está tomada. Criticarla podrá ser una posición ideológica, pero sin efectos prácticos. Si cinco millones de electores votan por el SÍ, y cuatro gatos lo hacen por el NO, el reconocimiento de lo acordado en La Habana será una obligación del gobierno por más que esa oposición se queje, y la guerrilla de las FARC (o de la FARC, como dice Uribe), dejará las armas, e irrumpirá en la escena política a punta de votos, no a punta de bala. Como debería haber sido siempre. Y si, por las cosas de la política, los partidos del centro y la derecha se dejan tumbar del poder por la izquierda, comandada por las ex-FARC y el Polo Democrático, será porque han perdido su liderazgo. Hemos adoptado la democracia como nuestro sistema de gobernarnos, y si eso ocurriera, tendríamos que ser consistentes. Pero el cercano ejemplo de la crisis de Venezuela debería ser razón suficiente –al lado de muchas otras– para que las mayorías decidan mantener nuestro modelo de estado. Y mejorarlo sustancialmente, porque por desgracia son muchas las fallas que ostenta.

Ahora bien, uno puede tratar de hacer un poco de futurismo sobre los resultados del plebiscito. Si los opositores al proceso deciden irse  por el NO, me imagino que habrá de ocho a diez millones de votos afirmativos, y de tres a cinco negativos. Y con ese mínimo de once millones de votantes, se habrá sobrepasado con creces el umbral de  participación en buena hora eliminado por el Congreso, y perderá vigencia toda la actual discusión sobre ese tema. Y de paso, los opositores al proceso de paz se habrán dejado contar, que es lo que los tiene tan convencidos de que es mejor abstenerse. Y si optan por la abstención, los votos afirmativos podrán ser un poco menos porque los que respaldan el voto afirmativo necesitarán trabajar menos y tendrán más seguridad de que van a ganar sin tanto esfuerzo, pero en todo caso la cifra estará muy por encima de los casi cinco millones de votos que necesita el SÍ para ganar; y en ese caso, los opositores tratarían de convencernos de que la alta abstención, que deberá frisar en un 60 o un 70 por ciento, no sería la consecuencia de la tradicional pereza electoral de nuestro pueblo y del desinterés de las mayorías por participar, sino el resultado de la campaña abstencionista. Si el abstencionismo es la línea de acción que escogen, será porque a eso le tiran: a camuflar su volumen, claramente minoritario, entre la masa de los colombianos a los que nada de esto importa. Y después tratarán de explotar como apoyo propio, en futuras campañas, las tradicionales mayorías abstencionistas de este país.

Ahora bien: No todo puede ser perfecto. No me cabe duda de que el SÍ va a ganar, pero duele que el gobierno haya acudido sin necesidad a métodos desleales para asegurar  el triunfo. No se requería para nada  decir que una derrota del proceso en el plebiscito sería la causa para nuevos impuestos. Teoría absurda y mentirosa, cuando ya sabemos, desde hace más de un año, que el aumento de los impuestos es una decisión ya tomada, y no será el triunfo del NO el que lleve e eso. Casi que, por el contrario, el triunfo del SÍ va a hacer que el gobierno se sienta más fuerte y vaya a poder lograr que el golpe a los bolsillos de la clase media y de los pobres se sienta con más fuerza. Tampoco era necesario acudir al recurso del pánico a la guerra para ganar el voto popular, como lo ha hecho él, y algunos de sus más cercanos aliados como Benedetti. No se sabe lo que va a pasar si el voto negativo se impone, pero eso no implica un renacer inmediato y fortalecido de la guerra. Lo lógico sería pensar que en ese caso un gobierno responsable y sensato buscaría una prolongación de las negociaciones, para tratar de encontrarle al acuerdo modificaciones que hicieran que les gustara  más a los opositores.  No puedo creer que en caso de una derrota, Santos, en venganza, “por la pica”, vaya a ordenar a los negociadores que se levanten de la mesa y a mandar ejércitos a bombardear a los guerrilleros que están en este momento en plan de dejar la lucha armada. Como tampoco creo que sea ese el plan B de las FARC. No van a tirar por la borda todos estos años de esfuerzo en la mesa de negociaciones. Es evidente que si gana el NO, lo sensato sería tratar de entender por qué ocurrió eso, buscar nuevos caminos para culminar aquello en lo que tanto se ha avanzado. Alguien debería acercarse al oído del presidente y sugerirle que atempere el lenguaje, él, precisamente él, que lleva tantos años buscando que se desarmen los espíritus.