25 de enero de 2022
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Orlando Cadavid Correa
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Evocando a Medellín cuando era la meca disquera

13 de julio de 2016
13 de julio de 2016

el campanario

Por Orlando Cadavid Correa

Cuando supimos que cuatro comunicadores propensos a la melomanía se dedican a acopiar información para escribir sendos  libros sobre la densa historia de la fonografía en Colombia, resolvimos desempolvar este ejercicio alrededor de la discomanía que nos mueve la aguja desde nuestra remota adolescencia.

Alguna vez, cuando nos enteramos que se reunían en Miami los herederos de don Antonio Fuentes –uno de los grandes pioneros del disco en Colombia– para limar las naturales asperezas que se dan en todas las cofradías, decidimos aplicarnos a la tarea de echarle un vistazo a la innegable decadencia que acusa nuestra industria fonográfica, de la que fue meca indiscutible la ciudad de Medellín.

Por distintas razones, unas casas electro-sonoras se fueron esfumando paulatinamente del mercado disquero. Otras redujeron su tamaño macro de manera drástica sobre estos parámetros: 1)  Merma considerable de la producción. 2) Adelgazamiento de la nómina de empleados. 3) Cierre de estudios y oficinas. Algunas liaron bártulos hacia Bogotá. Las que quedan graban poco, por no decir que cero. Tienen en los viejos catálogos y en las alianzas con sus competidores de ayer su tabla de salvación, pese a que la piratería repugnante no claudica en su mezquino proceder. Otra variante ha consistido en las ventas de la música a través de Internet que hasta ahora luce rentable para algunos sobrevivientes de la crisis.

Queda en el imaginario de nuestras nostalgias aquel punto en el que todavía comienza la Avenida El Poblado del que desaparecieron las instalaciones de Sonolux, sello que fue, sin discusión,  La Marca de las Estrellas, que tenía en nómina a muchos de los más notables intérpretes, compositores y arreglistas de la canción popular. Se necesitaría más espacio para acomodar aquí el robusto elenco que estuvo bajo la tutela creativa de Antonio Botero Peláez, Jaime Llano González y Luis Uribe Bueno.  El desmonte de la planta nacida en 1949 y el trasteo de las oficinas a Bogotá fue el principio del fin de Sonolux, empresa paisa en la que tuvo su mejor representación, en el continente, el opulento catálogo de la RCA Víctor manejado sabiamente por el irrepetible maestro Hernán Restrepo Duque. El rico catálogo nacional de Sonolux quedó en poder la multinacional Sony.

Las amplias instalaciones de Fuentes, en inmediaciones del aeropuerto Olaya Herrera (en estos tiempos difíciles  bajo la sabia dirección de Rafael Mejía Pérez) terminaron albergando un número muy reducido, apenas el justo, de empleados para atender los mismos frentes, que ahora tienen menor demanda y reducida actividad. Toda la manzana es ocupada ahora   empresas antioqueñas de confecciones  que las utilizan como bodegas. Solo quedó en funcionamiento (a media máquina) uno de los tres estudios de grabación de la compañía que fue la gran pasión de don Antonio, su fundador, que le abrió mercado en el interior del país a la música de su Caribe natal con Guillermo Buitrago, Los Corraleros, Pedro Laza, Clímaco Sarmiento y la Sonora Cordobesa.

Codiscos –la firma de los Díez Montoya— cerró primero sus estudios que estaban a 200 metros del parque de El Poblado y los estableció en su fábrica de las vecindades del club El Rodeo. A la desaparición, en Miami, de su fundador, don Alfredo Díez, su mayorazgo, Alfredo José, quedó con la mayoría de las acciones y se estableció en Bogotá, donde ha asimilado con éxito la estrategia de pasar de manera práctica de lo macro a lo micro, en la producción disquera, sin la carga laboral del pasado.

Se han ido para siempre, como en la antañona canción de Las Acacias, sellos que fueron tan populares en el pasado como Ondina, de don Rafael Acosta;  Lyra y Victoria, de don Otoniel Cardona;  Silver, la marca de los Ramírez Jhons,  Metrópoli y Disquera antioqueña.

La apostilla: Resumiendo: La situación de la industria fonográfica nacional es tan crítica que ha llegado la hora de guardar, por ella, tres  minutos de silencio, pero  no a 78 sino a 33 o a 45  revoluciones.