22 de enero de 2022
Directores
Orlando Cadavid Correa
Evelio Giraldo Ospina

Dignidad

Periodista, abogado, Magíster en ciencia política, Magíster en derecho público, escritor, historiador y docente universitario.
29 de julio de 2016
Por Víctor Hugo Vallejo
Por Víctor Hugo Vallejo
Periodista, abogado, Magíster en ciencia política, Magíster en derecho público, escritor, historiador y docente universitario.
29 de julio de 2016

Víctor Hugo Vallejo

A: Carlos Guillermo Navarro Agudelo

Victor Hugo VallejoDesde mucho tiempo atrás tenía decidido que sería él mismo quien determinara la fecha de su muerte. No lo iba a dejar al azar, ni a los milagros, ni mucho menos a los tratamientos del mismo tenor. Llevaba consigo un cáncer terminal, que conocía bien, a la perfección, ya que siempre habló con sus médicos tratantes de manera abierta en la conciencia de que se trataba de la causa de lo que pondría fin a sus días, que, por demás, ya consideraba suficientes, por lo hecho, por el legado que dejaba y por una obra que va a pasar a la historia de todo un continente.

Dos días antes de la fecha por él escogida, llamó a sus médicos, les solicitó que le dieran de alta del centro asistencial donde era tratado y les pidió que lo dejaran ir a su casa, su ambiente, su medio, y lo excluyeran de la frialdad a veces cadavérica que tienen las clínicas. En uso completo de sus facultades mentales, con claridad, precisión y sin usar expresiones emotivas, basándose únicamente en la razón, dictó su última voluntad. Se quería morir en su hogar, rodeado de los suyos, de quienes amaba y le aman y en su cama de siempre. No quería ser un objeto de comercio impiadoso de servicios de salud que ponen la registradora a funcionar, en el conocimiento previo de que todo lo que hacen es sumamente costoso, pero que tendrá resultados nugatorios, pues de allí no se obtendrá ni mejoría, ni mucho menos la prolongación de una vida, que ya se extinguía por agotamiento del calendario. Es cuestión de la fecha de vencimiento que todos traemos incorporada. Cuando esa fecha se puede determinar desde la voluntad propia, hay que hacerlo y él lo hizo.

Dictó una breve carta, en la que redactó como abogado, con los generales de ley encabezando, la descripción de sus condiciones mentales y de salud y la disposición de morirse en una fecha determinada, con la ayuda de quien atendiera su voluntad de terminar con la vida como un hecho del ejercicio de la autonomía personal y ultima escala de su desarrollo humano.

La razón era elemental: quiso que: ”Mi vida culmine libre de dolor, de indignidad, en mi casa y rodeado de los míos”.

No se llamó a engaños. Sabía en que sociedad vivía y las características de creyente y emocional de la misma, por lo que tuvo la capacidad de imaginar la hipótesis de que esa voluntad última, no fuese atendida con tantas excusas como las que inventan quienes consideran que la vida depende de poderes que nadie conoce, pero en los que la mayoría colocan sus vidas, o las mismas trabas jurídicas de unos operadores legales que por encima de la razón del derecho, colocan las razones de sus creencias y emociones individuales. Detrás de cada juez, en un despacho público, hay un cristo católico.

Sabía lo que estaba haciendo y por tanto en esa carta determinó que en caso de que su voluntad no fuese atendida, por cualquier razón, “Rehúso a que se den cuidados a mi cuerpo en estado vegetativo o se mantengan indefinidamente mis funciones vitales por medios artificiales”. No estaba dispuesto a que de su cuerpo sin vida cierta, sin dignidad, sin pensamiento, sin voz, sin voluntad, sin capacidad dispositiva se hiciera un lucrativo negocio para las clínicas que venden conexiones paliativas por asqueantes precios sólo para que un pedazo de carne humana respire a través de unos tubos y produzcan señales en monitores que digan que esa persona “aún tiene vida” y con ello aceptarle a los creyentes que “mientras haya vida hay esperanza”, como si la esperanza fuera lo que da la vida. Esta se da, nace, se desarrolla, se muere a través de la existencia de la dignidad, que es poder decidir por si mismo.

Se fue a casa. Contactó a su amigo el médico Gustavo Quintana, con quien había hablado en muchas ocasiones del derecho a morir con dignidad. Sabía que era el único que atendería con razón su solicitud y le pidió su ayuda para que esos 94 años llegaran a su final el 19 de julio de 2016, en su casa, después de haberse despedido de todos y cada uno de sus seres amados y diciéndole gracias a la vida por haberle dado tanto, con los versos de Violeta Parra, y el balance de una existencia productiva a favor de muchas causas, pero en especial a la causa del conocimiento humano, que siempre fue su preocupación desde muy joven.

Tito Livio Caldas Gutiérrez se fue de la vida en el momento en que él mismo determinó. Como debe ser. Logró vivir para el bien, para el saber y para dar a conocer el saber a muchas personas, que tienen en las publicaciones de su empresa Legis S.A. la posibilidad de mantenerse actualizadas en temas tan cambiantes como el derecho y la economía. Ya eran suficientes 94 años de vida y entrega al saber.

Había nacido en Buenos Aires, Argentina, en 1922, ciudad en la que sus padres Miguel Antonio Caldas Navarro, natural de Honda, Tolima, y conservador hasta los tuétanos, como que casi le condicionaron la vida con ese nombre que le pusieron, y Florencia Gutiérrez Larrea, una bella española de origen catalán y por supuesto influenciada por las ideas liberales y radicales. En esa ciudad se conocieron y allí nacieron sus tres hijos: María, Helvia y Tito Livio, quien le debió su apelativo a la admiración que le tenía su padre a ese gran historiador romano.

En 1926 la familia viaja pasajeramente a Colombia, pero lo que debía ser de esa manera, se convierte en permanente porque aquí los sorprende la grave crisis económica de 1929. Nunca más volvieron a Buenos Aires. En 1931 muere su padre. Ya estaban establecidos en Ibagué, razón que llevó a muchos a pensar en el origen tolimense de Tito Livio Caldas.

Cursó sus estudios de bachillerato en el colegio San Simón, en el que fundó un grupo cultural denominado “Disquisiciones filosóficas”, que se reunía en la Biblioteca y en el que se hacían muy valiosas discusiones de orden ideológico. El estudio de la filosofía le fue enseñando que “La ciencia es el mundo de lo cierto y lo comprobable y la religión el mundo de lo incierto y lo no probable”. Cuestionó la existencia de dios y su utilidad para el ser humano. Se fue alejando poco a poco de la corta formación religiosa que tuvo y muy pronto se hizo ateo de convicción. Era un liberal de izquierda. Militó en el marxismo, hasta llegar a la decepción que la izquierda siempre ha producido en los colombianos, pues lo son hasta que son capaces de obtener las mismas ventajas y prebendas de quienes siempre han manejado el poder. Ahí se olvidan de lo social. Ya son de los mismos. Regresó a ser liberal y nada más, pero eso si, liberal en el más estricto sentido de los padres del liberalismo.

En 1951 se recibió como abogado de la Universidad Nacional. Siempre soñó con ser Juez, con la mira en llegar a ser Magistrado de las altas cortes. Quiso serlo, pero muy pronto entendió que no se trataba de saber derecho y querer ser operador de justicia, sino de buenas o malas palancas políticas y politiqueras, que determinaban y siguen determinando (pensemos ahora en el Magistrado Pretel Chaljub, allí por uribista, no por jurista), en un régimen conservador que se imponía por la razón de la fuerza de la violencia partidista, que buscaba eliminar intelectual y materialmente a los liberales. No procedía un juez liberal.

Ante las puertas de la judicatura cerradas, le propuso a su compañero de clases Alberto Silva que abrieran una oficina de abogados. Así lo hicieron en 1951. En ese mismo año se casó con Margarita Cano y con ella tuvo siete hijos. En el ejercicio de la profesión entendió que para jueces y litigantes era muy difícil resolver los conflictos por la gran inseguridad jurídica que significaba la constante modificación de las normas. Sin conocimiento actualizado de la normatividad vigente, era muy difícil aplicar el derecho.

Identificó la deficiencia del derecho y detectó la oportunidad del negocio y en 1952 fundó “Legislación Económica”, una revista quincenal, que daba a conocer las normas nuevas que dictaban en materia económica, en ese entonces, 16 organismos competentes diferentes. La masiva acogida de la revista lo llevó a pensar que la actualización constante de la información jurídico-económica era una necesidad que no estaba cubierta en Colombia. Fue el origen de Legis S.A., la más grande empresa editorial de información jurídica y económica intercambiable, que permite mantenerse al día en dicha área del conocimiento y que hoy se encuentra presente en toda América Latina, con el gran prestigio de la pulcritud de sus ediciones, en las que no es posible detectar un error, pues los controles de calidad son los correspondientes a las innegociables exigencias que en ello siempre hizo Tito Livio Caldas.

La judicatura perdió a un juez. El conocimiento de las ciencias sociales ganó un gran publicista. El servicio que le prestó al saber con su empresa, es mucho más importante que haber arribado al anquilosamiento del manejo de procesos con miles de folios que solamente se mueven cuando tiembla la tierra, pero permiten jubilaciones millonarias de quienes ni siquiera fueron capaces de solucionar los conflictos puestos en su conocimiento.

En su biografía “Experiencia y reflexiones de vida “ y en su “Manual de ateología”, está el legado esencial de su pensamiento. Un racionalista que se murió cuando quiso. Como tiene que ser. Se murió cuando todavía era dueño de su dignidad. Hay que tener la conciencia de que a 94 años y a un cáncer terminal no es posible sobrevivir sin dolor y humillaciones. Queda su obra, que es la inmortal.