27 de febrero de 2021
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Querido profesor

Periodista, abogado, Magíster en ciencia política, Magíster en derecho público, escritor, historiador y docente universitario.
24 de junio de 2016
Por Víctor Hugo Vallejo
Por Víctor Hugo Vallejo
Periodista, abogado, Magíster en ciencia política, Magíster en derecho público, escritor, historiador y docente universitario.
24 de junio de 2016

Desde Cali

Víctor Hugo Vallejo

Victor Hugo VallejoSiempre perdió la paciencia, nunca la cordura. No era fácil mantenerse tranquilo, en los ámbitos del saber, en los que se pensaba instalado, frente a las ignorancias atrevidas –como todas las ignorancias- de esos chicos demasiado humildes, para quienes la escuela era, antes que nada, un espacio de distracción, de compartir con los demás y de estar al frente de una persona que vestía bien diferente a ellos. Y además sabía mucho, aunque no les tenía paciencia.

En toda ocasión elegantemente vestido de pies a cabeza. Con su traje de tres piezas, sus zapatos lustrosos, sus finas corbatas bien combinadas con sus camisas, que siempre fueron blancas, su sombrero de pompín y su gran puro entre los sobresalientes dientes que quedaban al aire libre cada que hablaba.

Los alumnos sabían que iban a esa escuela que se daba el lujo de tener ese “maistro” que les inculcaba estudiar para la vida, que trataba de explicarles de la mejor manera las intrincadas matemáticas, los secretos de la biología, las curiosidades de la geografía, las extrañas circunstancias de la historia, para aprender, aunque mejor para gozarse entre ellos mismos. Trataba de ignorar las necesidades de sus estudiantes, especialmente el hambre permanente del Chavo, quien soñaba siempre con los pasteles de carne, que pensaba como el máximo de la vida.

Podía perder la paciencia, lo que de hecho ocurría en todas las clases, pues era la única manera de recuperar el orden perdido en medio de la algarabía que por el gusto de hacerlo formaban sus pupilos, y las agresiones eran soportadas únicamente por su sombrero que iba a estrellarse contra el piso en casos extremos o sencillamente era blandido en el aire a manera de amenaza contra si mismo, más nunca dejaba distancias con ellos como para lesionar su relación, ya que a más de ser sus estudiantes eran los vecinos de su amada.

El profesor Jirafales era un hombre alto, delgado, bien vestido, que fumaba finos puros, caminaba erguido en demostración de su engreimiento, se sentía de otra clase, pero la cercanía con sus alumnos lo llevó a la vecindad en que se mezclaban tantas costumbres populares de los mexicanos. Allí conoció a doña Florinda, una señora madre de un cachetón insufrible que se pensaba de mejor estrato por ser dueño de un triciclo viejo y tener las tres comidas diarias , y se enamoró de ella, a pesar de que siempre la vio en la peor presentación que tienen las mujeres: con rulos en la cabeza. No hay una mujer más fea que aquella que se deja ver con esos rulos que enrollan su pelo para un futuro peinado. Esa estampa debería tener censura visual, es decir que fuese delito dejarse ver así, especialmente de sus enamorados.
El amor del profesor Jirafales era tal, que parece ser nunca se dio cuenta de la ausencia de belleza de doña Florinda, a quien siempre le llevaba rosas rojas y con quien sólo verla lo arrobaba al punto de perderse en el ambiente, lo que ella correspondía de igual manera, hasta que alguien debía hacer algún ruido fuerte para que ellos bajaran de ese mundo de cupido. Siempre repetían el ritual y siempre produjeron enormes sonrisas. Luego ella lo invitaba a la misma tacita de café, que él siempre consideró mucha molestia, pero que aceptaba con timidez. Más de una vez debió intervenir en defensa de Kiko, ante las impertinencias de este en la vecindad, especialmente con la Bruja del 78, que también vivía enamorada de un inútil como don Ramón.

El querido profesor era de otro talante, pero socializaba con todos los miembros de la vecindad, que a su vez eran sus alumnos, porque incluso el mismo don Ramón, que era analfabeta, alcanzó a ir a clases algunas veces, aunque era tiempo perdido, no entendía absolutamente nada de lo que oía a pesar de los grandes esfuerzos que hacía ese espigado docente.

Nunca fue más allá de los suspiros profundos y arrobamientos eternos con doña Florinda. Ella tampoco. Era soltero, por tímido y por engreído, se quería demasiado a si mismo. Compartir la persona que tanto se quiere con otra, no es sencillo y mucho menos con otra que vivía de rulos en la cabeza. Solamente una vez se dijo que se llamaba Inocencio, apelativo que iba bien con su manera de ser, ya que la ingenuidad se le metía por los poros, mas nunca se confirmó si eso era cierto, pues siempre se le conoció solamente como el Profesor Jirafales.

Ah, y por los numerosos apodos que sus torpes y desprevenidos alumnos le pusieron en cada ocasión, siendo el más usado el de Maestro Longaniza, que el Chavo usaba casi siempre, siendo sorprendido y por ello apenas pasar el susto de la voz altisonante del docente con su Ta Ta Ta Ta. También le llamaron Tren Parado, Tubo de Cañería, Kilómetro Parado, Manguera de Bombero, Tobogán de Saltillo, Riata de Jaripeo. Es la vida de los docentes: los estudiantes gozan haciendo mofa de quien les califica con notas reprobatorias. Los docentes lo saben, pero nunca lo oyen.

Para el Profesor Jirafales su equipo de fútbol preferido era Los Pumas, de la UNAM, que nunca le ha ganado a nadie, pero ha hecho sufrir a tantos. Con la canción Opening Title, de Michael Reynolds, que tarareaba, soñaba con una velada romántica a medida luz, al lado de doña Florinda, lo que nunca se hizo realidad, seguramente por los rulos, que no lucirían en una ocasión tan especial.

Un personaje de comedia mexicana que vivió en el seno de hogares de habla hispana de todo el mundo en la década de los 70 y bien entrada la de los 80. Había nacido en el programa Los Supergenios de la mesa cuadrada, creado por Roberto Gómez Bolaños en 1970. En 1972 el personaje desapareció de la serie, por ausencia del actor, quien regresa en 1973, cuando se queda por siempre y se apodera de una manera de ser, de ejemplificar y de hacer reír a todos.

Llegan los recuerdos del querido profesor, a raíz de la muerte del actor Rubén Aguirre, ocurrido el pasado 17 de Junio, en Puerto Vallarta, donde vivió los últimos de sus 82 años. Tenía problemas graves de salud y acababa de salir de un período más de hospitalización por cuadros de respiración. Nacido en Saltillo, Coahuila, en 1934 se había convertido en actor al trabajar en televisión en Monterrey, como productor, encontrando papeles a su medida, que era alta, medía 1.96 mts, lo que ya le había impedido ser torero, pues se vistió de luces en muchas ocasiones, pero los toros le quedaban tan bajitos que no era fácil doblarse con ellos. Esa afición la canalizó en el comentario taurino en radio y TV., lo que hizo simultáneamente muchos años. Cursó estudios profesionales en la Escuela de Agricultura “Hermanos Escobar”, de ciudad Juárez, donde se recibió como ingeniero agrónomo, profesión que jamás ejerció.

En 1967 conoció en ciudad de Mexico a Roberto Gómez Bolaños, quien no tuvo las reservas que tuvieron los productores de cine y TV que siempre pensaron que un actor de esa talla era bien difícil que encontrara un personaje suficiente para darle la oportunidad de mostrar sus capacidades histriónicas naturales, pues nunca estudió actuación. Gómez Bolaños, uno de cuyos talentos especiales fue tomar a cada actor y crearle un papel que se acomodara exactamente a sus características personales, con el fin de hacer de la actuación algo más natural, creó al profesor JIrafales a la medida de Rubén Aguirre. Fue parte del éxito de sus series de TV y sus películas. Era tomar los moldes, darles un personaje, crearles unos parlamentos y hacer de la vida cotidiana la muestra sustancial del humor, como que nunca se detectó artificiosidad alguna en las circunstancias que desarrollaban.

Para Rubén Aguirre no fue difícil hacer el papel de maestro de escuela, ya lo había sido en la vida real, siendo muy joven en su natal Saltillo le había enseñado las primeras letras a niños de su barrio, en la Escuela Pública. Era representarse. Aguirre contrajo matrimonio en 1960 y tuvo 7 hijos.

Su época dorada la vivió al lado de Chespirito. Cuando se acabó la serie, tenía una cómoda situación económica que le permitió fundar un Circo de variedades, en el que el personaje central era el Profesor Jirafales, aplaudido a rabiar por los niños, haciendo lo mismo que hizo siempre en la serie de TV. Quienes lo conocían lo gozaban de nuevo, quienes no lo conocían sabían ahora de ese ingenuo profesor que perdía la paciencia, pero nunca la cordura. Aguirre, además, filmó 19 películas, todas ellas en el género de la comedia blanca. Filmes dirigidos a la población infantil.

La vida le sonrió hasta el 2007 cuando sufrio un muy grave accidente de tránsito, en el que su esposa quedó en muy mal estado. El sindicato de actores de México, al que los trabajadores de la industria del espectáculo deben cotizar obligadamente, lo desamparó completamente y no lo atendió en los gastos de salud, por lo que se gastó todo su capital. Al quedar sin recursos debió regresar al trabajo a una edad en que la vida no da oportunidades, a desempeñar pequeños papeles en los que no lucía de la misma manera, la crueldad de los calendarios con los seres humanos es inevitable. Apenas para tener con que vivir. Se fue al lado del mar, a la tranquilidad de Puerto Vallarta, a orillas del Pacífico, donde lo encontró la muerte. Se le acabó la vida a Rubén Aguirre y eso hizo que nos acordáramos del querido profesor Jirafales, que nunca hemos olvidado y al que en ocasiones accidentales nos presentan en rellenos de tv sin comerciales. Ya no vende, pero aún saca sonrisas.