27 de febrero de 2021
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Ni después de la próxima masacre

20 de junio de 2016
Por Óscar Tulio Lizcano
Por Óscar Tulio Lizcano
20 de junio de 2016

Óscar Tulio Lizcano

Oscar Tulio LizcanoCon un tercio del mercado, Estados Unidos figura como el primer proveedor de armas en el mundo. Los grupos terroristas son los principales compradores y buena parte de ellos las compran a través de intermediarios. China, acorde con su crecimiento, quiere también competir en ello, lo cual hace que este negocio no solo se convierta en uno de los más competidos, sino también lucrativos y complejos, como los de las drogas y la prostitución.

Los gobiernos tienen una alta responsabilidad en la fabricación de armas y para ello se escudan en el pretexto de preservar su seguridad nacional. En los EE. UU. se comercializan libremente y, finalmente, alcanzan un destino y uso incierto. Según Amnistía Internacional, son cerca de 1.500 muertos al día (¿en todo el mundo?) producto de acciones violentas cometidas con armas. Las importan y exportan pequeñas, ligeras, largas… de todo tipo.

La reciente masacre de Orlando, en el club nocturno Pulse, es dolorosa y absurda, pero seguramente pasará como “una más” de las continuas masacres sucedidas en los EE. UU., pese a los esfuerzos del presidente Obama de limitar la venta de armas, una posibilidad que ofrece el Estado para la supuesta garantía de la seguridad del ciudadano estadounidense. Los esfuerzos de Obama son un saludo a la bandera. Los intereses que mueven el mercado de armas lo superan, pues hay una seducción especial por el abultado presupuesto que tienen las naciones para el equipamiento militar.

Y es risible pretender que ello alcance un mayor control en EE. UU., siendo uno de los países con mayor exportación. Entre las 100 empresas de armas más grandes, 42 son estadounidenses. Siete de las 10 primeras son del país del norte, entre ellas Lockheed Martin, que encabeza la lista con cerca de 28 mil millones de dólares. Lo más triste es que hay países en el mundo que invierten más en la fabricación de armas que en educación y salud.

Varias encuestas realizadas a estadounidenses revelan que el 47 por ciento tiene al menos un arma. Lo más paradójico es que el país del sueño americano, donde todos creemos estar más seguros, resulta una farsa. La venta libre se justifica en que el Estado no está en condiciones para garantizarle la seguridad a cada persona, en otras palabras, que no puede poner un policía en cada casa. Eso fortalece la desconfianza y ha generado que sea el país con la tasa más alta de posesión de armas.

También existe una fuerte presión de los grandes fabricantes de armas que permea la clase política. Su Constitución, de hecho, consagra el derecho a las armas y existe la Asociación Nacional del Rifle -agremiación que comparativamente tiene el poder de la Andi en Colombia-, cuya influencia en el Congreso de los EE. UU. es enorme.

No parece que exista una salida. ¿Cuántas muertes de ciudadanos inofensivos necesitan? Será, tal vez, después de la próxima masacre que se le ponga fin. Pero, ¿cuál será la última?.