20 de enero de 2022
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Los falsos temores al proceso de paz

22 de junio de 2016
Por Clara Inés Chaves Romero
Por Clara Inés Chaves Romero
22 de junio de 2016

Por: Clara Ines Chaves Romero (*)

Clara Inés ChavesEs curioso que en Colombia en lugar de unirnos en una sola voz para pensar cómo construir un nuevo país, cómo reconstruir la democracia y sus instituciones, cómo fortalecer el campo y obtener su modernización y tecnificación, cómo combatir la economía ilegal, cómo fortalecer la institucionalidad y cómo repensar un país con justicia y cohesión social, el país se divide entre los que desean el éxito y la consolidación del proceso de paz, y los que no creen en el mismo.

El exacerbar los odios, la desconfianza entre nosotros mismos y generar diversos miedos en la sociedad por el futuro y la paz del país, lo único que logra es hacernos perder el norte, y ahondar en la crisis que tenemos y en la falta de valores que aumenta la corrupción, la cultura de la ilegalidad y la anarquía.

La paz no solo consiste en llegar a un acuerdo de desmovilización con el grupo insurgente más antiguo que es la FARC, sino en fortalecer los derechos laborales, en generar empleo, en crear una cultura de legalidad, en generar tolerancia, en combatir las economías ilícitas por ser un factor generador de violencia, en ampliar el acceso de la educación a las clases menos favorecidas, en generar un verdadero sentido de pertenencia y civismo para con el país y para con el otro, en modernizar el estado y hacer presencia en todo el territorio, en “construir una paz territorial”, en generar un cambio de mentalidad proactiva y positiva, en creer en nosotros mismos y en el país.

Lo más importante sería el que los colombianos aprendiéramos a tener conciencia de país y a comprometernos más, y criticar menos.

Los temas que se plantean en el actual proceso de paz, como una reforma rural integral, la restructuración de las fuerzas armadas, el fortalecimiento del campo, mayor dinámica, autonomía y descentralización de las regiones y otros temas, son los puntos coyunturales e importantes que el país ha debido asumir desde hace años y que han sido los temas de discordia y de conflictos desde tiempos inmemoriales.

Las clases dirigentes deben ser conscientes de que con proceso de paz o sin él, las amenazas a la seguridad no se extinguirán sino que se transformarán debido a la acción de otras manifestaciones de delincuencia como las que surgen con la minería ilegal, los otros grupos al margen de la ley catalogados como terroristas, la delincuencia común, los rezagos del paramilitarismo, entre otros, por lo que urge una mayor voluntad política para combatir estos focos que debilitan la institucionalidad del país y la gobernabilidad.

La sociedad civil debe ser consciente de que estos hechos son normales en procesos como este que vive el país, ya que existen antecedentes de la misma situación en países donde realizaron también esta misma dinámica por la paz, como fue el caso de Sudáfrica, El Salvador y Guatemala, para que no se dejen asustar por las nefastas predicciones que se vienen haciendo.

Lo importante es que la élite sea consecuente con la realidad del país, así como los distintos grupos y partidos políticos, a fin de lograr la unión que se requiere para las reformas de fondo que necesita Colombia. Si no se reduce la brecha que existe en el grado de desarrollo y subdesarrollo que tienen las regiones y la brecha que hay entre las distintas clases sociales así como sus inequidades, y si no se piensa en combatir los flagelos que hoy sufrimos, a fin de fortalecer la democracia, hacer más presencia del Estado en todo el territorio de Colombia con justicia social, estaremos ahí sí al borde de terminar siendo un estado fallido como es hoy Venezuela, y contagiándonos del caos que poseen algunos países de la región.

Este es el verdadero terror que debemos tener los colombianos, al no unirnos y al no pensar en reconstruir el país. La paz no se consigue generando más guerra. La historia de Colombia está escrita sobre la confrontación y la violencia, lo cual debe servirnos para pensar en que es hora del diálogo, de la unión de todos, del voto de confianza, del compromiso con el futuro del país y con una nueva manera de construir la democracia en un verdadero estado social de derecho con oportunidades para todos y con mejor calidad de vida.

La paz es una política de estado, y esta responsabilidad no es únicamente del gobierno sino de cada uno de los que decimos llamarnos colombianos, y de todos los sectores que integran la sociedad del país. La paz comienza en la familia, en construir valores como el respeto y la tolerancia entre nosotros mismos. Debemos aprender de nuestra propia historia, pues como diría el adagio popular, “no hay peor ciego que el que no quiere ver, ni peor sordo que el que no quiere oír”. No tenemos alternativa: O construimos futuro, o la esencia del estado desaparece como está ocurriendo en algunas regiones del mundo, como por ejemplo en el Oriente Medio.

(*) Profesora universitaria y ex diplomática