1 de marzo de 2021
Directores
Orlando Cadavid Correa
Evelio Giraldo Ospina

Evocando a tres directores de la vieja guardia

Autodidacta. Periodista de largo aliento formado en la universidad de la vida. Destacado en cadenas radiales, diarios nacionales y co-fundador de medios como Colprensa y el diario digital Eje 21. Formador de buenos reporteros en Manizales, Bogotá y Medellín.
19 de junio de 2016
Por Orlando Cadavid Correa
Por Orlando Cadavid Correa
Autodidacta. Periodista de largo aliento formado en la universidad de la vida. Destacado en cadenas radiales, diarios nacionales y co-fundador de medios como Colprensa y el diario digital Eje 21. Formador de buenos reporteros en Manizales, Bogotá y Medellín.
19 de junio de 2016

Contraplano

orlando cadavid

Por Orlando Cadavid Correa

Una mañana se apareció en la sede de El Espectador, en el Medellín antañón,  un joven en busca de su fundador y director, don Fidel Cano Gutiérrez, para que le pusiera de su puño y letra, en una postal, una bella estrofa para su novia.

Sencillo, descomplicado y generoso, el patriarca le dio gusto al muchacho. Pasados 90 días, el Casanova maicero volvió con otra tarjeta:

– Don Fidel, ¿tiene la bondad de autografiar aquí?

– Hombre, ¿más tarjetas para esa novia?

– No, señor, es para otra; pero ahora sí es de veras.

– Bueno, pues siendo de veras, le escribo.

Y le escribió. Le decía a la chica eso, que ahora sí es de veras y tal.

En esos días volvió el mismo joven:

– Don Fidel, una tarjeta.

– Hombre, por Dios, hará tres meses que le escribí. Se le aburre la novia.

-No, señor, no tenga cuidado. Es otra.

Y don Fidel procedió a escribir: “Señorita: el señor H. dice quererla a usted mucho; pero yo no respondo por ese cliente, porque me ha hecho quedar mal dos veces. Resuelva usted lo que le parezca, que yo no le garantizo ni en verso, ni en prosa. (firmado) Fidel Cano”.

Se supone que el farsante Romeo paisa se quedó sin su Julieta y que jamás volvió a asomar sus narices por los talleres de El Espectador, que funcionaba pobremente en la llamada “Calle del Codo”, en el centro de la Villa de la Candelaria.

Los humoristas de antaño. El ex director de LA PATRIA, Silvio Villegas, siempre describió el humorismo como uno de los géneros literarios más difíciles por los grandes peligros que entrañaba. En su sentir, los pueblos primitivos apenas alcanzaban a ser sarcásticos. Señalaba que la ironía, en cambio, era la flor de las civilizaciones decadentes. Planteaba que cada vez era más escaso el número de humoristas en el país y que su éxito dependía del capricho y de la moda. Se refería al cronista Carlos Villafañe, Tic Tac, uno de los escritores más leídos de su tiempo, que a la postre bajó su producción y su éxito fue muy reducido. No ahorró aplausos para sus coterráneos Rafael Arango Villegas, a quien llamó escritor de gran linaje y humorista de inagotable ingenio, y Roberto Londoño Villegas, el irrepetible Luis Donoso, quien comenzó escribiendo poemas románticos a novias desconocidas, y se trasteó a unos tremendos versos humorísticos que fueron de gran impacto en el país. Alabó don Silvio a otros exponentes del buen humor como Luis Yagarí, Fray Lejón, Julio Abril y Lucas Caballero Calderon, Klim.

Un consejo sobre ruedas. Hace unos 70 años el ex canciller Fernando Gómez Martínez les daba a sus lectores en sus páginas del diario El Colombiano esta sencilla lección para que ingresaran a la sociedad de consumo:

“El automóvil va siendo un elemento de primera necesidad. Tenerlo probablemente no es índice de riqueza, pero no tenerlo sí es señal de pobreza.

Además, el auto constituye la suprema elegancia. Por eso es también la suma de aspiraciones que en materia de equipo o de ajuar de una casa puede tener una familia. Esas aspiraciones, es natural, van en graduación ascendente y van también de lo necesario a lo útil y de lo útil a lo voluptario. Una familia pobre se contenta con tener una Singer; después aspira a tener una victrola común; enseguida, cuando ya va mejorando la suerte, ortofónica; más tarde, piano, y posteriormente, como remate de todo, automóvil. Anteriormente la suma aspiración era un buen coche de lujoso tronco. Y a fe que aún hoy es lujo y elegancia tenerlo. Pero el vértigo de la velocidad va llenándolo todo.

La apostilla: En su libro ‘Fuegos fatuos’, publicado en 1938, el ex ministro y ex gobernador antioqueño Fernando Gómez Martinez sostenía que “hasta el olor a gasolina va siendo cuestión de elegancia. Según el chiste de la época, un cachaco que se las da de elegante perfuma su pañuelo de gasolina para que las chicas crean que tiene automóvil”.

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