17 de mayo de 2022
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26 de abril de 2016
Por Hernando Salazar Patiño
Por Hernando Salazar Patiño
26 de abril de 2016

hernando salazar

Me pregunto. ¿Es verdad todo esto? ¿Es una verdad parcial? ¿Qué concepción de vida humana, de poder, puede tener un individuo así? De verdad, son gajes de la «guerra»? ¿En qué cartilla «política» se ordenan o se permiten acciones de estas para buscar la justicia?  ¿Es lo que tenemos que pasar por alto, lo que tenemos que perdonar y ojalá olvidar? ¿Los subalternos de este tipo saben hacer otra cosa o aprendieron hacer otra cosa que matar? ¿Cómo podrán relacionarse con la sociedad civil? Sí, lo perdonamos, lo perdonan sus víctimas, pero es que va a pedir perdón? Y sobre todo, ¿se le podrá creer, se le tiene que creer en aras de la reconciliación? ¿Cómo hace un individuo así para reconciliarse consigo mismo? ¿Para sentirse bien y olvidar? Y en verdad, ¿cómo y para qué se le perdona si ni siquiera está arrepentido? ¡Si además, cree o dice que lo que hizo está bien, que no tiene nada de qué arrepentirse, porque son «revolucionarios políticos»?

¿Puede demostrarse cómo cada uno de estos actos los acerca o acercaba a la toma del poder, a la auténtica democratización que necesita el país, a la anhelada igualdad de todos y de justicia para los excluídos? Hay un qué y un cómo y un dónde y un quién o quiénes en estas acciones. Pero ¿hay alguien, un politólogo, un Molano, un analista político con mínimas nociones de axiología, que me responda el por qué y el para qué de cada una de ellas? Pero de manera coherente, es decir, confrontándolas con las doctrinas marxistas-leninistas, con los proyectos revolucionarios de la historia, con el texto ideológico que aclare que no son acciones criminales sino políticas. Y por lo tanto, necesarias para la finalidad del proyecto político. Ojalá con ejemplos de las revoluciones, de las  triunfantes, o también de las fracasadas. Teniendo en cuenta el avance en los derechos humanos en todas las constituciones. No basta con decir, que como en todos los «conflictos» se cometen «errores», sin explicar en qué consistieron, qué falló,  y cómo los corrigieron. O los evitaron en lo sucesivo.

Un individuo como éste, ¿será capaz de integrarse con la comunidad humana? ¿Podrá hacer campaña con su idea de libertad para todos y de respeto por el otro, por el que piensa distinto, o convencer a que piensen como él? ¿A que se aplique la justicia como él la ha aplicado? ¿Va a cambiar entonces de ideología, de convicciones, o siquiera de modo de ser? ¿Todos los adagios populares como «vaca ladrona…», «el que a hierro mata…» y mil más ¿perderán realidad y sentido? Muchos de estos son prejuicios. ¿Vendrá una Colombia desprejuiciada y sin odios, porque los que han odiado ahora amarán a su prójimo? ¿O lo respetarán? ¿O le permitirán pensar distinto, oponerse y competirán limpio entre todos? ¿Creeré en esa Jauja?

A los conceptos de justicia aristotélicos, ¿qué nuevo Aristóteles fue el que se inventó la «trancisional»? ¿Puede haber una justicia, transicional, transitiva, transitoria, transaccional? Cómo puede tener un adjetivo o clasificación y seguir siendo justicia? Lo de la justicia es para todos ¿se acaba? O también ¿será un episodio transeunte de la historia?

El «Paisa», no es distinto a Márquez, o a Losada, o a Gómez o a los otros. ¿O sí?  Me pueden decir ¿en qué se diferencian como farianos o farucos o revolucionarios o políticos o subversivos o lo que sean? ¿Será cierto que a este individuo le van a satisfacer sus sinceros deseos de paz o los más sinceros todavía de tener las comodidades de La Habana y protegerse antes de que lo mate uno de los suyos? Porque nuestro ejército quedó impedido. ¿Será más  que los otros o menos, dentro de una aritmética moral, política o criminal?

¿Hay algún politólogo que me diga que estoy equivocado si afirmo que las AUC, fueron engendradas, estimuladas en su crecimiento y cambiadas en su estructura política, en su aparecer, en su ser y en su hacer, por las Farc? ¿Que el Paramilitarismo fue su réplica? ¿El envés de un mismo accionar sangriento, genocida, mostruoso, unido o separado alternativamente alrededor de un nudo gordiano llamado Narcotráfico? El que nadie ha desatado ni desatará en un futuro próximo, pero que la firma de esta paz que no es ni será la Paz, hará surgir otros Úsuga (y ya los deben tener escogidos o hablados) que serán los testaferros a los que se les cederá el negocio para su administración, su multiplicación (no bombardearán sus zonas de influencia, porque vivirán «todos en paz»), el cuidado y la entrega de su rentabilidad.

Insisto, son los conceptos de vida humana, de libertad, de justicia social, de igualdad social, de lo colombiano como sinónimo de alegría y solidaridad, de lo propio y lo ajeno, de lo bueno y lo malo, los que destruyeron los jefes de las Farc, los degradaron, los distorsionaron, especialmente para las nuevas generaciones. Son los que durante cincuenta años, o por lo menos, desde los años 80, con el narcotráfico, que tergiversó la búsqueda de una revolución social en Colombia y la volvió un pretexto «político» para criminalizar su accionar y hacer crecer un negocio capitalista clandestino. Los jóvenes guerrilleros que han integrado sus filas en las últimas décadas, lo hicieron por la fuerza o la amenaza para los suyos, por la presión, por las promesas, por el aprovechamiento de su ignorancia o desamparo o por no tener alternativa. Ninguno por convicción revolucionaria, la prueba es el analfabetismo  generalizado en sus bases. Han aprendido a deletrear solo el alfabeto de la muerte.

Sí, se firmará en La Habana cuando las Farc lo quieran, cuando se hastíen de la muelle vida habanera después de vivir en la selva, pero ya adaptados a la vida de ciudad. Habrá menos muertos por el llamado «conflicto» (palabra que nunca he  entendido a ciencia cierta, e igual, entre quiénes se presenta o se dió, si discrimino las víctimas y su origen social), es probable y ojalá, los que según las estadísticas han disminuido, pero también esa causa es la que menor número de muertos deja dentro de la totalidad luctuosa y criminal del país. Es mejor que se dispare menos, que no se dispare y eliminar una causa de perturbación, de tristeza, de desplazamiento, de injusticia, de dolor y de pobreza. Pero esa no será la paz, ni la Paz que queremos, ni la Paz social.

Nos exigen demasiado por esta paz pequeñita, esta pacesita que tiene un no se qué de mentirosa, de falsa, quizá porque no es la verdad, la claridad o la sinceridad, características reconocidas de los que la van a suscribir, sino que tienen fama de lo contrario y hay pruebas para demostrarlo. Tenemos que dar mucho, la sociedad cede muchísimo más de lo que recibe a cambio. Por ejemplo, ver que Colombia es un país en el que no se hace ni se hará justicia. Justicia en la que creer, confiar, sentirse seguro. Sin discriminaciones.

Sí, que se firme ese tratado. No creo en el proceso, solo creo en la paz o aspiro a tenerla en el país. Es mejor una paz mentirosa que la verdad de la sangre. Aunque no sé si este puede ser un planteamiento válido. Pero ser conscientes de ello, porque ese proceso se sustenta sobre bases muy porosas, que no ofrecen credibilidad y que no pacificará los espíritus. La inequidad social seguirá, Colombia no superará el estar entre los países más inequitativos del mundo, Buenaventura seguirá en su desventura y se la seguirá desairando para cumbres sobre el Pacífico, la explotación de la riqueza de nuestros metales e hidrocarburos se le seguirá entregando al capital extranjero «que no tiene alma ni tiene corazón» y nada le importan los ríos, ni el verde del trópico, ni los tesoros ecológicos con los que nos dotó la Naturaleza o la Providencia.

En los años 60 y 70 mis profesores Diego Montaña Cuéllar y Alvaro Pérez Vives o Hernando LLanos enseñándonos el marxismo, revelándonos en su libros y en su clases esas «venas abiertas», cada vez más anchas y más rotas en nuestro territorio, justificaba para casi todos los jóvenes irse al monte o por lo menos, nos explicábamos el porqué y el para qué de esa opción. La revista «Alternativa» desnudaba las trapacerías de las castas políticas y oligárquicas. Hoy siguen las mismas, en sus herederos, cada vez más ricos, cada vez más poderosos. Todo esto ¿para sacralizar una mentira? ¿Hay quién me explique, por qué todos los movimientos revolucionarios de América Latina se originaron y se extinguieron y los de las Farc y el ELN tienen medio siglo? ¿Las Farc son capaces de absolver esta pregunta? ¿Histórica, sociológica, política, o éticamente? ¿Una moral revolucionaria sí daba para tanto? Los explotadores, las clases oligárquicas y opresoras, las injusticias, las desigualdades, la falta de democracia, estos problemas ¿era más agudos aquí que en cualquier otra parte? ¿Que en los otros países que padecieron dictaduras militares, regímenes de terror, opresivos a más no poder? No, una hipótesis, verificable, es que con el narcotráfico, el estar armados, vivir en la selva y accionar contra ejército, policía y civiles, con toma de pueblos y avances territoriales, se les volvió una forma de vida, por no conocer ni querer o poder tener otra distinta. A menos que a los jefes se les ofreciera lo que pidieran y un poco más, y que encontraran un Presidente que tuviera apetitos más allá de la firma de unos acuerdos y que con la firma misma pudieran ser satisfechos.

La otra hipótesis es que instauraron la depreciación de la vida, porque utilizaron medios injustos para fines inexistentes, nada revolucionarios o modificadores de una situación o realidad social, que nunca tuvieron ni tienen una política para un fenómeno universal como el de las drogas, que esa violencia que se lee en los medios y en los comentarios de los blogs, es por el clima ´psicológico y social que crearon, las guerrillas utilizando la violencia sin un fin claro, ni político, ni social, ni justo, sino para sentirse fuertes o hacer saber que lo siguen siendo, y todos los que se les han opuesto con las mismas o peores armas, ejército, paramilitares, terratenientes a combatirlas o competir en cuáles más violentos, sin que el colombiano medio pueda establecer la diferencia. Ni tampoco el politólogo ilustrado, a menos de que haga sofística.

¿Enfrentará «El Paisa» a sus víctimas, les explicará cada una de sus acciones, les dirá por qué asesinó a cada uno de sus muertos, les explicará por qué para él eran inevitables esas muertes, e imposible y peligroso el que siguieran viviendo?

Claro que esto que escribo a propósito de Hernán Darío Velázquez Saldarriaga lo hago pensando en todos y cada uno de los miembros de las Farc, en los que «echan bueno» en La Habana y en los que siguen en el monte. Y es para todos la misma exigencia, de que me resuelvan siquiera la mitad de las preguntas, para no perder del todo la esperanza. Y para poder defender este proceso y desear que culmine, así sea la firma de dos élites y no de dos comunidades, como yo la hubiera deseado, de la comunidad o las bases guerrilleras con representantes escogidos por ellos mismos y la comunidad de víctimas, que es casi todo el país -menos los que redactaron, y que aceptarán y firmarán los acuerdos.

Las preguntas finales. ¿Sí valió la pena o tendrá alguna explicación ante la historia, el que se hayan causado tantas muertes, tanto sufrimiento, tanto abandono, tanta pobreza, tanta injusticia, tanto desprestigio internacional, y durante tanto tiempo, para este pobre resultado? ¿Para que la realidad nacional siga igual o cambie muy poco? ¿Para llegar a un congreso despreciado por casi todos los colombianos y que con la llegada de los señores de La Habana a esa rama del poder ( así a las demás ramas), no será más estimado sino, probablemente, más despreciable?

Si ya las próximas generaciones colombianas están condenadas por anticipación, a que sus próximos presidentes sean los Santos, los Cárdenas, los Gavirias, los Galanes, los Barrera y similares, tanta sangre derramada, tantas víctimas sacrificadas, y la firma del Proceso de paz, cambiará al país? ¿Se dará una transformación social? ¿La justicia será más justa? ¿Los ricos menos ricos y los pobres menos pobres? ¿No se volverá a afectar la biodiversidad y seremos más ricos todavía en flora y fauna?  Si para esto, que no necesita comunismo, sino voluntad política, transparencia y verdad, ante todo verdad, es que va a servir esa paz que nos mantiene en trance, bienvenidas y pronto, las firmas. De no se así, se tratará de una comedia costosa, ni siquiera gatopardiana, porque seguiremos lo mismo y seguro que peor, sin haber cambiado nada.