25 de mayo de 2022
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EL *PAISA» EN LA HABANA, EL DOLOR EN COLOMBIA

26 de abril de 2016

La Jurisdicción Especial para la Paz deberá encargarse de que la verdad y la reparación que el “Paisa” y sus cómplices aporten sean sólidos y suficientes para satisfacer a las víctimas, que sólo así podrían aceptar unas penas reducidas o, incluso, eludidas.

La paz se hace con los enemigos, con aquellos que nos han causado mucho dolor y a los que resulta muy difícil perdonar. De lo contrario, no habría conflicto y el Gobierno no se hubiera desgastado tanto todos estos años de negociaciones con las Farc en La Habana, ni tampoco estaría teniendo tantas dificultades para consolidar los diálogos con el Eln. Por eso la llegada a Cuba de Hernán Darío Velásquez Saldarriaga, alias el Paisa, comandante de la columna móvil Teófilo Forero de las Farc, para sentarse a la mesa, aunque con toda razón revuelva el sufrimiento de muchos colombianos, debe verse como una señal positiva. Con él a bordo, un acuerdo más sólido parece al alcance de la mano.

El Paisa aterriza precedido por su reputación y por una condena de 38 años y tres meses de prisión por homicidio agravado en persona protegida, tentativa de homicidio y terrorismo. Justo ayer, la Sala Penal del Tribunal Superior del Huila ratificó esa pena por considerar probado que el Paisa planeó y ordenó el atentado contra el exgobernador Jaime Lozada Perdomo en diciembre del 2005. No es la única sentencia en su contra. También tiene pendientes 40 años de cárcel por ser el principal responsable del atentado terrorista contra el Club El Nogal en Bogotá, en 2003, el cual dejó 33 muertos. Además, la justicia le atribuye varias tomas guerrilleras a poblaciones, como la de Miraflores en el Guaviare y El Billar en el Caquetá, y es responsabilizado de numerosos asesinatos, atentados y secuestros contra personalidades públicas y civiles, como el homicidio de Diego Turbay Cote y su familia, y el secuestro de los 12 diputados del Valle del Cauca. Su expediente se remonta a los 80, cuando estuvo al servicio de Pablo Escobar como sicario.

Por todas estas razones, las Fuerzas Militares lo tenían como principal objetivo y han sido muchos y costosos los operativos que se han emprendido para eliminarlo. Infructuosos todos. Allí seguía operando con su máquina de terror, hasta ahora que llega a La Habana. Como ya dijimos, la paz se hace con los enemigos.

Son entendibles las reacciones fuertes que ha causado su llegada a la mesa de negociación. El representante a la Cámara Jaime Felipe Lozada, quien fue secuestrado por el Paisa, dijo que le causa “dolor, indignación, que nuestro victimario hoy se encuentre en La Habana, burlándose de las víctimas”. Aunque él mismo planteó la actitud que necesita el país: “Esperamos que esto contribuya para que la firma de la paz sea lo antes posible”.

Uno de los grandes miedos que se han mantenido vivos frente al proceso es la posibilidad de que ciertos bloques de las Farc no se vinculen al acuerdo, quedando armados y en pie de guerra aun después del cese definitivo de hostilidades. El Paisa es clave en esa discusión, pues es el eje militar y el más vinculado con negocios ilegales como la droga o la minería ilegal. Su llegada, entonces, resulta ser una buena señal que indica varias cosas: primero, que el eventual acuerdo va a contar con apoyo de diversos sectores dentro de la guerrilla; segundo, que en efecto estamos cerca de la firma final, pues ya se está discutiendo uno de los temas más complejos del posacuerdo (la protección a los integrantes de las Farc que se desmovilicen), y tercero, que el Gobierno también se siente confiado en que el progreso conseguido ya no tiene vuelta atrás.

Claro, la firma de un acuerdo en Cuba no se va a encargar de suturar y sanar las heridas abiertas que personajes como el Paisa le han causado al país. Si algo, su presencia en la mesa y la reacción de la población reafirman que los mecanismos de justicia transicional son una pieza esencial si Colombia quiere tener alguna esperanza de reconciliación y tranquilidad. La Jurisdicción Especial para la Paz deberá encargarse de que la verdad y la reparación que el “Paisa” y sus cómplices aporten sean sólidos y suficientes para satisfacer a las víctimas, que sólo así podrían aceptar unas penas reducidas o, incluso, eludidas. El camino hacia el perdón es largo y difícil, pero si se hace bien, puede servir de base sólida para construir un nuevo país.

EL ESPECTADOR/EDITORIAL