17 de septiembre de 2021
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«Doctores» de la descortesía y el despiporre humano

18 de abril de 2016
Por Jairo Cala Otero
Por Jairo Cala Otero
18 de abril de 2016

Por: Jairo Cala Otero

jairo calaA los dos artículos que en otra época escribí sobre la que entonces llamé «doctoritis aguda» de muchos colombianos ─ extraña enfermedad de farolería que padecen muchos de mis compatriotas ─ hoy agrego otro comentario sobre el tema. Pero esta vez más centrado en los adjudicatarios de un cartón universitario, que asumen conductas tan vergonzosas, pueriles y mezquinas, que dejan al nivel de las alcantarillas la «formación superior» que recibieron en las universidades. Los muchos que se hacen llamar «doctores» apenas tienen un título de pregrado universitario; un doctorado es cosa seria y de muchos años de estudio e investigación científica.

Su postura encopetada y la falta de sindéresis en sus actuaciones deja a tales inflamados de egocentrismo «en la cochina calle», como solían decir los abuelos del ayer. Un turbión de prepotencia los pone por encima de todo y de todos, y eso los hace presa de equivocada interpretación de la esencia del título académico que ostentan y muestran colgando de una puntilla en una pared, ya de su oficina, ya de su casa. Humildad en cero es lo que más se nota. Y de allí devienen el arribismo y la creencia estulta de que esa «doctoritis» de la que hacen gala los vuelve seres diferentes, aves de más alto y largo vuelo; o ejemplares omnímodos dotados de facultades irrepetibles a los que los demás deben hacer venias y genuflexiones. ¡Ninguna equivocación tan palurda como esa!

Como cualquiera que haya leído hasta aquí pudiera pensar que este artículo es una diatriba sin sustento, o un agravio generalizado que sacudirá el «humilde» corazón de tantos que hicieron esfuerzos para graduarse (¿cuál meta no conlleva esfuerzos?), repasemos juntos algunos episodios comunes. Quizás así aquellos vanagloriados se puedan sintonizar con la cruda realidad.

  • Hoy, cuando sobran medios para comunicarse, lo que más cunde es la descortesía. No se responden los mensajes personales, o si se hace, ellos llevan un sello característico: agresividad en las palabras para el destinatario del mensaje. Sin embargo, esos «doctores» dijeron que iban a la universidad a «formarse» para la vida. Lo que no explicaron fue qué clase de vida tenían intención de formar, ni cuál vida iban a proporcionarles a sus semejantes.
  • La soberbia los empuja a emitir juicios que no solo violentan a otros, sino que llevan una dosis de rustiquez y bajeza. Para una muestra, por ejemplo, el «botón» que lució la representante a la Cámara María Fernanda Cabal, militante del Centro Democrático, quien a pocas horas de fallecido el nobel Gabriel García Márquez la emprendió con odio en su contra. Todo porque ella no simpatizaba con Gabo. ¡Vaya pecado el del escritor: no ser moneda de oro! La fulana pronosticó que el escritor, junto con Fidel Castro (su amigo), estaría pronto en el infierno. ¡Esa actitud es un deshonor para semejante apellido! No parece estar en su cabal humano la señora. Esa diatriba debió habérsela dicho en vida, hermana, en vida. (Como sugiere el poema de Ana María Rabatté y Cervi). ¿Cómo habría reaccionado la señora Cabal ante la respuesta del escritor, que no es difícil de imaginar?
  • Hay «doctores» que libran batallas psicológicas, verbales y hasta físicas contra aquellos a quienes clasifican como sus contendores en empresas, universidades, asociaciones, lugares públicos y otros escenarios. El lenguaje guasón, en unos casos, y de alcantarilla, en otros, se añade al descarrilado cuadro conductual de los susodichos. En una sociedad de ingenieros que yo conozco hubo una vez un zafarrancho tal que un prepotente directivo descargó una de sus agresivas manos sobre el rostro de una de sus colegas. Una, sí; la víctima fue una mujer. ¿No dicen que una mujer no se toca ni con el pétalo de una rosa? ¿A tal energúmeno y perturbado mental no le enseñaron en su casa tan elemental principio? Posiblemente la haya oído; pero no la ha escuchado ni internalizado en su testa no tan ingeniosa. Es posible que, desde entonces, sus colegas ingenieros y demás sospechen cómo es su relación con su esposa e hijos.
  • Otra vez, por mi oficio de reportero, conocí el caso de una mujer gañán, de quien su marido decía que tenía título de abogada (mi información indica que apenas había estudiado cuatro semestres de Derecho). «Levantaba» a gritos la empresa de su esposo ─ en donde ella fungía como administradora ─ para hacerse notar; sobre todo, cuando había visitantes. Y de su boca salían palabras de gran calibre que rebotaban entre las paredes. Palabras que la herían también a ella, porque ningún día lograban sus colaboradores escucharle una palabra o una frase corta con sentido amable, cordial o cariñoso. Eso sí, en menos de un año su cabellera negra se fue tiñendo de blancos entreverados, o sea, con «rayitos naturales» que ella misma se aplicaba diariamente con sus explosiones de iracundia y grandeza autoinfligidas. Pero los empleados estaban obligados a llamarla «doctora». ¿Doctora en qué? No se alcanza doctorado alguno en rustiquez.
  • Cómo no citar el caso de bandidos que cambiaron el diploma universitario por un cartón más vistoso: el que cuelga de sus cuellos, con número del registro judicial, cuando fueron reseñados por las autoridades como corrompidos y antisociales miembros de la sociedad que los toleró, les dio oportunidad y los declaró algún día «doctores». ¿Se acuerda usted de algún nombre, o de algunos apellidos en particular? ¿En serio? ¡Felicitaciones! ¡Sí, esos son! Preguntaba porque como muchos sufren de amnesia… (No hace falta mencionar a esos bastardos que han puesto el nombre de Colombia al nivel de los desagües de aguas pútridas).
  • No lejos de los anteriores se ubican aquellos que están enfermos de lo que se podría llamar «vacío emocional de figuración». Pregonan por doquier que son «doctores», y exigen que cuanta persona se cruce en su camino anteponga el desprestigiado apelativo «doctor» a su nombre de pila. Cuando no obtienen complacencia para su encumbrado ego reaccionan como guaches, altaneros y patanes. ¿Y la educación que ‘compraron’ en la universidad en dónde la empeñaron? Se nota a las claras que no la recibieron, apenas tuvieron instrucción sobre lo que los prepararía para trabajar y les alcanzaría un cartón para exhibir en una pared. Aunque, regularmente, su desempeño profesional es similar a su desempeño asocial. ¡Deja muchas dudas!

Para terminar: ningún título universitario, nobiliario o de funciones públicas y privadas es capaz de superar la igual condición que como humanos todos poseemos; tampoco es un pasaporte o una licencia para demeritar, vapulear o destruir moralmente a nadie, por más sencilla que sea la persona (al revés, la grandeza la tendrá siempre el agredido). Ni un título universitario puede asimilarse por quien lo posee a un narcótico, que hace alucinar y creer al consumidor que es «de mejor familia», como dicen algunas señoras.

En lugar de ese agrandamiento insulso de la «doctoritis» es mejor «la señoritis». Sí, porque es mejor ganarse el título de señor y de señora que ese de «doctor guache», desacreditado hasta el hastío.