24 de mayo de 2022
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Carmelina Soto en el tiempo

Columnista de opinión en varios periódicos impresos y digitales, con cerca de 2.000 artículos publicados a partir de 1971. Sobre todo, se ocupa de asuntos sociales y culturales.
8 de abril de 2016
Por Gustavo Páez Escobar
Por Gustavo Páez Escobar
Columnista de opinión en varios periódicos impresos y digitales, con cerca de 2.000 artículos publicados a partir de 1971. Sobre todo, se ocupa de asuntos sociales y culturales.
8 de abril de 2016

gustavo paez

Carmelina Soto nació en Armenia el 31 de octubre de 1916, y 77 años después –el 18 de marzo de 1994– murió en la misma ciudad. Salvo pasajeras ausencias, gran parte de su vida transcurrió en su patria chica, donde la conocí en la década del 70.

Siempre quiso nacer y morir en Armenia, porque en su alma palpitaba la esencia de la comarca que había definido un estilo independiente y altivo, como era el propio espíritu de la poetisa. En el soneto Mi ciudad, así le canta a su tierra: “Y nació mi ciudad en sol bañada, / los pies en tierra aurífera y oscura / y una perenne vocación de altura / en la límpida frente iluminada”. 

Llevaba en la sangre el brío de los colonizadores antioqueños que irrumpieron en el Quindío para crear una región airosa y productiva. Su padre estuvo presente en la fundación de Armenia y murió cuando ella tenía dos años de edad. A su madre la perdió a los catorce años. No es aventurado pensar que la orfandad temprana marcó tanto su vida como su obra poética.

Este es el año de Carmelina. El centenario de su natalicio. Se dice que una obra solo puede valorarse en la justa medida veinte o veinticinco años después de muerto el autor, y ella se fue del mundo hace veintidós años. Para celebrar la efeméride, el sello editorial Red Alma Mater (Sistema Universitario del Eje Cafetero –SUEJE–), con sede en Pereira, publica el libro Poesía reunida, que abarca la obra completa de la escritora y ofrece reflexivos estudios para juzgar su calidad.

Es el séptimo título editado dentro de la serie Clásicos Regionales. Un grupo de trabajo de la Universidad del Quindío, compuesto por Carlos Alberto Castrillón, Yeni Zulena Millán Velásquez y Luis Fernando Suárez Arango, se encargó de ahondar en el legado poético y presentar variados análisis que permitirán justipreciar este patrimonio regional.

Carmelina publicó tres libros de poesía: Campanas del alba (1941), Octubre (1953) y Tiempo inmóvil (1974). En 1997, Fiduciaria Cafetera –Fiducafé– publicó varias de sus poesías en el libro Canción para iniciar un olvido. En el 2007 se conoció su obra póstuma: La casa entre la niebla.

No es abundante la crítica sobre su creación literaria, toda vez que las ediciones eran de poca circulación. No obstante, voces autorizadas manifestaban su admiración por esta poesía de provincia que al paso de los años tenía cada vez más eco en el ámbito nacional. Según algunos críticos, se trata de la expresión más alta y personal en la poesía colombiana del siglo XX.

Javier Arango Ferrer dijo que “Carmelina Soto y Meira Delmar son la más certera dualidad poética de Colombia”. Lino Gil Jaramillo declaró en 1975: “Voz lírica de auténtica entonación, sin tintineos de cuentecitas de vidrio”. Por su parte, Rogelio Echavarría anota en su libro Quién es quién en la poesía colombiana (1998): “Su voz es independiente, rebelde, personal, y supera las modas con su claridad, hondura y expresividad”.

En el momento actual, el crítico Carlos Alberto Castrillón comenta, al tiempo que reconoce la valía de los poemas, que “su estatus dentro de la literatura colombiana es aún incierto”. Quizás –pienso yo– no ha existido suficiente empeño de los críticos y los lectores para estudiar su obra. Falta otra valoración.

Por lo mismo que ella era de trato difícil (aislada, huraña, desdeñosa, de genio acre), causaba resistencias para llegar a su poesía. Ignoraba los nuevos valores poéticos de la región y solía buscar conflicto con los antiguos. Huía de la publicidad y no se preocupaba por la edición de sus libros.

Silenciosa, introvertida, apática, discurría por las calles de Armenia (como la vi muchas veces) como una sombra arrastrada por el viento, con aire lejano y el ánimo arisco. Prendas características suyas eran la boina y la bufanda, que enmarcaban su silueta singular. Esto tiene una explicación: su niñez desamparada dejó profundas cicatrices en su personalidad.

Los traumas y desajustes del carácter nacían, cómo no, de sus días de orfandad. Ella se conocía muy bien, y así se pintó en el poema Autorretrato (uno de los mejores de su obra): “Hambrientos y sedientos de la vida, / unos ojos en pleno desamparo. / Y en los labios un gesto… un rictus raro / de sonrisa banal y descreída”. En el mismo poema habla del “melodioso corazón avaro”. No se necesitan más palabras para definir su aspecto físico y la desazón de su carácter.

Nació en plena conflagración de la Primera Guerra Mundial, hecho fortuito, claro está, pero que por algún extraño designio parecía influir en el desasosiego de su alma. Carmelina era explosión y llamarada, lejanía y soledad, canción y arrebato.

Impregnada de tales sustancias anímicas y ambientales, su corazón habló el idioma  de las emociones. Se levantó sobre el mundo adverso que le tocó vivir y escribió su mensaje vehemente –diáfano, definidor, visceral–, a veces con el zumo amargo de la desdicha y otras con el aroma fresco de la rosa.

La palabra rosa campea en su obra como un hálito vital: la repite más de cincuenta veces en sus libros, y no contenta con ello, le agrega epítetos inequívocos: rosa leve, rosa iluminada, rosa-fuego, rosa sencilla, rosa indolente, rosa noctámbula, breve rosa, rosa iluminada, rosa silenciosa, rosa desmayada, rosa perenne…

“No llamo la atención con mi figura / y paso de las gentes muy lejana / al desgaire el cabello y el vestido” 

Esta afirmación, o este autorreproche, están acentuados en el poema Autorretrato. Esa era Carmelina en su vida corriente. Esto no se oponía a que en ocasiones especiales cambiara su atuendo habitual, para embellecer su estampa. Entonces afloraba el toque femenino y se convertía en dama elegante. Quizás en esos momentos volvía a ser la lejana novia que fue de Humberto Jaramillo Ángel, cuando los dos coincidieron como profesores en una escuela rural de Calarcá, llamada La Albania, antes de que ella despertara a las pasiones de Safo.

En noviembre de 1974 la acompañé con mi esposa a una velada cultural que José Restrepo Restrepo, director de La Patria, le tributó en Manizales para escuchar de sus labios algunos de los poemas del libro Tiempo inmóvil, que acababa de salir a circulación. La transportamos en nuestro vehículo.

Una amiga suya de Calarcá le prestó valiosas joyas para exhibir en aquel acto solemne. Ataviada en forma estupenda, tanto con el traje, como con el peinado y las joyas, era otra la Carmelina de ese momento. Dejaba de llevar al desgaire el cabello y el vestido… 

Al día siguiente regresamos a Armenia. Mientras yo timbraba en el edificio donde ella vivía, vi, de repente, que un par de muchachos se apoderaban de un bolso que Carmelina había dejado en el borde del andén. Los pillos se echaron a correr y pronto desaparecieron de nuestra vista. En el fondo del bolso, y cubiertas por algunos objetos menores, iban nada menos que las joyas.

La angustia fue grande. De pronto, sentí un pálpito extraño: creí que iba a localizar al par de ladrones en una zona peligrosa de la ciudad. Y así sucedió. Cuando los tuve cerca, ellos advirtieron mi presencia y emprendieron la fuga. Como el bolso los incomodaba, lo tiraron al pavimento. ¡No se habían enterado del tesoro que llevaban escondido en el fondo del bolso! Y supongo que nunca lo sabrán, pues serán malos lectores y no conocerán este artículo.

Con esta crónica curiosa e inédita, ocurrida hace 42 años, describo la metamorfosis que puede vivir cualquier persona. De paso, rindo honor a su memoria. Quizás Carmelina escuche el relato desde su descanso en el parque Sucre de Armenia, donde una placa de mármol protege sus restos junto con su poema a la ciudad nativa.

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