17 de septiembre de 2021
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Vuelta a la vida de una anciana que moría

27 de enero de 2016
Por Jairo Cala Otero
Por Jairo Cala Otero
27 de enero de 2016

Testimonio

Milagros ocurren por doquiera. Pero cuando uno de ellos toca nuestro espíritu y alienta nuestra vida, brota un manantial de luz, y la fe en el poder del Señor se acrecienta.

Por: Jairo Cala Otero

jairo calaFue preciso poner debajo de su pesado cuerpo una sábana gruesa, doblada tres veces, para poder transferir a la anciana enferma desde la cama a una camilla, que dos enfermeros habían dispuesto en el corredor de la vivienda. Había perdido su movilidad y su capacidad de expresarse oralmente; y una agresiva diarrea, precedida de elevada fiebre la noche anterior, la habían convertido en moribunda. Observarla producía profunda tristeza, pues la luz de sus ojos se había apagado, y su rostro había palidecido. Le quedaban solo jirones de su vida, la presencia de la muerte era más cercana de lo sospechado.

La ambulancia se abrió paso por entre decenas de otros vehículos. Al llegar a la clínica, en el municipio de Floridablanca, fue puesta en observación. Le aplicaron suero y un medicamento para detener la diarrea, que no cesaba y estaba deshidratando su ya menguado cuerpo de 94 años; una infección estomacal hacía estragos. Y una irregularidad cardíaca quería arrebatarle la vida. Por momentos la atormentada paciente quería rechazar el procedimiento, intentaba despojarse de la aguja hipodérmica por donde el suero penetraba en una de sus arrugadas manos.

Al siguiente día de su internación en ese centro clínico, una amiga se apareció allí acompañada de un sacerdote, que ingresó hasta la camilla de la agonizante para administrarle la extremaunción. Pero primero pronunció, con voz fuerte y fe firme, una larga oración de liberación espiritual sobre ella; luego, ungió sus manos y su frente con los santos óleos. Había quedado preparada para el viaje sin retorno hacia la mansión del Creador de la vida. Su acompañante en la clínica, y en casa los demás parientes, oraban con fe porque se cumpliera la voluntad de Dios, y porque Él le concediera a la ancianita lo que le correspondiese en virtud de su discurrir humano. Sin tormentos, aunque con la tristeza pegada al alma por ese momento inevitable, había aceptación de lo que decidiera el Dueño de la vida.

Sin embargo, un hecho maravilloso estaba por suceder. Habrían transcurrido unas tres horas desde que el sacerdote orante abandonara la sala de urgencias de la clínica, cuando una enfermera comunicó a la hija de la paciente que ella sería dada de alta, y que se le suministrarían medicamentos para seguir fortaleciéndola en su casa. Nadie entendía cómo a una viejecita, cuya alma estaba más «allá» que en la Tierra, era devuelta a su casa sin siquiera haberle asignado una habitación del centro médico para seguir atendiendo su quebrantada salud. Pero era una orden irreversible, no hubo nada qué hacer contra ella.

Los minutos siguientes fueron asombrosos. La agonizante, ayudada por su hija y la nuera, dejó la camilla; puso sus pies en el piso, y, apoyada en los brazos de aquellas, echó a caminar lentamente. ¡Había recuperado su movilidad! Las dos mujeres se miraron mutuamente, asombradas. La introdujeron en un taxi y partieron rumbo al apartamento donde reside su hijo. ¡El alma de este se inundó de gran alegría cuando la vio entrar caminando, como antes podía hacerlo! En el rostro de la anciana había renacido el color natural que refleja la presencia de la sangre en los vasos linfáticos, y en sus ojos un brillo de luz la recubría de vida nueva. Sonrió antes de sentarse en el sofá, donde el sueño la dominó a los pocos minutos. ¡La vida había resucitado en ella para la gloria de Dios!

APOSTILLA: Esta historia no fuese creíble, si no fuera porque es el fiel testimonio de una genuina realidad. La anciana enferma, cuya existencia languideció y estuvo a punto de expirar, ¡es mi madre querida: María Antonia Otero viuda de Cala!

No es, por lo tanto, un simple pasaje; es ni más ni menos que la testificación de un milagro del Señor, cuya misericordia acudió a nuestro llamado terrenal. ¡Alabado sea el poder de Dios!

Citas bíblicas:

  1. «… cuando pidan algo en la oración, crean que ya lo tienen y lo conseguirán». (Marcos: 11, 24).
  2. «Esperé confiadamente en el Señor: Él se inclinó hacia mí y escuchó mi clamor». (Salmos: 40, 2).