21 de junio de 2024

Unas pujas por la inmortal “Pollera Colorá”

Autodidacta. Periodista de largo aliento formado en la universidad de la vida. Destacado en cadenas radiales, diarios nacionales y co-fundador de medios como Colprensa y el diario digital Eje 21. Formador de buenos reporteros en Manizales, Bogotá y Medellín.
6 de diciembre de 2015
Por Orlando Cadavid Correa
Por Orlando Cadavid Correa
Autodidacta. Periodista de largo aliento formado en la universidad de la vida. Destacado en cadenas radiales, diarios nacionales y co-fundador de medios como Colprensa y el diario digital Eje 21. Formador de buenos reporteros en Manizales, Bogotá y Medellín.
6 de diciembre de 2015

Contraplano

orlando cadavid

Por Orlando Cadavid Correa

Este par de pequeños episodios giran alrededor del éxito más grande de la música bailable de todos los tiempos, en Colombia, que irrumpió en el mercado de los fonogramas hace la friolera de 53 años, y a estas alturas todavía prende jolgorios  doquiera que se le ponga a sonar a buen volumen.

El reloj de la iglesia de Bello, Antioquia, marcaba en su campanario las seis de la tarde de aquel remoto 24 de diciembre de 1962 cuando dos compradores se trenzaban en una ardorosa batalla por adquirir el último ejemplar que quedaba de la cumbia “La Pollera Colorá”, en el almacén “La Escala Musical”, de propiedad del gran amigo Humberto Moreno.

Mientras un cliente ofrecía pagar el 50 por ciento más del costo real por la apetecida pasta fonográfica en 78 r.p.m., prensado por el sello “Tropical”, de Barranquilla, el otro iba más allá y proponía cancelar el doble por la joya que no podía faltar esa noche en el baile familiar. El más generoso aseguraba que si volvía a su hogar sin el disco, su mujer y sus hijas serían capaces de matarlo.

Cuando los dos contrincantes musicales estaban a punto de intercambiar puñetazos, apareció para ponerle fin al diferendo nuestro hermano mayor Jorge Cadavid, fundador del almacencito, quien nos ayudó a resolver el pleito salomónicamente: “La Pollera” no se le vendería a ninguno de los dos clientes y él se la llevaría para su casa, como en efecto sucedió. Los fallidos compradores se marcharon de inmediato, cada uno por su lado,  rumiando sus respectivos disgustos. Ya era demasiado tarde para viajar a Medellín  a buscar la tan deseada pasta sonora.

Veamos como la feliz empresa creadora de esta inmortal cumbia tuvo un dulce principio y un amargo final. Para componer el popular tema unieron talentos dos costeños que trabajaban bajo la misma carpa: la música corrió por cuenta de Juan B. Madera y la letra salió del magín de Wilson Choperena, quien además le puso su voz al disco. El acompañamiento estuvo a cargo de la orquesta  de Pedro Salcedo. Se grabó en marzo de 1962 y se publicó en septiembre del mismo año, en la  compañía fonográfica de don Emilio Fortoul, en la capital del Atlántico. La joya de la corona discográfica terminaría con el correr de los años en el catálogo de don Antonio Fuentes.

“La Pollera” no solo puso a pelear a los dos disco-compradores de Bello sino también a Madera y Choperena, los autores, en su orden, de la música y de la letra de la composición, registrada en una notaría de Barrancabermeja el 24 de octubre de 1962. El trámite legal se hizo en el puerto petrolero durante una serie de presentaciones que hacía el conjunto de Salcedo en tierras santandereanas.

El músico Madera demandó penalmente y consiguió que la justicia condenara a dos años de cárcel al letrista y cantante Choperena por no compartir las regalías con él. Sayco no sirvió ni para ponerlos de acuerdo. ¿Quién sabe a qué bolsillo de avivato irían a parar los derechos autorales de obra tan sonada desde Méjico hasta la Argentina?

Al cumplir la sentencia que le impuso el Tribunal Superior de Bogotá, Choperena –nacido el 25de diciembre de 1923, en Plato Magdalena— fue diagnosticado con un mal de Parkinson que se lo llevó el 6 de diciembre de 2011, a los 87 años.

Un puñado de músicos costeños empeñados en perpetuar la memoria de los juglares del siglo pasado creó el grupo folclórico “Cumbiamba” con el nombre de “La Pollera Colorá”, que exhibía esta carta de presentación:

“Fuimos bautizados en honor a la más famosa e internacional de las melodías del folclore colombiano.  Según cuentan, un día como a las dos de la tarde, en la calurosa y ribereña ciudad de Barrancamermeja, capital petrolera de Colombia, y teniendo como marco la sombra del estadero «Hawai» estaba Choperena en compañía de unos amigos tomándose una refrescante cerveza. Como haciendo realidad un espejismo, el compositor ve realizarse la figura de la imponente negra Soledad ondulando al compás de sus rítmicas caderas, su airosa pollera de refulgente color rojizo, y totalmente preso de la magia macondiana del momento musicalmente grita a todo pulmón:

«aaaaaaaayy al son de los tambores/ esta negra se amaña/  y al sonar de la caña/ va cantando sus amores/ es la negra Soledad/ la que goza mi cumbia…». Y ahí comenzó la leyenda.

La apostilla: Sin ninguna duda, la baraja de aires colombianos más famosos en el exterior la conforman desde el siglo pasado  “La Pollera Colorá”, de Choperena y Madera; “La Múcura”, de Toño Fuentes; “La Piragua”, de José Barros, y ”El año viejo”, de Cresencio Salcedo.

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