19 de junio de 2024

Montañas con aroma de café

7 de diciembre de 2015
7 de diciembre de 2015

CAFETALES RISARALDA

RUBÉN DARÍO ÁLVAREZ P
El Universal, Cartagena

Después de unos minutos de haber pisado y respirado, por lo menos, un fragmento del Eje Cafetero, uno experimenta la corazonada de que es poco el fomento que de esa tierra se hace a través de los medios masivos de comunicación.

Viendo que, por los menos, el 80% de la publicidad turística televisiva nacional se ocupa del Caribe y sus bondades marinas, uno creería que no sería tan mala idea utilizar las mismas campañas y similar agresividad para hablar de las exuberancias que brotan de la cordillera central, que todavía mucha gente en el Caribe colombiano percibe como algo lejano y difícil de visitar.

Pero no hay tal.

Las montañas de Risaralda están tan cerca que su frescura se siente desde las afueras de Pereira. Su color verde en realidad es de varios colores, una suerte de matices que se van exponiendo a medida que los buses se adentran en la espesura.

Así mismo el aroma de los cafetales, los peñascos de las corrientes fluviales y las sombras que prodigan los colosales árboles que rodean las fincas cafeteras con sus caminos empinados, poblados de mulas, carros camperos y guaduales que se mecen al capricho de la brisa y de las lloviznas repentinas en medio de la mañana.

Comentan los lugareños que el clima siempre ha sido generoso, lo mismo que la tranquilidad y la sensación de que al fin y al cabo la vida no es tan dura como uno suele imaginársela. Siempre hubo campesinos machete en mano, ruanas en bandolera, trepando las montañas, calzando botas o abarcas y arreando bestias con sacos a cuestas.

Siempre hubo guitarras elogiando el abrebocas del día o la pintura plomiza de la tarde. Siempre una taza de chocolate, arepas, chorizos o tragos de aguardiente mojando las recolectas del famoso grano. Siempre, mujeres de rostros luminosos y caderas dispuestas al baile alegre que provoca la música parrandera.

Siempre hubo esa caricia salvaje en medio de las fierezas del invierno o de la brisa libertaria del verano. Siempre ese frío vespertino que obliga a pensar en el pecho caliente de la mujer amada.

Solo que ahora vienen dando frutos las ideas de los nietos y bisnietos de los viejos arrieros. Ellos creyeron –y acertaron– en que todo ese panorama anchuroso y humanamente cálido podía traspasar los ingresos del café limpio, convirtiéndose en una aventura turística que hoy se erige como torre esplendorosa a la espera de que todo el país la alcance.

Deben ser nietos y bisnietos de los feroces arrieros los funcionarios de las gobernaciones y del Fondo Nacional del Turismo (Fontur), quienes se inventaron, enhorabuena, el Fam Trip que anualmente logra reunir a empresarios y periodistas de todo el país en aras de que los atributos del Eje Cafetero se den a conocer en los rincones más insospechados del globo terráqueo.
Para ellos, y para todos los habitantes del planeta, se organiza “La ruta del café”, un recorrido por parques recreativos, santuarios de la fauna, fincas que funcionan como hostales, hoteles de lujo y bazares donde se ofrece la llamada “cata del café”, y donde no solo se escuchan las historias de esos sembrados: también se prueban las múltiples clases de bebidas que el hombre ha ido creando en el proceso de degustación de la semilla.

Todo eso acompañado de recorridos por las historias de las culturas indígenas que poblaron (y pueblan duramente) los cuatro puntos cardinales del país, pero también cabe la visita a una réplica de los pueblos típicos del Viejo Caldas con sus arrieros, sus picarescas muchachas, sus iglesias y edificaciones de administración municipal. Es decir, una performancia que enseña más que mil enciclopedias juntas.

La música y el baile vuelven a estar en medio de una cena, que podría considerarse la preparación para una visita mañanera al municipio de Santa Rosa de Cabal en las faldas de la montaña, con sus restaurantes donde se promociona el chorizo santarrosano; y sus almacenes de artesanías y vinos que los turistas solicitan y degustan a galillo pleno.

Relatan los administradores de los hoteles que se levantan cerca de las montañas acuíferas de Santa Rosa de Cabal, que, hace muchos años, un grupo de campesinos, en busca de abrevaderos para sus rebaños vacunos, se encontró unas perforaciones naturales de donde emanaba un agua que despedía abundantes humaradas, las cuales, con el paso de los años, dieron origen a las grandes piscinas termales donde cada año cientos de turistas y nativos llegan a bañarse en busca de las propiedades medicinales y terapéuticas que le atribuyen a semejantes estanques.

El sembrado, la recolecta y la cata del café constituyen otro de los recorridos que prometen cátedras sobre los misterios del café, pero con la ineludible impresión de que toda esa maravilla debería ocupar las primeras líneas en las agendas de los coleccionistas de vacaciones imborrables.