23 de junio de 2024

Merecida distinción

Periodista, abogado, Magíster en ciencia política, Magíster en derecho público, escritor, historiador y docente universitario.
13 de diciembre de 2015
Por Víctor Hugo Vallejo
Por Víctor Hugo Vallejo
Periodista, abogado, Magíster en ciencia política, Magíster en derecho público, escritor, historiador y docente universitario.
13 de diciembre de 2015

Desde Cali                               

Víctor Hugo Vallejo

Victor Hugo VallejoNo es fácil, por no decir imposible, mantener la dignidad  individual cuando se ejerce  la política. A esta, en Colombia, se arriba como una manera de poner al servicio de los demás lo que se sabe, lo que se piensa, lo que se proyecta, el deseo de servir, pero siempre que se llega a ella en la dirigencia están quienes llegaron primero –algunos hace demasiado tiempo, tanto como que ahora parecen mal embalsamados y algún movimiento conservan-,  que son quienes marcan las pautas, fijan las metas, ponen y sacan, eligen y dejan elegir, ensalzan o destruyen, son los dueños de la imagen, del poder, de la capacidad de dominar en el manejo de lo estatal que consideran de su propiedad privada, pues hacen todo lo posible por aferrarse al mismo y permanecer allí incluso hasta cuando su capacidad de pensar –si alguna vez lo hicieron- ya no existe.

El que llega a la política en Colombia lo hace dotado de las mejores intenciones y con los mayores valores animando sus conductas. Poco a poco le van endulzando la vida con cuotas de poder que le configuran una visión bien diferente de la perspectiva social y cuando menos piensan se transforman en los  dirigentes que deciden y determinan lo que se hace o no se hace, normalmente lo primero a favor de ellos mismos.

El poder y la disposición de ese poder acaba con las buenas intenciones, con la voluntad de servicio a los demás y lo convierte en ejercicio de un mandato que se obtiene a cambio de algo, porque hace mucho tiempo la gente se acostumbró a que en Colombia solamente se vota a cambio de algo que le dieron, le están dando o  le van a dar. Quien recibe el voto ya pagó  esa escogencia y por tanto carece de compromiso político en el ejercicio del poder. La deuda está saldada.

Ese esquema, que es la realidad colombiana desde hace muchos años, desde que  el poder  es un botín que se divide según los interesados en la partición del ponqué, acaba con la dignidad de los políticos. Estos no saben que es eso. Cuando la exhiben es porque se defienden de ataques que provienen de quienes se atreven a hablar no en defensa de lo colectivo, sino porque los dejaron por fuera y decían los abuelos: “un ladrón no puede ver a otro con mochila llena, seguro –piensa- que se la robó”.

Surge entonces como un oasis en esa resequedad ética y estética que se pueda encontrar un político que nunca haya perdido la dignidad propia, que la conserve, que la haya defendido y que sea capaz de proyectarse con fundamento en ella misma. Es una estrella solitaria en el firmamento de los movimientos de poder. No es necesario usar los dedos de las manos para contar cuantos pueden haber. Es suficiente con un dedo, porque todos señalan hacia un hombre verdaderamente digno como es Humberto De la Calle Lombana, el actual director del proceso de negociación del conflicto en la Habana, quien ha realizado un trabajo serio y que en este momento conduce a la suscripción de un documento desde el que se debe iniciar todo un camino de dificultades, pero que de alguna manera constituye el comienzo del sendero que jamás se pudo construir con el ejercicio de las armas, en lo que siempre ha habido más intereses económicos que en acabar con un problema de violencia que lleva más de sesenta años.  Estaba en su exitosa vida profesional. Sin afugias, con mucho tiempo para hacer lo que más le ha gustado en la existencia: hablar con sus amigos de literatura, de filosofía, de derecho, de sociología, de la vida misma, con el manejo lento del tiempo que admite que esas conversaciones se puedan acompañar con  un delicioso trago de alcohol y al lado un buen Trio de Guitarras para seguir contando y cantando versos de amor, de esos muchos que hizo cuando le brotaban los veinte años y se decía nadaísta, aunque no concretó camino  al lado del maestro Gonzalo Arango, porque le hizo falta una buena dosis de irresponsabilidad.

El mundo del Derecho lo ganó en buena hora. Fue Decano de la Facultad de Derecho de la Universidad de Caldas, a donde había llegado proveniente de su Manzanares natal,  donde nació en julio de 1946, pasando luego a la Secretaría de Gobierno Departamental de Caldas, luego a la Registraduría Nacional del Estado Civil, a la Sala Laboral de la Corte Suprema de Justicia, al Ministerio del Interior y a jugar un papel que la historia se encargará de evaluar en su momento, cuando fue el contacto constante, permanente, creativo, dialogante, conciliador  entre el gobierno nacional de César Gaviria Trujillo y la Asamblea Nacional Constituyente, cuando por primera en nuestro medio se formó un delegado del constituyente primaria mediante el voto popular, es decir un verdadero ejercicio del soberano.

No fue fácil entender que fuese escogido como fórmula vicepresidencial del más cínico y carente de dignidad de todos los políticos colombianos en todos los tiempos, como es Ernesto Samper Pizano. Muchos votamos por Samper para poder votar por De la Calle. Y nos dolía el vicepresidente cuando debía estar al lado de quien se dedicó durante cuatro años a defenderse de los numerosos cargos de todo orden, que le endilgaron al Presidente y que un oscuro Representante a la Cámara del Departamento de Córdoba se encargó de borrar  con fundamento en la concesión de multimillonarios contratos estatales, alguien de quien todo los colombianos hemos hecho el firme propósito de olvidar su nombre.  Dolía ver sentados en la misma fila la indignidad de Samper al lado de la dignidad de De la Calle Lombana.  Un día, sin sorpresa para nadie, renunció a la vicepresidencia y se fue con  su dignidad a otra parte. Todos aplaudimos a rabiar, como en el mejor final de un buen concierto o un excelente recital.

La política siguió su marcha y De la Calle la suya. Hasta que la más alta decisión política de los dos últimos siglos reclamó de la presencia de un líder cierto, que no tuviese  la prevención de tener que cuidarse de acusaciones y cargos, con una vida transparente, para dirigir el difícil proceso de negociar un conflicto que parecía ser inmortal para todos los colombianos.  Hubo confianza general en su designación. Ni una sola voz disonante. Es que un hombre digno siempre es de confiar. El trámite ha sido lento, farragoso y muy difícil, pero va saliendo adelante y ahora se ha vuelto irreversible. Se necesitaba una persona de su talante para conseguirlo.

Ah… se nos olvidaba que nos inspiró esta columna… es que el diario EL TIEMPO  acaba de escoger a Humberto De la Calle Lombana como el personaje del año 2015. Que distinción tan merecida ¡