7 de mayo de 2021
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La tragedia de fin de año

20 de diciembre de 2015
Por Jairo Cala Otero
Por Jairo Cala Otero
20 de diciembre de 2015

Por Jairo Cala Otero 

jairo calaNo bien comenzada la llamada «temporada navideña» ya tenemos que hablar de tragedias, por efectos de la pirotecnia, en algunas ciudades del país. Niños y jóvenes sufrieron mutilación en sus manos al estallarles artículos elaborados con pólvora. Ese invento fatídico de los chinos, que tanto deslumbra a más de un amante del dinero rápido, aunque él llegue como consecuencia de la venta de esos peligrosos artefactos.

Mucha tinta se ha imprimido (o impreso) en los diarios, y mucha retórica se ha utilizado en las emisoras radiales para referir el asunto. Pero no hay oídos que quieran interiorizar el llamado a deponer este método de exterminio de inocentes.

Las minorías, que se rehúsan a abandonar la fabricación de las mortales cargas, y que podrían dedicarse a quehaceres más decentes y edificantes, argumentan con no poco espíritu peregrino que de esa actividad derivan su sustento; que, por ende, las autoridades deben permitirles seguir en ese explosivo negocio, aunque los menores se sigan mutilando no solamente sus manos, sus caras y sus piernas sino que también se mutile la esperanza de una sociedad, dolorida hasta los tuétanos por las demás razones de todos conocidas.

Los que constituimos las mayorías, es decir, quienes no creemos que esa sea una «diversión» ─como la consideran los pirómanos─ sostenemos que es muchísimo más importante y trascendental una vida humana (máxime si es la de una criatura), que las ganancias económicas que puedan tener unos pocos insensatos, que se niegan a dedicarse a otras labores ─las hay muy diversas─ para conseguir dinero para su sustento y el de sus familias.

«El fin no justifica los medios» reza la sabia sentencia; esto es, el derecho a trabajar y ganar recursos para sobrevivir no puede llevar implícito un atentado permanente contra la vida de quienes, irónicamente, son las personas que les entregan dinero a los polvoreros a cambio de recibir artículos que han de cercenarles sus extremidades.

En épocas no muy lejanas escuchamos a gobernantes ─como uno que tuvo Santander, por ejemplo─ que se declaraban partidarios de que se produzcan, comercialicen y usen tales artículos pirotécnicos. «En Santander nos gusta la pólvora», dijo aquel. ¡Qué horror! Cree ese hombre, no sin poca ingenuidad, que decirles a los padres de familia que controlen a sus hijos a la hora de manipular la pólvora es suficiente para frenar la cadena de tragedias, que termina en los hospitales y clínicas, y, en algunos casos, en los cementerios. La inclinación pirómana de unos pocos (aunque sean gobernantes) no será jamás justificación alguna para atentar contra la vida de los chiquillos.

Ojalá que alcaldes y gobernadores, principalmente, reflexionen muy seriamente sobre esa amenaza, y que dispongan las determinaciones precisas que eviten que los niños accedan a los mortíferos productos de la pirotecnia, invento de «mentes explosivas» y trastornadas, sin duda. La alegría de diciembre no es mayor porque revienten en el firmamento esos adminículos.

Además, las necesidades económicas son de tal magnitud que resulta un verdadero pecado social despilfarrar el dinero en semejantes armas mortales, mientras esos mismos niños u otros, a quienes se pretende «divertir», tienen el estómago pegado al espinazo por el hambre.

El inventor sueco Alfred Nobel, creador de la dinamita (1867) y otros explosivos, cargó sobre su conciencia el arrepentimiento de su funesto descubrimiento. Por eso cedió su fortuna económica para que se estableciera el premio que hoy lleva su apellido, para todos aquellos que produzcan ciencia y enseñanzas constructivas para la humanidad. No es para quienes hagan explotar piernas, rostros y manos de inocentes criaturas al usar pólvora.

¿No podrán también sentir arrepentimiento quienes amasan dinero en diciembre al saber que a cambio de él murieron, o quedaron quemados en el rostro, sus brazos o sus troncos muchos niñitos colombianos?