17 de junio de 2024

EROTISMO ESCOLAR

1 de diciembre de 2015

¿Cuál es el miedo a que los menores se acerquen a la sexualidad? ¿De verdad creen que los embarazos adolescentes se reducen con la prohibición y el misticismo?

De nuevo, la protección de los niños es justificación para la censura. Después de mucho escándalo, el Concejo de Cartagena votó de manera unánime —porque, claro, quién se opone a defender a los niños— por la prohibición de los “bailes eróticos” en los colegios públicos y privados de la ciudad. Esta decisión acompaña la iniciativa que reportamos hace unos meses de prohibir la champeta y otros bailes en espacios públicos. Resulta lamentable que, en pleno siglo XXI, se imponga esa visión autoritaria de la moralidad.

El texto de la normativa es típico en su tono moralista y la vaguedad de los términos empleados. “No se permitirán bailes, ni manifestaciones de ningún tipo con contenidos eróticos y/o sexuales en menores de edad en los colegios públicos y privados de Cartagena”, dice lo producido por los concejales. Quién define cuándo un baile o manifestación es erótica o sexual es una de las preguntas que no se molestaron en responder. Para ellos, como es usual en los censores, es obvio. Como dijo de manera infame alguna vez un magistrado de la Corte Suprema de Estados Unidos cuando se le pidió diferenciar entre obscenidad y pornografía: “Yo la reconozco cuando la veo”.

Según Antonio Salim Guerra, concejal de Cambio Radical que impulsó la prohibición, lo que se pretende es que “no se presenten actos que incidan en una iniciación sexual en menores”. Tres consideraciones al respecto.

Primero, la guerra sin cuartel contra la champeta —porque es fácil asumir que con esta nueva prohibición siguen pensando en ese baile— demuestra un rechazo con tintes racistas a las expresiones culturales propias de los afros y las clases populares en Cartagena. Censurarla demuestra una incapacidad de ver más allá de criterios morales cargados de prejuicios. Como lo dijo Hernán Andrade, congresista del Partido Conservador —¡imagínese usted!—: “Yo he visto bailar esos niños con el swing caribeño y los únicos que le ponemos malicia somos los de acá”. Las lecciones de la historia no le han dado humildad a la prepotencia de quien se cree en una posición moral superior.

Segundo, prohibir estas manifestaciones sin una definición clara de qué es lo erótico y qué no, abre la puerta para los atropellos de la autoridad contra los niños que —y esto lo olvidan los concejales— también tienen derechos que deben ser respetados. La censura coarta el libre desarrollo de la personalidad de los menores y los encadena a una estructura moral rígida.

Válido que se les pida a las instituciones no promover este tipo de bailes (así como podrían prohibir un reinado organizado por el colegio, por ejemplo), pero esa petición no puede extralimitarse a querer extirpar cualquier iniciativa estudiantil que desee manifestarse bailando champeta, por citar un ejemplo.

Tercero: ¿cuál es el miedo a que los menores se acerquen a la sexualidad? ¿De verdad creen que los embarazos adolescentes se reducen con la prohibición y el misticismo? La educación sexual debe ser uno de los pilares de nuestro sistema escolar, y no puede olvidarse que el colegio es el principal espacio de interacción social que tienen los menores. Allí, necesariamente, estarán expuestos a sus deseos y tendrán que aprender a vivir con ellos. Qué mejor manera de crecer que en un ambiente propicio, con guías sinceras que los orienten y apoyen. La prohibición los aislará y trasladará esos procesos a lugares no adecuados. Por protegerlos, señores concejales, terminarán perjudicándolos.

EL ESPECTADOR/EDITORIAL